El libro de los estados de ánimo

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.


Oscar Fritz Herztog retorna al terruño que lo acunó de niño, el primer atardecer de primavera, en el año doce del tercer milenio. El verde frescor de Olmos y casuarinas sale a recibirlo. Abre la tranquera y se encamina hacia la casa que él mismo (junto a su abuelo, padre y hermanos) edificó a finales de los cuarenta.
 
           

            Sobre Línea de los palos, a unos seis kilómetros del pueblito de Jaime Prats, se encuentra la finca de solo nueve hectáreas, aunque en su niñez le parecieran todo un continente. Poco luce diferente, allí esta la hijuela entre dos filas de membrillos, el lugar en donde con Rainer su primo mayor, y en una play boy robada a otro primo de Real del Padre, vieron la primera mujer desnuda. Por allá, el roble centenario dividiendo los chiqueros vacíos y los restos de madera del sagrado refugio que, hasta con puertas y ventanas, erigieron con Edgardo y Roberto sobre el árbol amigo. Los mismos ladridos (otros perros) proveniente de las casuchas emplazadas en los tres puntos estratégicos, según su abuelo, para custodiar la casa. El horno a leña, al costado del gallinero (que como mucho alberga hoy seis gallinas y uno o dos gallos) y la visión instantánea de las nochecitas de empanadas lechón y pan casero que solían disfrutar con la alemanada de la zona. El bosquecito de pinos junto a la vivienda y el momento de escoger la rama más derecha para la noche buena o la belleza de verlos emblanquecidos por alguna rara nevada de julio o agosto.
 
 
 
Hertzog regresa tras cincuenta y tantos inviernos. Setenta y tres años matizaron  sus cabellos. El paso largo y decidido disfraza la edad, va sin miedos, convencido de lo que debe hacer. Sin tristezas, con la curiosidad de un bebe que vuelve a introducirse al vientre materno. No hay nostalgia, se dice una vez mas, no se añora lo que no puede volver a vivir. O por lo menos eso se forzó a creer cuando puso el primer pie en Alemania,  creer que allá en la fría y distante cuna de sus antepasados, estaba el único futuro posible.
 
 
 
Un pájaro carpintero taladra la rama seca  del eucalipto gigante que marca la curva antes de llegar a la vivienda. Se imagina junto a un grupo de vecinitos  en pantalones cortos y con hondas en mano, vagueando bajo los arboles. En el parque del frente y al costado de la canchita de bochas, observa la hamaca donde jugaban a quien llegaba mas alto, a quien saltaba mas lejos. Rescata voces en su memoria que creía extraviadas. Solo Oki ve el columpio, pues ya no hay asiento, ni cadenas, ni siquiera la cancha de bochas.
 
 
 
Al filo de los sesenta se marchó a estudiar medicina a La Plata, al tiempo consiguió una beca de perfeccionamiento en Alemania. Por razones que no vienen al caso (por ahora), nunca regresó al sur mendocino. El tiempo implacable esmerilo las querencias, aunque siempre reservó una esquinita de su alma para la finca de la Línea de los Palos.

 
 
Ya nadie queda, padres tíos y hermanos fallecidos, primos dispersos y la nula intención de salir a encontrarlos. Solo persiste el añoso paisaje que rodea a la casa y espera que adentro también se encuentre lo que ha venido a buscar, el baúl de Otto, su abuelo, el que vino con el arte de secar la fruta desde la selva negra, a probar suerte por un tiempo nada mas y se quedó para siempre. El que diseminó  los Hertzog por esos pagos junto a su abuela María, criollaza de ley y maestra en la escuelita del pueblo.
 
 
 
Es lo que existe dentro de ese cofre lo que lo mueve a traspasar la vieja enramada cubierta de jazmines y damas de noche que irradiaban su fragancia en las tardecitas veraniegas (y que ahora tampoco están). Pisa el cemento de una inmensa explanada, aunque sus plantas besan la tierra recién regada y los ojos ven seis sillas de mimbre con los Hertzog sobre ellas, el mate, la pava, los gatos jugando  y los oídos escuchando bromas e historias enmarcadas por la música de la radio apoyada junto a la ventana. La puerta es de pino, barnizada, pero frente a él hay una verde de álamo con tela mosquitera. Toca con fuerza y aguarda, un pedazo de revoque se desprende del marco, el frente esta despintado y el techo luce podrido en partes. Vuelve a llamar y entonces recuerda que Valerio, el casero, le dejo dicho que por ahí, aprovechando que el venia por unos días,  se marchaba a Monte Comán a visitar una hija. Le pidió también que alimentara a perros y gallinas.
 
 
 
Debajo de una maseta con malvones encuentra la llave y abre con desesperación. El corazón acelera su golpeteo, sus pupilas buscan adecuarse a la oscuridad. Cae la noche sobre Jaime Prats, un septuagenario va en búsqueda de algo que explique, o aunque sea ponga un poco de sentido a los siniestros acontecimientos que terminaron con la desaparición de los seres que más quiso en su vida.
 
 
 
                                            II
 
 
 
Continúa la semana entrante, no desesperen sanrafaelinos, y no se pierdan el tercer capítulo de mi novela de ciencia ficción que sale todos los trece, en la revista Piso trece.

http://www.pisotrece.com.ar/index.php/walter-gerardo-greulach/574-asesino-serial-del-ano-capitulotres
 
Amanecerá y veremos Mza querida…