La muerte de Lucas Gutiérrez en el Campo Papa puso al descubierto la fragilidad de la vida, especialmente cuando las condiciones de la pobreza superan cualquier índice de esos con los que los funcionarios suelen dar tremendas conferencias de prensa. La vida, allí, en esos espacios en donde parece que casi nunca pasa nada, puede ser una celebración o una tragedia automática. El cielo es el mismo infierno. El candor tiene la cara del pavor cuando ante los hechos consumados, se naturaliza la criminalización de la pobreza. Los pobres son culpables por el sólo hecho de serlo. O lo que es peor, la muerte de un niño en condiciones absolutamente evitables, también pasa a ser otro dato estadístico más. La de los absurdos, la de los accidentes domésticos, la de los niños que no debían morir pero que sin embargo aún seguimos llorando.
Entonces, la furia se hace cargo de la escena y romper todo es una manera de hacernos saber que efectivamente el cielo es el infierno. La destrucción, símbolo de la ruptura del viejo orden, cumple así su cometido: de ahora en más nada volverá a ser como era entonces. Lucas ha muerto, pero también las obras reclamadas y prometidas habrán llegado como un relámpago. Las tragedias son automáticas, pero también las reacciones cuando la leche ya está derramada, al igual que las lágrimas. No tanto por el duelo y el vacío, sino porque la fragilidad no sólo es el hilo que anuda nuestras vidas, sino y especialmente, porque de ella también pende en estas sociedades, la provisión de los servicios elementales.
La muerte se llevó a un niño. La furia se llevó el agua potable de un importante sector del Gran Mendoza. Esa Mendoza que prefiere buscar fortalezas allí donde sólo hay más fragilidad.
La fragilidad de un sistema de protección a la infancia. La fragilidad de una red de contención social para los sectores más vulnerables. La fragilidad de un aparato productivo al que le cuesta generar trabajo. La fragilidad de nuestras instituciones. La fragilidad los servicios públicos. En definitiva, la fragilidad de un Estado al que le cuesta asegurar la vida de un niño de cuatro años, y por ende aún más, que toda su población tenga agua potable (dato que por cierto, tampoco nadie podría asegurar aunque un niño de cuatro años nunca tuviera que morir).
La Mendoza frágil nos pone de cara a la versión real de una provincia a la que áun le queda muchísimo camino por recorrer. Supone todo el trabajo que por momentos creermos haber hecho, y que basta una tragedia como esta para darnos cuenta de lo lejos que todavía estamos de ser ese lugar que todos merecemos y que no todos los mendocinos pueden tener.
La Mendoza frágil es, también, el escenario de transformación que debe mover a todos los sectores para construir sólidas bases que aseguren que no haya más muertes absurdas; pero también que aquellos servicios elementales para la dignidad humana no sean un lujo, ni la excentricidad de algunos pocos, sino y especialmente, un derecho de todos.
La Mendoza frágil
Lo sucedido esta semana en el Campo Papa, nos hizo ver una realidad sobre la pobreza dentro de la provincia, que pocas veces queremos enfrentar.