Una vida de mierda, antes y después de la lluvia

Me importa un pito si sos kirchnerista o macrista, de izquierda o derecha, populista o de los que juran que vinieron a cambiar todo. Hay una grieta, sí, y en el fondo de la grieta viven ellos, de las migajas que caen de uno y otro costados del abismo.

Foto: Ulises Naranjo.
Foto: Ulises Naranjo.

(Te advierto: esta es una nota larga; te va a llevar como diez minutos leerla. Es larga como esas tormentas que duran apenas diez minutos, seiscientos segundos bajo una cortina de agua y, después, bueno, el sordo grito oír se deja. Por eso, te ruego que llegues hasta el final, te lo ruego, para que después, hagamos algo).

No sé qué hiciste el viernes a la noche, mientras llovía. Yo te confieso que fui con mi familia a lo de unos amigos a cenar, a una estupenda casa de un barrio privado de El Challao (no es el Dalvian, jamás he ido a cenar al Dalvian, desconozco cómo saben las cenas allí). Hablo de uno de esos barrios nuevos, con estupendas casas que de tan pretendidamente distintas, son todas iguales. 

Allí resulta que viven estos amigos, en un barrio que, como ellos dicen, existe gracias al Procrear, y, ya imaginarás, mientras llovía, la pasamos de maravilla: comimos un asado, con entrañas y mollejas incluidas; tomamos unos vinos de puta madre, de postre unos crepes, con dulce de leche y nueces, y cerramos con unos camparis y un recital bien de fogón, con guitarra y cajón peruano y alaridos muy sentidos, y hasta un par de canciones que sonaron afinadas. Mientras tanto, llovían lágrimas en los vidrios y no sabíamos por qué. Pensamos, inicialmente, que los coros de ángeles padecían nuestras interpretaciones o que los coros de anticristos sufrían por no estar allí con nosotros, bebiendo y cantando, porque los malos se divierten más que los buenos.

Sin embargo, no: las lágrimas venían de El Borbollón y te voy a contar por qué y creeme que esto que te diré es la más puta de las verdades: lloraba el cielo porque, sobre todo, al borde de la Ruta 40, en esos mismos momentos de canciones y brebajes, unas decenas de familias perdían todo -perdían todo, te digo- bajo la tormenta. Las piezas, con un metro de agua adentro, los niños llorando, los adobes deshechos; las cosas que flotan, flotando, las que se hunden, hundidas, como ellos, barcos hundidos al borde de un basural, que -diría un poeta con alto sentido de lo social- es otro mar, el de un Homero que recuperó su ceguera.

A ver: empecemos de nuevo. No sé qué hiciste el sábado por la noche, un día después de la tormenta. Yo te confieso que fui a laburar al teatro griego Frank Romero Day: ya sabés, Fiesta de la Vendimia, festines a cuenta para los privilegiados, palco de prensa, tecnologías y puestas en escena, turistas con caras de bobos y sombreros ridículos, funcionarios sonriendo con sus mujeres, periodistas abusando de adjetivos y reinas jugando a que, de un momento a otro, se volvieron aladas y azules. 

Mientras tanto, y te juraría por Dios si en El creyera, allá, al borde mismo de la ruta, al borde mismo del basural y su Fachinal, un día después de la tormenta, una mujer se sentó en un silla ordinaria a llorar, con su bebé en brazos, mientras su marido se arrodilló a sus pies, también a llorar, porque la casa se les vino abajo (esto me lo conto la Raquel, también con la lágrima en flor). La escena cobró belleza cuando el dramatismo de la escena se vio engalanado por los fantásticos fuegos artificiales que, allá al fondo, explotaban con histeria y petulancia, con arrogancia trompetera y luminosidad erecta. Y bueno, ya sabés, se lee "The End" y todos llorando en el cine, con el pochoclo en la mano, y vamos a morfar algo al patio de comidas, para pasar el mal rato.

Vamos a algunas postales de las miserias que supimos y sabemos alimentar:

· Mariana Benavídez es joven y está sola. Bueno, no está sola: tiene dos hijos Vanesa (de 5 años y calza 31 y Juan de 4, que calza 29) y además vino a vivir con ella su hermana y su hijo, pero está sola. El viernes la visitó la tormenta y le dejó un metro de agua adentro. 

La casa se le viene a pique y perdió todo, casi todo, aunque ganó una laguna en el patio, donde, a veces, por las tardes, se deja ver una víbora nadando, cual anaconda lasherina, sigilosa, tras algún pericote, que en el lugar se disputan territorialidad con los perros y acusan en la balanza pesajes semejantes. Mariana está desesperada y silenciosa y en espera de esperanza.

· Raquel vive en la zona. Ahora que ganó Cambiemos, tiene empleo en blanco en la comuna de Las Heras y un mejor pasar. La nueva gestión la nombró Coordinadora del estupendo Cedrys que se construyó allí. La otra noche, cuando llovió, salió a ver el desastre y volvió a su casa y vació su pobre alacena para repartir lo que tenía entre los pobres. Es una buena mujer, pero no le alcanza con eso: ha empezado a sentir culpa por llegar decentemente a fin de mes.

· Cristian parece un linyera, pero, te juro, tiene un porte y una facha intrínseca que, si otro hubiese sido su destino, sería amado por modelos de esas que salen en las revistas. Sin embargo, ahí lo tenés: si lo ves venir te cruzás de vereda y si hay algún robo, lo metés en cana a él, que viste una campera "Chango Más", que alguna vez fue blanca. 

