“Y Caín dijo a su hermano Abel: vayamos al campo.
Y aconteció que cuando estaban en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató. Entonces el Señor dijo a Caín: ¿dónde está tu hermano Abel?
Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?”.
Génesis.
Voy a empezar diciendo lo que no querés oír. ¿Nos quejamos de la inseguridad? Es un hecho que, desde que el tal Caín boleteó a su propio hermano o de antes aún, de cuando Lilith fue rajada del paraíso por respetarse a sí misma, el mundo ya era una porquería. Ahora gritamos que nos sentimos inseguros y en cierto punto, atemorizados, y ciertamente es así. No queremos que nos pase nada malo, para empezar. Y no queremos que le pase nada malo a los que amamos. Y los que amamos suelen ser muy pocos. Entonces, termina siendo que tenemos miedo de que a nosotros nos pase algo malo, pero no de que les pase a los que son distintos de nosotros. Y cuando algo malo pasa, porque siempre pasan cosas feas, desde el inicio de los tiempos, nos sentimos muy embroncados, desguarnecidos, indignados y aprendemos, también, a convivir con eso. Y la respuesta es pedir seguridad a los gritos, policías en la esquina con miras telescópicas y compramos cosas para sentirnos seguros y vinculamos directamente la seguridad con lejanía de los chorros, pero resulta que gana siempre la sospecha y la portación y esa lejanía con los posibles chorros nos aleja también de los que no lo son y al final confundimos unos con otros y los desconocemos a todos, entonces, y con el tiempo todos esos terminan siendo culpables de algo aunque no lo sean. Así, tu abanico de sospechosos coincide justamente con los que menos tienen, porque uno sospecha que vienen por lo que nosotros tenemos bajo siete llaves, cinco rejas, dos alarmas, un guardia y dos perros dogos, pero igual se te meten los cabrones. De este modo, a fin de cuentas, así es que urdimos nuestra forma de pasar por los días y nos convertimos en expertos en ir diseccionando el mundo y levantando paredes cada vez más altas y gruesas y con serpentinas de púas y pagamos caro por estar adentro -vivimos presos de nuestras cuotas para ser libres-, y transcurrimos pagando la plata que casi no tenemos para asegurar lo que tenemos y, bueno, es el precio para que los distintos de nosotros se queden afuera. Pero, como en una película de zombies, resulta que cada vez son más los que están afuera y ya no sabemos qué hacer con ellos, aunque encerremos en cárceles inmundas a la mayor cantidad que podamos. Sí, los queremos muertos, pero, si no se puede, en cárceles y las cárceles están hasta las manos, pero tampoco queremos que se invierta en cárceles nuevas y tampoco queremos una cárcel cerca de casa ni de la escuela ni de los lugares bonitos ni que se invierta en los sistemas penitenciarios, porque después ellos queman los colchones y entran por una puerta y salen por la otra, porque a eso se dedican los de derechos humanos. Lo que nosotros queremos es que no estén y que, si hay algunos, que sean calladitos, bien educados y no molesten, ya sean pobres, locos, viejos, jóvenes con gorritas, mujeres que se embarazan, grasas de todo pelaje, vividores de los planes sociales, trapitos o artistas callejeros incluso. Los queremos lejos; no saber nada de ellos, chau picho, como si no existieran, como si no hubieran existido nunca, aunque sean más que nosotros. Que no molesten, que no vengan por lo que con tanto esfuerzo hemos conseguido tener, pagando impuestos y ganando honestamente nuestro dinero. Queremos vivir ven paz. Que dejen de matarnos. Que dejen de violarnos. Porque, aunque las estadísticas digan que nueve de diez no son ni asesinos ni violadores, nosotros estamos convencidos de que todos son asesinos y violadores, porque en verdad necesitamos, esta es la palabra “necesitamos” -para sostener nuestra furia, nuestro orden de las cosas y para alimentar nuestro miedo, que nos mantiene alertas- que todos sean asesinos y violadores y que los prendan fuego como a brujas medievales, aunque, ojito, creemos en Dios, pero honestamente queremos que los masacren, aunque, ojito, nos encanta Francisco, queremos que les metan bala, porque nos han violado y nos han matado y nos han rayado el auto. Y a los que no piensan así, les decimos, a ver, ¿vos qué harías si te violan una hijita o si te asesinan a tu hijo o a tu madre? ¿Qué hacés, decime, zurdito chanta, protector de delincuentes? No, no... acá lo único que está en claro es que es ellos o nosotros. Ellos, los marrones o negritos, así te lo digo, y nosotros, los honestos: sí, honestos como facturero de comerciante o arquitecto o abogado o contador o mecánico o analista de sistemas o médico; nosotros, los impecables como baldosas de bancos; nosotros, los brillantes como gafas de sindicalista adinerado o político corrupto; nosotros, coherentes como párrafos periodísticos de columna dominguera; nosotros, píos y esperanzados como contratapas de autoayuda; nosotros, los puros como la ostia; nosotros, los hondos como salmo judío; nosotros, los bien pensados como chiste de Les Luthiers; nosotros, los confiables como juegos de Disney; nosotros, los luminosos como casino de cinco estrellas; nosotros, los elegidos, los invitados al banquete, los bienaventurados que nos emocionamos en los museos, en las cavas y en los templos. Para resumirte, vos lo sabés, acordate: antes, salías a la calle y no te mataban ni te envidiaban y los pobres, al salir de trabajar, iban a su casa y tomaban vino en camiseta en la vereda y no andaban por aquí; ahora estos pendejos te putean y te pegan un tiro por un par de zapatillas y ya no podés estar tranquilo ni tomando el té. Son ellos o nosotros, es una guerra. Si Caín no hubiera matado a su hermano, tal vez yo podría mirar las cosas de otro modo.
