Fachinaleros de ayer, de hoy y de siempre

Allá donde había chañares, zanjones y martinetas, ahora hay miles de desafíos bajo preciosos moldes de niños en riesgo. Si no fuera por las escuelas públicas, todo, todo en este país se vendría abajo.

Foto: Ulises Naranjo.
Foto: Ulises Naranjo.

Hacia el oeste del barrio, nos aguardaba -puma agazapado, médano invertido, noche enrojecida, cascada en la boca- lo desconocido; en el oeste del oeste estaban los zanjones, los últimos potreros, todo el inmenso campo y el barrio Pappa, el barrio de los fachinaleros (fachinal es un término usado para pantanos nauseabundos y zonas altamente húmedas, todo lo contrario a la dura sequedad del piedemonte mendocino; sin embargo, vaya uno a saber de qué modo, ese término -despectivo y folclórico- tomó cuerpo en el oeste y otros sitios de Mendoza, vinculado a basurales; así, los fachinaleros son aquellos que sobreviven junto a basurales, buscando sustento en ellos). 

Los fachinaleros eran pibes como nosotros, pero temidos por sus arrojos y emboscadas, admirados por sus ciegas noblezas y, además, discriminados por sus indigencias. Eran, en realidad, no mucho más pobres que nosotros, pero convivían -y conviven- con una condena mucho más larga que la nuestra: a nosotros, si nos esforzábamos, nos esperaban las escuelas y hasta las universidades públicas y, al final del camino, tal vez, un empleo en blanco, la posibilidad de unas vacaciones en Viña, un plan odontológico, teléfono en casa y un automóvil que no hubiera que empujar y, quizás, hasta una novia inadvertida, que hubiese crecido con vestidos con volados y Dánica dorada, deportes limpios en un club, canciones de María Elena Walsh, misas en Jesuitas, tés con lemon pie y clases de inglés en Amicana, en fin, imaginarán, una señorita hermosa y compleja, que anhelara cotejarse con un idealizado morocho cicatrizado, con un constitutivo sentido de la supervivencia que lo llevara, quién sabe, a cuidarlas, ante la menor amenaza de tormenta, un madero de carne firme, sin mayor metafísica que la física y sin mayor ilustración que sus silencios. Y, bueno, viceversas paralelos, para las pibas de nuestros barrios. 

Hacia el oeste del oeste hostil, íbamos a construir nuestras versiones de la fortaleza, a prepararnos como cristos en el desierto o espartanos en el pecho de la noche; hacia el oeste, era el cuerpo como bandera, la piel como escudo, las zapatillas de goma y las hondas con elástico de tomar la presión como aliadas y la preciosa amistad, como blasón y pertenencia. Y es que, disculpen la insistencia, ir al oeste era como ir a la aventura, a la utopía, en búsqueda del santo grial proletario; era como subirse a una carabela con olor a madera podrida o como entrar en territorio comanche para John Wayne: allí aprendimos a tensar el músculo ante el peligro y a ser tolerante con los más débiles y firmes con los cabrones, a soportar la fatiga hasta llegar a un roto caño perdido con agua potable o a la sombra de un pimiento, a cazar martinetas con la honda, a buscar las camas de las liebres, a alzar en hombros a los chocos cuando se les caldeaban o aspiaban las patas y, finalmente, a saber qué hacer cuando -hondas contra hondas- te cruzabas con los fachinaleros: luego de genuinos aprendizajes, algunos duros, unos y otros reconocimos -sin discursos- que los distintos no eran ellos ni nosotros, sino que todos lo éramos: la ciudad y sus encantos y la gente que vivía bien no nos querían cerca, nos habían arrojado hasta allí, hasta el borde de sus vidas y, por suerte y por cultura, todas aquellas barriadas encontraron herramientas de cohesión y de disfrute como el campo enardecido, el fútbol y sus épicas, las viñas con melescas, los espárragos después de la tormenta y los zanjones marrones y castigados, como nosotros. 

Ahora que estoy viejo y he sobrevivido, aquellos espacios de la infancia se han vuelto, ineludiblemente, en mi concepto de paraíso, lo cual significa que paraíso es paraíso perdido, como nos mostró Borges. Querer volver a aquel estado de semi-salvajismo, es una metáfora de la pureza y la pureza no es otra cosa que despojo.

