La madre de todo mal y la estúpida esperanza

Una familia de “El Borbollón” es inaudita síntesis de lo perdido: ese dolor con integridad. Conocé la historia de gente que retrocede hasta arrastrarse, pero que no se rinde.

Foto: Ulises Naranjo.
Foto: Ulises Naranjo.

Ana Siguelnisky y su hija Marta Fernández y los suyos son el resumen de la inocencia y, por lo tanto, deben pagar por ello, porque la inocencia y la indefensión suelen ser contagiosas, cuando no delatoras. No es buen ejemplo andar exhibiendo pureza por el mundo. 

En una sociedad en la que asoman cabezas sonrientes los indolentes, las livianas, los violentos y las alevosas, y también aburridas y desapasionados, ser carne y símbolo de la pureza, debe pagarse de la peor manera posible, con el riguroso olvido, la tiesa cruz o el recto fusilamiento.

Desde siempre ha funcionado: la razón de ser del cordero de dios, es permitir a nuestras culpas crecer sanitas, alejadas de nosotros, en el caso que nos convoca, al borde del basural, la borde de la gran ciudad, al borde de lo inaceptable, en el centro mismo de lo indignante. 

Ana y Marta: aquí tenemos a estas mujeres, bajo una hermosa mañana de esta primavera inolvidable -y ya olvidada, a decir del poeta- en El Borbollón, Las Heras. Ellas asumen para sí todo un paisaje de desgracias: son pobres, son mujeres solas, están seriamente enfermas, tienen varios hijos y no saben defenderse, no atinan más que a bajar el lomo para recibir los latigazos.

Mírenlas: es notable comprobar cuán en el suelo puede estar una familia y, a la vez, con cuánta dignidad se puede seguir peleando. Y no hablamos de un mal rato o un mal año o década: hablamos de estar tirados, merced a todo los males de este mundo. Conozcamos sus historias.

Ana tiene 57, aunque pareciera que más. Su papá, sus abuelos y sus tíos eran rusos. La familia, desde la lejana Rusia, arrastra una malformación genética que los lleva a tener distorsiones en el desarrollo: ella y su hija, casi no escuchan y también hijos (cinco hijos, tenía seis y uno murió electrocutado) y nietos tienen problemas motrices y de aprendizaje, algunos más severos que otros.

- Tenemos un retraso, también, algún problema de aprendizaje. Yo no sé leer ni escribir y las nenas no hablan clarito, no se les entiende..., suelta ella, como si nada, como quien se ha acostumbrado a habitar los finales de las colas de trámites de la vida.

Hablar ahora su hija Marta: “Yo soy una de las que no escucha bien y mis dos hijitos tienen problemas”.

Aparecen, entonces, los dos hijos de Marta. Salen de una piecita sin puerta. Primero Ludmila: es breve y dulcísima; silenciosa y tímida. Se sube a una silla y ahí se queda, en silencio, con su espalda torcida, su cuello que le tumba su imposible cabeza hacia un costado, lista para ser pintada por algún Velázquez. 

Después, llega Benjamín: es extrovertido y alegre; movedizo y tenaz. Llega recién rapada su testa de flores y de insoportables piojos. Le gustan las fotos, las bananas, los cariños de su abuela y los camiones con rueditas.

Entonces, con ellos en escena, se dobla la apuesta de la inocencia. Entonces, cuadro completo, uno comprende que las grandes evidencias de los días nos remite a ese perdido mundo en que nosotros fuimos protagonistas de lo que ahora anhelamos. Todo aquello que -de un modo u otro- nos conmueve, es necesariamente algo que perdimos. 

En este caso, la inocencia. 

- Yo no tengo ni amigas, dice Marta, a sus 26.

Llama la atención la limpieza de la casa. Esta casa que no es de ellas, por supuesto, que les fue incendiada hace poco, por supuesto, y que les fue saqueada un par de veces, por supuesto. 

