Mi mejor amigo me miró a los ojos, intuí que diría algo que iba a molestarme muchisimo. —¿Vas a hablarme de nuevo sobre la mentira mejor contada, —me dijo socarronamente...
El amodorrado sol expulsó con pereza los rayos finales, antes de perderse entre los cerros. Las sombras, más alargadas que de costumbre, parecían empeñarse en formar curiosas figuras ante los ojos de Ernesto Ebaldo Schuster. Cabizbajo y aburrido bordeó el Correo, y cruzando la avenida principal entró a la plaza mayor de la pequeña ciudad. Las últimas tres consultas le habían resultado tediosas e interminables. Movía automáticamente la cabeza, asintiendo sin escuchar, tras cada frase del paciente de turno.
¿Qué hacia allí?, se preguntó, tratando de ayudar a unos desequilibrados mentales, cuando el mismo se sentía la persona mas traumada de la tierra. Buscó el banco más lejano, a salvo de ocasionales transeúntes, y se dejó caer con desgano. Elevó su mirada sobre un par de palmeras, asentándola sobre la iluminada cruz de la iglesia del Sagrado Corazón. Desde el alto madero,un gigantesco cristo parecía recriminarle sus negros pensamientos. El grupo de palomas y tortolitas, dos metros a su derecha, comenzaron una sinfonía en U mayor. Entrecerró los ojos y bajó la cabeza, estaba fatigado, deprimido.
A lo lejos, la banda de música de la policía, ensayaba una estridente marcha militar. Si hubiese sido una melodía fúnebre, Ernesto no habría notado gran diferencia.
A dos cuadras de allí estaba su hogar, sin embargo en esa tardecita, como en las de los tres últimos meses, buscaba siempre una excusa que retrasara el regreso. La casa lucia ahora fría e inmensa. Alguna vez fue un nido de vida, repleto de risas y amor. El nexo final con un feliz pasado se quebró en diciembre. Treinta años de matrimonio mandados al diablo por su estúpida y empecinada afición.Su cansado cerebro comenzó a estirar una enredada madeja de recuerdos…
Estudió psicología en la Universidad Nacional de Cuyo, se graduó con honores y con apenas veintidós años presentó una tesis doctoral que marcaría escuela en dicha disciplina. Se trataba de una novedosa y revolucionaria terapia por aquellos años. A través de la regresión hipnótica del paciente, se buscaba encontrar en vidas pasadas el origen de su trauma presente.La primera década se la pasó dando conferencias en las mas prestigiosas universidades del orbe.
Escribió tres libros, todos ellos best sellers y dictó cursos desde Londres a Pekín.
Veinte años atrás, harto ya de tanto vagabundear, se afincó en su pueblo natal en el remoto sur. Allí comenzó a practicar, con harta dedicación, los métodos terapéuticos que había difundido por el mundo entero.
Sacó la gastada pipa del bolsillo del gamulán y la llenó con un tabaco sabor a chocolate que había traído de Puerto Mont. Con la bocanada inaugural del aromático humo, arribaron a su mente pinceladas de la lejana adolescencia en donde comenzó a fumar. Ahí también, tuvo su primer encuentro con la materia que lo apasionaría toda la vida. Siempre contaba en charlas académicas, la insólita anécdota de su “iniciación”. A los dieciséis cursaba cuarto año en el colegio de los salesianos. Desayunaba con Dios, almorzaba con Cristo y cenaba con la virgen María. Militaba en la juventud católica y era el monaguillo preferido de la parroquia de su barrio. Un dorado otoño del 69 un tío materno bajó de la lejana Europa, trayendo en sus alforjas el mayo francés. Sin dudas un extraño personaje para aquel perdido territorio.
Fritz se propuso tozudamente, en el mes de vacaciones, demostrarle al incauto imberbe la no existencia de Dios. Durante todo abril, el hombre rebatió punto a punto los endebles argumentos que el joven, biblia en mano, trataba de defender infructuosamente. En dicha apología del ateismo, el hermano menor de su madre reivindicaba la figura de Jesús. Un tipo único, cargado de un carisma gigante y una gran vocación para servir al prójimo. Aunque, se encargaría de repetírselo más de una vez, humano simplemente, tan mortal como todos nosotros.
