II
La luna está en cuarto menguante, apenas alumbra tras las cortinas floreadas de la cocina. Un hediondo vaho de humedad y cucaracha lo recibe al dar los primeros pasos. Busca las velas en el tercer cajón del armario, como si diecisiete mil noches no hubiesen pasado. Allí están, finas, blancas y largas, junto a una caja de fósforos patito. El ambiente se va iluminando, sobrevuelan los fantasmas de su niñez y adolescencia. El cajón azul de madera, donde su madre guardaba la harina y sobre el cual amasaba el pan y las galletitas. La mesada, otrora de granito blanco, aparece marrón de suciedad, a su derecha la eslabón de lujo sobrevive aunque con dos hornallas menos. Un aroma de manjares preparados por su abuela endulzan las terminales nerviosas de su cerebro. No han tocado nada, piensa impactado, hasta el ronronear de la Siam de querosene esta allí. Se mueve a un costado apoyándose en el arco que lo introduce al comedor y cierra los ojos. Mate cocido, huevo revuelto con azúcar, alfajores de maicena, tortas fritas con miel… Todo esta igual, dolorosamente igual, como si de un museo familiar se tratase.
Colgado en la esquina de la alacena, le han dejado un sol de noche con garrafa y camisa nueva. Ni luz eléctrica se han molestado en ponerle a la casa. Lo enciende con la vela y luego, de un bidón de veinte litros saca agua y llena la ennegrecida pava. No le sorprende encontrar la yerba Taragui al final del segundo estante. El porongo forrado en cuero, donde tomara su primer mate con solo cuatro años, descansa boca abajo en la pileta de lavar los platos. Mientras se calienta el agua comienza una rápida inspección a las otras habitaciones.
Cruje el piso de madera del living, le parece oír el ronroneo de las abejas en los respiraderos, los postigos se encuentran sellados, apesta el olor a encierro. Muebles antiquísimos, la biblioteca con los clásicos en alemán y español, el tocadiscos, la radio, nada se ha movido desde la tragedia, como si existiese un terror reverencial por aquellos objetos. Su abuelo lo mira desde una foto en la que aparece igualito a San Martin. Abajo, la estufa a leños y los Hertzog reunidos alrededor en entretenida conversación mientras esperan que se haga el asadito, o al menos que se asen los camotes y maíces hundidos en las brazas.
Valerio, el casero ha vivido siempre en el galpón. Dice que allí se siente más cómodo, que la casa es muy grande, que es muy fría, que se cae a pedazos… Oki sabe que es el miedo el que aleja al contratista, como sucedió con los otros. Nadie traspaso los cinco años, como máximo. Fue Lothar, un primo del pueblo, el que se encargó de administrar la chacra, aunque nunca llegó a habitarla. Murió el mes pasado, otra de las causa que lo traen a Jaime. El abogado dijo que su presencia es imprescindible para vender la propiedad. El fallecimiento de su pariente le dio la escusa que había esquivado por décadas. Lo puso en la dolorosa obligación de ojear el libro maldito, sepultado en el baúl de la pieza del fondo, aquella que fuese de su abuelo y luego (solo por un par de meses) de sus padres.
La puerta esta cerrada, ahora cae en cuenta que nunca le preguntó a Lothar por el lugar donde estaba escondida la llave. Mueve el picaporte con fuerza y le pega dos o tres topetazos, pero nada. Tendrá que buscar una palanca en el galpón y forzarla. A lo lejos pita la pava, avisándole que el agua está lista. Se siente cansado necesita dormir un poco y mañana entonces si, a primera hora, acabar con todo el sin sentido. Unos matecitos calientes con un pedazo de pan casero y dulce (que compró de paso en el pueblo) le caerán fenomenal.
Mas tarde, ubicado en el cuarto que fuera suyo y de su hermano menor, saca las seis pilas grandes que trae en el bolsillo de la campera y se las pone a la Motorola. La misma que pertenece a los Hertzog desde fines de la segunda guerra, cuando su abuelo la trajo de San Rafael. Esta puesta en onda corta, sintonizada en una emisora de Alemania, que quien sabe cuando se escuchó por ultima vez. Suaves notas musicales inundan la pieza y arrullan al anciano. Se mete en la cama sin sabanas, tapándose con dos frazadas hediondas a todo, pero a él poco le importa pues a los segundos ya está dormido.