Vive con su mujer y sus hijos en un rancho imposible ya. Y se nota que los ama y se nota que sufre porque su Olga y sus Alan (5 años, calza 29), Alex (3 años, calza 21) y Aixa (7 años, calza 30). Claro que perdieron todo, claro que el rancho es inhabitable, irrespirable y altamente peligroso para los niños. "¿Pero dónde vamos a ir? Si no hubiera sido por mis amigos y mis vecinos, se nos caía la casa encima. ¿Sabés que hicieron los de Defensa Civil cuando vinieron? Se sacaron fotos con palas en la mano, como si el zanjeo lo hubieran hecho ellos. Y ellos no hicieron nada".

· Al lado de la casa de Cristian Chacón, vive su madre. Le pido ver su casa y tomar su testimonio para ver si conseguimos ayuda y nos dice que no, que vayamos a otros ranchos, que hay familias que necesitan más ayuda que ella. Tomá pa'vos. Y ahí se queda, mirando hacia los ranchos de sus vecinos... 

· Allá, a un kilómetro, tenés a los vecinos del barrio Santo Tomás de Aquino: también viven de la basura, también viven en la pobreza, pero tienen casas de material del IPV. Cuando llovió, muchos de ellos fueron a los lugares inundados y trabajaron con y para sus hermanos. Fueron los únicos, además de los amigos de los inundados, que fueron a prestar ayuda de verdad. "Nadie fue a poner la cara por ellos", nos juran. Sólo los pobres son piadosos con los pobres. Y nadie marchará, jamás, por ellos.

· Emilia Nievas es una abuela que ha visto pasar las siete plagas de Egipto, al borde del basural de los mendocinos. Sus hijos crecieron y formaron familias no muy lejos de su rancho. Ya tiene 76 y jamás ha conseguido dejar de fumar. Sus padres le enseñaron a criar animales y así hizo ella: gallinas, cerdos, gansos, caballos, cabras y bichos por el estilo. No tiene ni fuerzas para juntar la ropa con barro, no tiene ni lugar donde echarse a dormir. 

Su hijo Ramón se hizo un ranchito al lado, también se inundó y su mujer se fue a lo de su madre. No sabe por dónde empezar, por dónde terminar. "Los gansos saben flotar y se salvaron; las gallinas y los gallos no saben flotar", dice y se va, después, al Quemadero a buscar cartones, vidrios, metales, en fin, cosas que pueda vender para ir viviendo, el Ramón que calza 42 y espera que vuelva Yolinda, que calza 37.

· Viene otra mujer, ni su nombre dice. Explica cómo levantó a los niños y los sacó para que no se les ahogaran. Ni sus nombres dice, ni cuánto calzan por si alguien quiere donarles calzados. Explica también que al otro día metió las frazadas con barro en un tacho y las limpió como pudo y las puso a secar. Ahora, cada noche, las tira al piso y ahí duermen los niños. Esas son sus camas y nos señala, antes de irse, un lote vacío.

· El lote vacío: ahí vivía una familia, con bebé incluido. Ahí, nos cuenta también, se les cayó la casa y se sentó la mujer en la puerta en una silla ordinaria y el marido se arrodilló y lloró y bla bla bla. Y después se fueron por ahí, quién sabe a dónde, con lo nada que tenían, a seguir sobreviviendo, que eso lo hacen muy bien.

Aquí están, estos son los condenados del cinturón urbano que jamás queremos ver; los que no nos importan nada, seamos kirchneristas, izquierdistas, fachos, derechosos, hippies, conchetos o tibios sin más. Hay una grieta entre unos y otros, sí. Y en el fondo de la grieta viven ellos, de las migajas que caen de uno y otro costado del abismo. Y son más que nosotros, sólo que aún no se han puesto a calcular.

Me dirás que están acostumbrados a perder y te diré que tenés razón: allá, en Las Heras, los que viven de lo que trae tu basura y la mía, de generación en generación, portan en su adn algo así como proteínas de carencia en un marco de permanente Estado ausente. Sobreviven como si se tratara del fin del mundo, de hecho, si el fin del mundo llega pronto (mucho no falta) ellos demostrarán que están infinitamente más capacitados que nosotros para sobrevivir.

Por eso, a pesar de todo, mientras esperan sus finales, y ven partir aviones que llevan gente a Miami o donde mierda sea, no faltan allí jamás las celebraciones de la vida, los gestos que los reconcilian con los días, los hijos que nacen y se yerguen hermosos contra todo virus y toda bacteria, los perros flacos que te acompañan hasta el Quemadero, las caricias a los caballos que todo peso toleran, las lágrimas tatuadas en los pómulos a modo de respuesta estética ante el dolor y la decoración de los interiores de los hogares con cosas que, ineludiblemente, han llegado en camiones de basura, porque ni vos ni yo las queremos haciendo mugre en nuestros hogares.

Son los que sobreviven en el barrio del basural, los marrones que habitan El Fachinal y que ahora necesitan que vos y yo les demos una mano, en nombre, si querés, de lo más sagrado que tengamos.

Ulises Naranjo (texto y fotos). 

Postdata, cómo ayudar: Hace falta calzado, comida, ropa, colchones, muebles, materiales, útiles escolares y juguetes. Para ayudar, hay que llamar a Luciana Pescarmona, al 153005933, o a Raquel, coordinadora del Cedrys, a 2616456588 o traer las donaciones al diario Mdz (Bandera de los Andes 350, Guaymallén) para que las llevemos al lugar. O bien llevar las donaciones al CEDRYS, que está en Ruta 23, entre Ruta 40 y Paso Hondo, en El Algarrobal, a metros de la Cárcel de Mujeres.