El andamiaje mental estructurado durante década y media de dictadura religiosa se hizo trizas. Las aseveraciones de su tío fueron surtiendo efecto. En vez de esgrimir la fe como único antídoto posible, Ernesto empezó a apasionarse por la fría verdad de las ciencias.
El punto de inflexión fue el día en que el europeo lo llevó a la sesión de una famosa médium en la capital provincial. El objetivo de Fritz era destruirle a su sobrino la tierna idea del paraíso eterno. Increíblemente, el frío y racional revolucionario creía en esas cosas. Lo que sucedió una noche en la esquina de Río Bamba y Junín señalaría el destino del joven en los años por venir. Por momentos la gran señora, así la llamaban, entraba en profundos traumas, ayudada por un colaborador que la guiaba en el proceso. Distintos difuntos parecían posesionarse de la médium, que oficiaba de conexión con el mundo real.
Ernesto sorprendió a su pariente al comentarle luego las conclusiones a las que había arribado. La mujer no entraba en contacto con espíritu alguno, sino que era su propia alma la que viajaba por vidas anteriores. El tío sonrío satisfecho, más allá de la curiosa explicación del muchacho, había alcanzado su propósito desevangelizador. Ernesto nunca lograría dilucidar como llegó a formarse en su cabeza el concepto aquel.
Tomando la bandera de Jesús como hombre modelo, el nuevo ateo se mudó a una escuela pública para dos años después ingresar a la universidad. Para ese entonces, no existía artículo o libro sobre regresión mental y reencarnación que no hubiese leído.
Su mayor anhelo fue, desde siempre, experimentar con pacientes todas las variantes de sus técnicas terapéuticas. Recién ahora, en un aislado pueblito entre los Andes lo estaba logrando. Los métodos, muchas veces reñidos con la ética, no encontraban allí oposición alguna. Sus notables éxitos, al aliviar o hasta suprimir profundos traumas, fueron dándole una especie de carta verde para hacer y deshacer a sus anchas. Eso si, se encargó de que los logros científicos no trascendieran más allá de las altas cumbres, lo que menos deseaba era poner en riego su valiosa “impunidad“.
Paralelo a su afán investigativo se desarrolló su devoción por Jesús hombre. Empapeló la casa con frases y dibujos del Cristo, evitando cualquier mención a un Dios supremo. No satisfecho con idolatrar en el plano teórico al nazareno, llevó a una práctica extrema sus enseñanzas. Vendió casi todos sus bienes para fundar un orfanato y un asilo de ancianos. Se dejó crecer la barba y el pelo y atendía gratuitamente a sus pacientes. Empezó a escribir una especie de evangelio pero sin Dios, como le gustaba decir.
Un amanecer soñó que era el salvador crucificado, otra fría noche de julio se vio en el monte de los olivos platicando con los discípulos. El calvario hacia la cruz lo recorrió en sufridas visiones. Amó a la Magdalena y besó afligido la mejilla de Judas. Terminó logrando lo que en su temprana adolescencia había repudiado… divinizar a Jesús.
Esta obsesión de brindarse por entero a los pobres, entró en conflicto con los intereses de su familia. A duras penas Ernesto cubría las necesidades básicas de los suyos. La situación se hizo insoportable, hartos de tan fanático apostolado, su esposa e hijos se marcharon sin siquiera despedirse.
Pasaron los meses y siguió su rutina como si nada, no se percató de lo que había perdido hasta que, una mañana sentado en el borde de la enorme cama, miró el espacio vacío y sintió una escarcha recorriendo su interior. La soledad lo pisó, aplastando sin misericordia la otrora reconfortante sensación de darse al prójimo sin reparos.
—Tanta bondad para los otros y tan poca para los míos. —se dijo sollozando— ¡Egoísta, miserable de mierda!
Unos días después, abandonado en el banco de la plaza mayor, con los pulmones atiborrados de nicotina, pensó que su existencia se desbarrancaba y, a no ser que tomase una durísima decisión, el abismo que vendría seria infranqueable. Ya no podía vivir sin su familia, pero a la vez no tenia el coraje suficiente para traicionar a Cristo. Si aquel insigne hombre abandonó todo por tan loable causa ¿Cómo podía él ni siquiera dudar un segundo?