Las voces de su abuelo, padre y hermanos le llegan nítidas. Desde sus nebulosos sueños, lo llaman a sumarse a la familia.
—Al fin llegaste Oki querido, llevamos esperándote tanto tiempo. No tardes en leer el libro por favor…
III
Pasos frágiles, temerosos, lo transportan por el pasillo. Desde el fondo emana una luz naranja intensa. El desasosiego que sacude su cuerpo está dado por el presentimiento de que será testigo de algo terrible. El inicio de una concatenación de acontecimientos de los que ha huido por más de medio siglo. Lucha por pegar la vuelta, sus piernas no le obedecen, avanza como un autómata. El almanaque (siempre estuvo al costado del estante con libros) le anuncia el veinte de diciembre del cincuenta y nueve, el día que le llegó a La Plata el telegrama poniéndolo al tanto del suicidio de Otto Hertzog.
El cucú del living (¿Porque se encuentra aquí?) sale seis veces en silencio, el pajarito aparece decapitado y gotea un líquido rojo por el cuello. La puerta gris está cerrada, una melodía clásica proviene de adentro, es Tristán e Isolda de Wagner. Siempre le encantó el músico sajón, piensa Oki. Lo escuchaba en un combinado valvular Ken Brown que trajo de San Rafael a mediados de los cincuenta. Todos sus miedos confluyen, sus músculos se tensan, aprieta los dientes y una vez mas intenta retroceder.
Empuja con suavidad, conteniendo la respiración. El naranja lo enceguece, tiene que entornar los parpados para apreciar lo que pasa. La luz emana de alrededor de su abuelo, de una especie de espectros que lo observan ansiosos mientras lee el libro, parecen esperar. Otto sostiene la vieja obra en sus manos mientras es iluminado por dos velas pegadas al respaldo de su cama. Su corazón se para y arranca en loco golpeteo. Sabe lo que sucederá en instantes y no puede evitarlo, el terror lo paraliza bajo el marco de la puerta, le produce un dolor en la nuca que lo lleva a blanquear una y otra vez sus ojos. El volumen de la opera aumenta, la luz destella y las siniestras figura se acercan y abrazan sonrientes a su abuelo. El anciano parece no notar su presencia, devora las frases finales con una paz inexplicable. ¿Quienes son esos entes luminosos? ¿Porque se introducen ahora por la boca de su abuelo? Se pregunta el último de los Hertzog mientras sus ojos se empañan por el llanto y aguarda el estallido que impulse la bala asesina.
IV
La presión bajo sus ojos lo obliga a abrir y cerrar la boca buscando atemperar el dolor, el cuerpo se le estremece con espasmos continuos. Con el rostro humedecido en lágrimas se sienta lentamente, notando que sus calzoncillos están mojados. La pesadilla lo ha devastado, empañando el buen animo con el que se acostó. Debe terminar todo el sin sentido y marcharse del maldito lugar. Al final es solo un trámite: encontrar el libro, tratar de ubicar el arma que su padre y hermanos también usaron (y que la policía nunca pudo hallar), vender la finca y volar lo antes posible a Alemania.
—No te deprimas Oki, ya superaste esto muchos años atrás, es solo un tramite, terminalo, sepultalo y echate a volar —se dio fuerzas mientras se incorporaba para higienizarse en el baño y luego salir a buscar la dichosa barreta.
“Estados de ánimo” vino con Otto Hertzog en los treinta, cuando este arribó al país sudamericano. El patriarca de la familia lo guardó con llave en un cofre de madera tachonado en bronce. Nunca permitió que nadie lo leyese, pero el travieso Oki descubrió un día su escondite y protegido por las sombras del galpón, lo abrió en una calurosa siesta de enero. Por eso, porque conocía su contenido, no comprendía que incidencia (según Lothar, todos lo habían leído antes de morir) podría haber tenido sobre los tristes sucesos.
El libro solo hablaba de…
Continúa el domingo próximo.
En unos días les traigo el desconcertante desenlace de la historia de Oki Fritz Hertzog en la finquita de la Linea de los Palos en Jaime Prats.
Amanercerá y veremos. Gracias por acercarse a mis garabatos. Un abrazo, los saluda W.G.G desde Miami.
El libro de los estados de ánimo (segunda parte)
Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.