Y esto es lo que a uno particularmente lo emputece: cuando el pobre le roba al pobre, cuando el pobre mata al pobre, como el otro día en Ugarteche, es porque estamos en el horno. Porque sí, te lo digo así, contra todo disgusto de los píos, bilingües y bien pensantes: te banco que le choriés electrodomésticos chinos o de Miami al poderoso, porque, como decía, Balzac, detrás de toda gran fortuna hay un gran crimen, pero despojar de bienes o latidos a un despojado es un acto intrínsecamente condenable, íntimamente miserable, extremadamente deshumanizado. 

- Ya no podemos vivir aquí. Somos solas y no podemos dejar la casa ni un ratito, dice Ana, que también tiene EPOC, para agregar a su lista de males.

- Yo pensaba escribir para conseguir donaciones para la familia...

- Y... vamos a tener que ver dónde las dejamos...

- No te hagás problemas, Ana, que conseguimos un lugar.


Ya antes, cuando vivían bien, bien el pecho de El Fachinal de El Borbollón, cuando vivían de la basura, por supuesto, las habían saqueado en la villa. No tenían casi nada y les robaron ese casi. Después, consiguieron esta casa, que les paga el gobierno, pero, claramente, no es solución, no es suficiente. 

Del par de hombres que pasaron, ninguno se quedó. Los niños llegaron con problemas y Marta decidió ligarse las trompas y darle para adelante, para ver de qué modo al menos ellos intentan salir para adelante. Los lleva cada mañana a hacer un tratamiento a Conín, mientras busca trabajo y dice, casi al pasar, sin esperanza alguna, que le gusta cocinar y que cuida enfermos y hace limpieza.

Los niños se han puesto a jugar en el solcito. De una bolsa blanca han sacado sus juguetes, todos con -digámoslo así- capacidades especiales: camiones que pueden andar con dos ruedas, muñecas tuertas, tísicas y rengas, pelotas pinchadas y abalorios por el estilo.

Abro mi bolso y asoman unas frutas. No me queda más remedio que dárselas. Ellos, los niños, los hermosos niños, se comen mi merienda con desparpajo e inusitado sentido de la verdad. No habrá alternativa: ni bien deje este pozo fétido adonde tiramos todo lo que nos sirve, deberé buscar una verdulería boutique, tal vez un hipermercado, quizás una playa o un cine donde esperar el atardecer. 

- ¿Qué necesitan?, les tiro, a manera de pregunta estúpida del año.

Ellas hacen silencio y, entonces, uno mira los alrededores de sus ojos: no hay nada, casi nada, en la casa: puertas, muebles, cocina, ropa, alimentos, electrodomésticos, libros, nada... 

Y lo que hay, lo poco que hay, no obstante, tiene la indecible tibieza de lo hogareño. Y he aquí el meollo de la cuestión: estas mujeres tienen las herramientas y la fortaleza para salir adelante, pero, así, no pueden hacerlo. 

Aquí vive y sucede esta familia, aquí -junto al basural lasherino- este puñadito de pequeñas gentes, que construye a los tumbos sus pasos por el mundo. No les ha ido bien, pero resisten. 


Mientras tanto, nosotros acá, computadoras mediante, mediaslunas, tragos largos, manosantas, cuentapropistas, laburantourist, papistas, catadores, sujetos de crédito o endueudados, heridos a veces y, a veces, libres de todo mal. 

Y también satisfechos, aún con carencias. Y cobijados, aún con malos ratos. Y amados, aún con rutinas, desamores y cuotas fijas. Y dueños de nosotros, contra todo, dueños de pequeñas y grandes decisiones que nos dan pertenencia, cultura y dignidad. 

¿Qué hacemos por estas mujeres y estos niños? ¿Les damos una mano, dos manos, ninguna mano, una espalda, un espaldarazo, un guiño, un sablazo? ¿Les damos una mano como quien los sube a un arca, a una calesita, a bordo del día y de alguna misteriosa forma de la esperanza? 

Ulises Naranjo (texto y fotos).

Postdata importante: Quienes deseen ayudar a esta familia, del modo que consideren apropiado, pueden comunicarse con la promotora social Luciana Pescarmona, del Ministerio de Salud, al número: 2613005933.