Cambiemos el ángulo. Ya te dije lo que te quería decir; ya te lo dije otra vez, disculpame, en serio...
Bueno, te quería contar que estamos en la escuela pública “Panquehua” de Las Heras, pues esta comunidad educativa nos ha invitado, junto a las propias de las escuelas Mario Casale, también de Las Heras, y la César Milstein, de Lavalle. Nos hemos juntado a ver una película que hablar de seguridad e inseguridad, de sueños, errores y delitos y a charlar de lo que nos pasa, que así es como se entiende la gente.
A veces, las cosas suceden sencillamente así: sin más promoción que la intención de construir ciudadanía, docentes y alumnos se convocan a ver el documental “No llegués hasta acá”, filmado en las cárceles de Mendoza, y a conversar de la situación social con más de 300 alumnos de barrios carenciados del cinturón urbano. ¿Qué surge de la charla?: pues brotan las cosas que en los barrios obreros ocurren, donde se convive con la solidaridad, cierto olvido y la violencia, con el desprecio ajeno y las estrategias de supervivencia propias, donde se mira incluso al semejante como si no fuera semejante.
¿Qué tiende a quedar a estos alumnos luego de estos debates? No mucho, tal vez, pero lo suficiente: que no dejen la escuela, que se preparen para el mundo laboral, que no caigan en adicciones, que no se embaracen tan pronto, que no discriminen a iguales ni a distintos, que busquen sus espacios de ejercicio de las cosas públicas y que los cuiden y que no pierdan la solidaridad y que jamás permitan que -por ser pobres- los traten como delincuentes.
Párrafo aparte de gloria para los docentes de escuelas de este tipo, no para todos, sino para los que se comprometen y trabajan los valores con estos estudiantes, que se toman de la institución educativa como náufragos de un madero. ¿Qué sería de nosotros sin la escuela pública? ¿Cómo hubiésemos salido adelante sin este paraíso lleno de puertas y acertijos, este escándalo de vida que nos abre los ojos, este hogar de todo lo santo que supone el conocimiento para el hombre?
Miran los alumnos en una pantalla un documental que cuenta que el 98% de los presos mendocinos son pobres. Miran que el 95% de ellos no completó sus niveles educativos. Escuchan a presos decir que dejar la escuela o tener un padre alcohólico o irse de mambo con la cocaína de mierda o frecuentar amigos bandos los llevaron a tomar pésimas decisiones e hicieron de pibes luminosos como caballos por la mañana, estos despojos sin alma que habitan nuestras cárceles.
Saben que podrían ser ellos. Saben que muchos quieren que sean ellos o al menos que no salgan de sus barrios, que vivan como si no vivieran. Saben que, aún antes de nacer, han venido padeciendo ya una suerte de condena. Tendrán que demostrar que sos inocentes hasta que se demuestre lo contrario y, después, que son capaces, aunque para serlo los obliguen también a ser sumisos y respetuosos a rajatablas de los órdenes que les hemos establecido. Tendrán, a fin de cuentas, que parecerse a nosotros para sobrevivir. No será fácil, damas y caballeros.
Tienen por delante y contra la corriente un río tumultuoso e indolente que remontar para conseguir, con suerte, levantar la cabeza y vivir sus versiones del amor y lograr el humilde hogar obrero, una olla decentemente surtida e hijos -esos que vendrán de todos modos- marrones y hermosos como ellos y con un poco más de oportunidades que las de ellos. Muchos quedarán en el camino. No será fácil. Nadie dijo que los fuera.
Mientras pensamos cuán parecidos nos resultan los distintos, un chocolate caliente y un alfajor cierran la cita lasherina, en una mañana tan fría como la espalda de un polo. No obstante, no es para tanto. Nada ni nadie nos impedirá concluir en que, luego de este encuentro, el mundo es un sitio más hermoso y justo que un par de horas antes.
Eso es todo y que así sea. O no, quién sabe.
Ulises Naranjo.