Una gloria rescatada del ostracismo

La novela de no ficción "Mi pecado", de Javier Moro, relata la vida de la actriz española Conchita Montenegro, estrella de Hollywood en los años '30 que decidió sepultar su trayectoria por un matrimonio.

Foto: Wikimedia
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Hollywood es el sueño de cualquier artista que anhela conseguir fama mundial, y Conchita Montenegro (1911-2008) fue la primera actriz española que logró ese estrellato. Su fulgurante carrera cinematográfica en la primera mitad de la década de 1930 la convirtió en una de las mujeres más exitosas de la "Meca del Cine", aunque su nombre cayó progresivamente en el olvido después de la Segunda Guerra Mundial, una amnesia colectiva que ella misma fomentó con los años.

Sin embargo, como un astro que languidece pero no se apaga, la historia de Montenegro empezó a resurgir tras la muerte de la ex actriz en 2008, con sus vivencias plasmadas en las novelas de no ficción El vuelo de Ibis (2008), Mientras tú no estabas (2017) y Mi pecado, esta última del aclamado escritor Javier Moro, la cual obtuvo el Premio Primavera de Novela 2018 y se editó recientemente bajo el sello editorial Espasa.

Moro quedó envuelto en una fuerte polémica con la periodista Carmen Ro, autora de Mientras tú no estabas, dado que ambas obras fueron publicadas con seis meses de diferencia y tuvieron abordajes bastantes similares, si bien lo más escandaloso terminó siendo el 'ninguneo' que el escritor le propinó al trabajo de la comunicadora.

Fuera de la controversia, Mi pecado es una narración literaria bastante convincente sobre la historia de María de la Concepción Andrés Picado. Con sus dieciocho años y una personalidad chispeante, avasalladora y caprichosa, más un futuro promisorio, la actriz y bailarina española llegó a Los Ángeles en 1930 en busca del éxito en el epicentro de la industria fílmica internacional. Apenas llegada, Montenegro cimentó su fama con una bofetada que le propinó al galán Clark Gable en una prueba de rodaje, lo que podría considerarse una muestra no solo de su indomabilidad, sino también de un rechazo a ciertas formalidades machistas que imperaban en el Hollywood de la primera mitad del siglo pasado. "Tu di que sí a todo", le dijo su colega María Alba, una frase insignia que Conchita evocará mentalmente para validarse en ese hervidero frenético y multicultural.

Esa combinación de desparpajo y sumisión le permitió a la joven hacerse un lugar en el firmamento hollywoodense, participando en casi una veintena de películas rodadas en español e inglés, sobresaliendo paulatinamente entre las figuras hispanas y ganándose el cariño del público, la crítica y sus pares. "En Hollywood se construían los rostros y los sentimientos que servían de referencia en el mundo entero y se fabricaban nuevos héroes para alimentar la ilusión de las multitudes y los pueblos".

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Entre escenarios rimbombantes, asistentes acelerados, directores volátiles y productores ansiosos, la promesa española cautivaba por su simpleza, locuacidad, fortaleza y belleza reflejada a través de una mirada naturalmente seductora. Acostumbrada a vivir amoríos tan intensos como fugaces, Conchita se estremeció ante el imponente actor británico Leslie Howard, con quien vivió un romance apasionado que la encandiló en todos sus sentidos, abstrayéndose a ese gentleman maduro, talentoso y carismático, pero ya casado y con dos hijos.

Harta de sufrir por amor ante la férrea decisión de Howard de sostener su matrimonio, y agobiada por la incertidumbre en su carrera a causa de los cambios en la industria cinematográfica estadounidense, Conchita inició un camino sin retorno en la búsqueda de una estabilidad emocional, coqueteando con una vida alejada del bullicio y la incandescencia que ya le provocaba soledad y tristeza. En ese punto se reflejó en quien fuera su querida amiga y eterna comparación Greta Garbo, la estrella sueca que era reacia a la farándula.

""Era un mundo endogámico y promiscuo, donde todos participaban de los triunfos y las tragedias de los demás".

Su fallido matrimonio con el actor y productor brasileño Raoul Roulien y la imposibilidad de embarazarse fueron traumas que Conchita sobrellevó en su alma durante mucho tiempo, pese a que su retomada carrera en Europa cosechaba reconocimientos y adulaciones. La Montenegro encontró cierto consuelo en el diplomático franquista Ricardo Giménez-Arnau, aferrándose a él en una mezcla de amor y protección que la convencería cada vez más de refugiarse en la pacata Madrid bajo una vida más ostracista.

Para 1943 la Segunda Guerra Mundial comenzaba a torcer su rumbo y los Aliados ganaban terreno, aunque la victoria no estaba decidida. El régimen de Francisco Franco proseguía con su estatus de 'no beligerante', que le permitía suministrar recursos a los alemanes. A sabiendas que la exitosa película Lo que el viento se llevó había causado gran impresión en el Generalísimo, Winston Churchill ordenó a Leslie Howard, convertido en un activista del triunfo británico, que convenza al líder falangista de retomar una postura neutral.

El actor acudió rápidamente a Conchita, que en el reencuentro con su antiguo amante terminó de solidificar la que se convertiría en la decisión más importante de su vida. También le ocurrió algo parecido al inglés, pero en forma de tragedia: el avión que lo regresaba a Londres fue derribado por bombarderos nazis antes de cruzar el mar.

Moro revive a una Conchita Montenegro soñadora, tesonera y carismática, pero a la vez insegura, frágil y sensible, que encuentra momentos idílicos en aventuras dentro del set de filmación, en las avionetas que piloteaba sobre las playas de Santa Mónica y en el cuerpo y alma de Leslie Howard. A su vez, Mi pecado recrea la época dorada del cine hollywoodense y revaloriza a los artistas españoles que supieron construir un legado artístico en la cinematografía norteamericana de esa época.

Nicolás Munilla

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