El libro solo hablaba del amor y las mil y una formas de conquistar a una mujer. Desbordaba buenas ondas, una especie de loa a la vida. Quedó encantado con su contenido, es más, en esos días elaboraba el abordaje a una compañerita del colegio y el libro se la dio servida en bandeja. Al final y en una doble tapa secreta (es algo que recordaba nítidamente), encontró las instrucciones, junto con los materiales, para hacer una hermosa rosa roja de papel, con la cual al siguiente día se ganó el corazón de su adorada.
Una semana después del velorio de su abuelo, volvió a La Plata y meses mas tarde recibió la beca que lo embarcó hacia Europa. Por esos días le llegó, a través de Lothar, el rumor de que Otto se habría matado luego de leer el tan mentado libro y que Ernesto escondió la obra, quien sabe donde. Al poco tiempo y en una seguidilla de tragedias que tomaron menos de tres meses, también se suicidaron su padre y sus dos hermanos. No tuvo la valentía necesaria para afrontar el desolador panorama y tras cancelar, tres veces, el pasaje, le pidió a su primo que le mandara (junto con su madre que se mudaba a Alemania) la llave del cofre y sellara el cuarto del fondo.
¿Qué fue realmente lo que pasó? ¿Por qué siempre se relacionó al inofensivo libro con los suicidios? ¿Dónde está la walther PPK, 9mm, causante de todas las muertes? Estas y otras preguntas se formula Oki Fritz Hertzog a la vez que violenta la puerta de la habitación del fondo y un insoportable olor, nauseabundo y dulzón, lo atonta obligándolo a mantener la respiración y apoyarse contra el marco de entrada.
V
¿Que no hay? Es más sencillo describir así la sombría habitación a la que está entrando el último de las Hertzog. No hay nada limpio, ni ordenado. No hay frazadas, ni colchón, ni siquiera cama. No existen muebles en pie, solo nidos y caca de rata sobre los mohosos restos. Donde tendrían que estar los vidrios, se ve una costra mugrosa que abarca no solo las aberturas sino también las paredes, y a lo largo del molde, que alguna vez habría adornado la base del techo, penden unos capullos negros y arrugados. Al hombre le lleva segundos adivinar que son… centenares de murciélagos durmiendo. Aterrorizado retrocede dos pasos sintiendo la materia chiclosa que se haya adosada a sus plantas. En la mórbida penumbra, apenas mitigada por algunos rayos del amanecer que se cuelan por un pequeño hueco, situado sobre el otrora ventanal, vislumbra por vez primera el piso por el que se desplaza. Una cubierta de excrementos mezclados con millares de cucarachas y gusanos que se alimentan de esa masa gelatinosa. Escupe un grito, el cual sofocado por el pánico no pasa de un mustio mugido. Retrocede asqueado mientras decenas de roedores se escabullen entre sus piernas buscando el pasillo. Junta valor para salir corriendo y no parar hasta Alemania y entonces lo ve. En la esquina más alejada y tapado por la pústula gomosa, se encuentra lo que parece ser el baúl. Atacado por arcadas que lo obligan a caminar partido, se acerca casi patinando y hunde sus manos en la fétida mierda que lo cubre todo. Con gran esfuerzo, logra despegar el cofre y alcanza la puerta en el preciso momento que una bocanada de vómitos termina de enchastrar (si es posible aun más) el recipiente de madera y bronce.
Ya a salvo en el galpón y después de haber arrojado hasta la ultima gota de bilis, sigue mirando con ojos desorbitados para el lado de la casa, no volverá a poner un pie en aquel sumidero diabólico. Después de permanecer aislado por medio siglo, él, inocentemente, se ha encargado de conectarlo nuevamente al mundo exterior.
Raspa la inmundicia con un escoplo, luego termina la faena usando tres bolsas de arpillera. Con un destornillador sumado a un martillo, rompe la cerradura, pues quien carajos sabe a esta altura donde ha dejado la llave y ni loco va a entrar a buscarla con miles de ratas y murciélagos pululando por todos lados.
Allí está, tal cual la recuerda. El libro de los estados de ánimo, con sus tapas de cuero marrón y las letras labradas en negro, una edición centenaria sin dudas. Lo toma con cuidado, como temiendo fuese a deshacérsele entre los dedos y se sienta sobre dos cajones de cosecha, a la vera de la cocina de leña, ubicados bajo la única ventana.
Se da cuenta. Desde la frase que inaugura la obra lo percibe. No es la misma que leyera en su adolescencia. Ahora trata sobre el dolor y el abandono, sobre un alma arrasada por el olvido y la soledad. Sin embargo (como sucedió seis décadas atrás) la siente tan propia, tan suya, tan a tono con su vida. A medida que va adentrándose en sus páginas se va deprimiendo más y más. Se siente deslizar por un tobogán engrasado, sumergiéndose en una nebulosidad envolvente, adormecedora. Los minutos discurren eternos, frente a él desfilan los mejores y peores momentos de su existencia. Ve en esas hojas los rostros de los Hertzog, de su madre, de Herta, su amada esposa alemana, fallecida de cáncer un año atrás. Herta, la que nunca pudo darle un hijo. Se ve de niño corriendo entre pastizales y álamos. Se encuentra abrazado al padre, la noche del velorio de Otto.
A medida que avanza en la lectura el desasosiego se va transformando en serenidad, la tristeza en resignación. No desea salir de allí, de este estado de suave letargo, de paz infinita. Escucha una voz alta que sigue leyendo, aunque ya no la reconoce como propia. Oki se va alejando del mundo terrenal escoltado por los espectros de sus seres amados, que sonrientes le indican el camino.
Al dar vuelta la página final, lo espera la falsa contratapa. La abre sin apuro, no hay sorpresas. Oki Fritz Hertzog ya no tiene dudas sobre lo que va a encontrar esta vez.
Amanecerá y veremos San Rafael amado, desde Miami W.G.G, el quijote verde.
El domingo entrante les prometo algo mas alegre y aleccionador. Aunque, ¿saben que?, de este tipo de relatos, como el que termina hoy, es de los que mas me piden.