Hace calor. Este año la primavera ha desembarcado calurosa e indolente. En el oeste del oeste, poco ha cambiado, aunque ha cambiado todo: hay barrios en lugares insólitos; hay un Corredor del Oeste que separa La Estanzuela de Palmares, hay polideportivos con alfombras sintéticas y hasta escuelas secundarias y un parque de descanso, en el lugar donde, antes de que amaneciera, hacíamos cebaderos para pillar sietecuchillos, zorzales y jilgueros cabecitas negras.

Hace calor, por eso, mientras atravieso el barrio Pappa, voy en mi estupendo auto, con el aire acondicionado prendido, mientras escucho Manhattan Transfer y Pat Metheny. Claramente, no soy ni la sombra de lo que era; he perdido todo el encanto cimarrón que supe conseguir y tengo hasta piscina en casa, bodega de vinos, pasaporte y un choco concheto, con veterinario de cabecera y dieta fuertemente proteica.

Más sobre este tema

Un puñado de cosas hermosas, en el barrio La Gloria

Escuela privada, católica y mendocina: 10 felicitado

Marcelo, el ser más puro, bello y necesitado de la Tierra

Si vas a desaparecer, tratá de no vivir en el destierro

Milagro en La Favorita, aquí cerca, en el fin del mundo

No obstante, algo profundo vuelve a conectarme con el que fui, mientras estaciono frente a la escuela primaria Emaús, donde proyectaré a niños de sexto y séptimo mi película sobre las cárceles de Mendoza. Las maestras me invitaron, porque sus alumnos -los hijos de los hijos de los fachinaleros-, aunque niños, saben de sobra de qué se trata la exclusión: viven en hogares destruidos, comen como no es debido, se visten aceptablemente, tienen familiares desempleados y algunos en cana, padres desconocidos y escasísimo conocimiento del mundo, más allá de barrio y de lo que queda de campo sin alambrar.

Termina el documental y charlamos: hay un ventilado echándonos un poco de vida en el hocico y, mientras pienso en la increíblemente perdurable y extraordinaria tarea que hacen los docentes de nuestro sistema público en estos espacios de carencia, miro a las niñas y los niños, como si me mirase a mí mismo y mis amigos, allá, lejos y hace tiempo.

Un par de ellos habla de las visitas a la cárcel con toda naturalidad; otro al fondo y a la izquierda mira sin hacer nada, pero nada; otro -con madre encanutada por asuntos con sustancias- se sube a un banco y no para de bardear, muchos asienten con la cabeza, alguna tira medias lunas para relajar, mientras les digo que las cárceles están hechas para ellos y que no dejen la escuela y que se esfuercen y estudien y que tengan ojo con las drogas y que lleguen hasta la universidad y, así esquivar malarias, changas en el basural y residencias en penales y tener un laburo en blanco y vacaciones pagadas y, luego, si quieren, elegir tener piscinas, perros caretas y amores de clase media o, quizás, aquellas cosas que nos los alejen de sus instintos.

Al fin, me voy, después de soportar abrazos, promesas y fotografías de hermosos niños y niñas, que urden sus vidas al pie de los cerros.

Enciendo el motor y el aire y cambio a Metheny por Marziali y pienso qué sería de estos niños sin esas columnas del tejido social que son las escuelas públicas, qué sería de nosotros sin el inequívoco amor de nuestros docentes y que este país comenzará a cambiar, entre otras cosas, cuando se les pague como la gente. Allí, en los barrios en riesgo social, en todos y cada uno, hay una escuela y, en ella, docentes conviviendo día a día con aquellas cosas que no queremos ver, por dolor, por desprecio y, siempre, por indolencia: cosas como el hambre, los abusos, las enfermedades naturalizadas, las familias venidas abajo. Si no fuera por las escuelas públicas, no habría república.

Voy saliendo del barrio y enfilo por el Corredor del Oeste, pensando en un helado de menta granizada que me comeré con mi hija. Mis espaldas lo saben: allá donde había chañares, zanjones, martinetas y cañadones, ahora, hay enormes desafíos inconclusos bajo preciosos miles de moldes de niños. Todo se transforma, los fachinaleros también, pero no crean que tanto, si uno aprende, como los maestros, a leer en sus ojos. 

Ulises Naranjo.