Aflautó los labios dejando escapar unos finos anillos de humo y observó aburrido como se desvanecían en el aire. Un puntazo en la nuca le obligó a bajar la cabeza, el ojo derecho le titilaba. Apretó con fuerza sus sienes usando los dedos medios de ambas manos y sintió el ruido de una lágrima al estrellarse contra la baldosa de arabescos dibujos.
—Ya no hay vuelta atrás murmuro bajito—. Si no es esta noche, no será nunca.El proyecto era sumamente arriesgado, pondría en juego su integridad física y mental. Debería haberlo hecho paso a paso, en forma lenta y controlada, pero su estabilidad emocional lo obligaba a realizar el viaje de un solo tirón.
Durante más de treinta años de práctica, Ernesto fue clasificando a los espíritus según la cantidad de vidas por las que habían transitado. Si eran menos de cinco las llamó almas niñas. Más de cinco, almas jóvenes. De quince en adelante se convertían en almas viejas. Al morir el cuerpo, explicaba Ernesto, el espíritu busca un nuevo recipiente. A lo largo de su eterno peregrinar va almacenando imágenes en su memoria infinita. Esta cantidad impresionante de información seria destructiva para cualquier ser humano que aspirase a tener una existencia normal. Por eso, al inicio de cada nueva etapa, se activa una especie de válvula que impide se cuelen recuerdos de vidas pasadas. La retrospección hipnótica va abriendo estas compuertas navegando por un turbulento mar de remembranzas.
Al quedarse solo, pudo practicar al fin la más complicada de las técnicas, la auto regresión. Con pocos resultados al principio, pero con el correr de los días la fue perfeccionando. Consiguió entrar en pequeños trances, vislumbrando como una especie de fogonazo o vision relámpago fieramente defendida por su memoria. Todo desorganizado, sin secuencia alguna.
El gran avance vino al utilizar un estimulo exterior, su propia voz grabada, que entonces lo guiaba durante el proceso. Pudo al fin romper la primera válvula para descubrirse segregada mujer en una India convulsionada por el mahatma Gandhi. Gastó horas aprendiendo a avanzar y retroceder en el tiempo. Llegó a ponerse en un plano paralelo al recuerdo mismo, sin tener necesariamente que sentir lo mismo que sus antepasados.
Dos meses luego logró lo que parecía imposible, retener todos los recuerdos una vez finalizada la autohipnosis, prescindiendo del estimulo exterior.
Ernesto respiró profundo y cerró las manos, pegándolas al pecho. Apoyó su mentón sobre ellas y bajó lentamente los párpados. La banda, ahora instalada a unos quince metros, tocaba, como provocándolo, cuando los santos vienen marchando. Parecía un buen presagio para la extenuante jornada que le esperaba al anochecer.
Dos mil años atrás, treinta y pico de vidas pasadas lo esperaba el Mesías... si es que alguna vez había existido.
Serian las veinte y treinta cuando el hombre giró con resolución el picaporte y entró a la quieta vivienda. Detuvo el péndulo del cucú y desconectó los tres teléfonos. Colgó el cartelito en la puerta delantera que decía: “No me encuentro en casa, vuelva mañana por favor”. Cerró puertas, ventanas y postigos herméticamente y puso muy bajito una música de Philip Glass (de tipo tibetana) que siempre lo ayudaba a relajarse. Debía evitar, a como diera lugar, algún estimulo externo que pudiese sacarlo de trance.
Comió un par de tostadas con dulce de damasco, saboreando cada mordisco como si fuera el final y se tomó un te de tilo bien cargado.
Ahora si, ya estaba listo. Se acostó en la cama grande de roble, aspiró profundamente mientras buscaba la posición más cómoda. Como lo había hecho las noches pasadas, trabajaría en dos planos, no perdiendo nunca la conciencia como sucede en el sueño. Quedaría atento y despierto frente a lo que iba a suceder.Observó por última vez el cielorraso color verde claro y bajó su vista para admirar el gran cristo tallado en pino. Regalo de sus suegros, estaba en la parte superior de la esquina más lejana.
—¡Ayudame Jesusito, por favor que mi viaje tenga éxito! No me defraude. Que pueda encontrarte y convencerme de la grandeza de este apostolado. Dame fuerzas para no traicionarte. Muéstrate en toda tu grandeza, como el simple hombre que fuiste...
Prosigue la semana que viene...
Amanecerá y veremos gente linda del sur mendocino. W.G.G desde los Miami.
La mentira mejor contada
Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.