Postal de las tristes miradas de Inés y de Betina

Una mujer y su hija sobreviven en Las Heras. El reparto de recursos dice que les falta luz, agua, techos y cloacas y que les sobra un tumor en el estómago. El olvido como discurso de lo cotidiano. Entrá a esta nota, conocé pedazos de sus historias y, si está a tu alcance, dales una mano.

Inés Alvarez y Betina Núñez, madre e hija. Foto: mdz
Inés Alvarez y Betina Núñez, madre e hija. Foto: mdz

Todo está bien en el mundo, hasta que suena el teléfono y te conversa una señora para que vayas y le hagas una nota a otra señora, una madre con su hija, perdidas en el mundo, como un beduino en un glaciar o una campana bajo el agua.

Te da una dirección, una calle de Las Heras y allá vas, a media mañana, con sol de otoño y música de cuerdas en tu auto y hasta le comprás unas manzanas rojas al frutero de la calle Perú.

Todo es hermoso hasta pasar el umbral de Inés y de Betina.

El sol de otoño ha envejecido, las manzanas se te atragantan y la música de cuerdas quiere ahorcarte. La culpa es de Inés y de Betina o de cada uno de nosotros.

- El cáncer me ha tomado el estómago.

No hay manzanas en el estómago de Inés, sino una mancha negra que se expande como un ácido sobre un cuaderno escolar. A los 62, la vida no ha sido particularmente generosa con ella. Enviudó y, con su hija Betina, de 33, viven como pueden.

La piecita que habitan en Las Heras tiene curiosos efectos de luz por la mañana. Los rayos del sol entran con total impertinencia. A ellas, esos rayos les vienen bárbaro, porque, claro, no tienen luz eléctrica. Bueno, claro, tampoco tienen agua potable. Entonces, de noche prenden velas y de día recolectan agua en botellas de plástico.

En el centro de la habitación hay una cama de dos plazas que comparten madre e hija.

Tiene un cubrecama rosado sobre el que nos sentamos a charlar, porque esa piecita con agujeros en el techo es, a la vez, cocina, comedor, sala de juegos, de armas e invernadero.

Imaginen ustedes, por ventura y por favor, lo que ocurre aquí adentro cuando cae una tormenta, con la ferocidad de las tormentas.

Betina tampoco la pasa muy bien: es celíaca y pobre. Y no tiene trabajo y, bueno, ya saben, busca uno de mediodía, para poder seguir cuidando a su madre. Su juventud es un abalorio de dolores en pleno despliegue, pero es demasiado tímida como para andar quejándose.

¿Qué quieren? Nada, lo básico. Una casa digna, porque Inés no puede ser operada de su cáncer si no vive en una casa con los mínimos servicios que garanticen un postoperatorio exitoso. Quieren una pensión como para ir tirando con eso de morfar todos los días y comprar remedios, no mucho más.

Ah, y resulta también que además se les llenó el pozo séptico y tienen las miradas más tristes del comienzo del otoño. Esto no iba a ser contado, pero ahí va: hace un rato, esta misma mañana, Betina volvió llorando a casa, después de ir a pedir ayuda, una vez más, a la Municipalidad de Las Heras. Lloró la chica y, aunque se esconda, todavía se le nota en la cara.

“¿Sabe qué pasa? Estamos cansadas de hacer trámites para nada. Hemos presentado notas a la comuna, al Instituto Provincial de la Vivienda, a la Provincia y a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner”, dice Inés. La única respuesta a sus súplicas les ha venido por el lado de Nación y ya se les tramita a las mujeres algún tipo de ayuda social. Fuera de esto, nada.

 - No sabemos qué hacer, desde hace tres años… Aunque sea un alquiler, cuidar una casa o pagar una del IPV en cuotas. Así me puedo operar, ¿vio? 

¿Qué le dice uno a esta mujer con el estómago oscurecido? ¿Qué función se supone cumple el periodismo en la pradera de los desesperados? Si ustedes, en el rol de lectores, pueden ayudarlas, tal vez, donarles algo, quién sabe, un cubrecama o un cubre techo, algo así, puede llamar a una amiga de ellas, doña Nilia Yáñez (teléfono 4300933), una especie de ángel protector de las dos desabrigadas.

Finalmente, con la habitual impudicia del periodismo, este que escribe somete a madre e hija a una brutal sesión de fotografías en cada rincón de sus miserias. No hay mucho más para decir. Es momento de salir a la calle y recuperar el sol del otoño, la música de cuerdas y las manzanas rojas.

Sin embargo, nada vuelve a ser lo mismo después de mirar a los ojos a Inés y a Betina. Este otoño, otra vez, amenaza con ser cierto.