También hay inseguridad en Liverpool, en Tokyo, Franckfurt, Sidney o Ferguson. También en estos sitios se cometen muchos delitos y por causas diversas. Cada ciudad, cada pueblo, cada país fabrica su tipo determinado de delincuentes. Además, por lo mismo, cada ciudad, cada pueblo y cada país elige qué tipo de delitos ha de penar con cárcel y cuáles, sencillamente no.
A quiénes metemos presos y a quiénes dejamos en libertad bien puede hablar de qué clase de pueblo somos, cómo nos paramos ante la justicia y la ilusión de justicia.
Que en Mendoza, por ejemplo, casi el 100% de los presos sean pobres y que casi el 100% de los presos no hayan completado sus niveles educativos, habla a las claras acerca de para qué tenemos las prisiones que tenemos, cada vez más apretadas, para la cantidad de gente que estamos encerrando día a día.
Hasta ahora, el hacinamiento de presos pobres y sin educación debida es la respuesta que tenemos como sociedad a la problemática de la pena privativa de la libertad.
De hecho, actualmente, cada año y medio, metemos en las cárceles la suficiente cantidad de gente que justificaría construir un nuevo edificio para alojarlas e intentar (intentar) reintegrarlas. Sin embargo, aumentan los presos, pero no las cárceles y los detenidos salen de esos horribles lugares peor de como entraron, porque esos lugares, simplemente, están cada vez peor.
Aquellos que trabajamos en el sistema penitenciario (es mi caso, además de trabajar en el periodismo) vemos día a día cómo se solaza la paradoja de la justicia, esa que -acertadamente- encierra personas que inflingieron la ley y que al instante deja ya de respetarles sus derechos y sus posibilidades de mejorar para que no vuelvan a cometer macanas.
Otros, no obstante, jamás terminan presos, porque sus orígenes sociales, sus alturas en la pirámide social y sus habilidades documentadas hacen que, por el contrario, aparezcan como exitosos.
Mientras todo y mientras tanto, el sistema de consumo sigue cabalgando a bordo de sus modelos de éxito que la gran mayoría de la gente jamás conseguirá: esa 4x4 0Km, esas vacaciones en Miami, ese culo y esas tetas perfectamente Tinelli, esa dentadura de comercial de mayonesa, ese acceso a universidad privada repleta de lindos y lindas sonrientes y exitosos, esa casa en ese barrio con guardias armados en la puerta, esa vejez saludable y hasta con amor incluido.
En medio de este carnaval, todos -pobres, mediopelos, ricos, riquísimos- queremos sentirnos seguros. Todos, directa o indirectamente, hemos padecido algún episodio de inseguridad (de la penada por ley y de la otra, la que no es penada).
¿Cómo no querer sentirnos seguros, si esa seguridad, justamente, es la plataforma de despegue hacia la armonía comunitaria? Negar esta necesidad colectiva sería necio, cuando no irresponsable e indolente.
Ahora bien, ¿cómo hacemos para conseguir seguridad? Inicialmente, digamos que participando de esa construcción social, que no otra cosa, es la seguridad. ¿Querés estar más seguro? Pues bien, construyamos juntos seguridad y no dejemos un asunto tan serio apenas en manos policíacas y de funcionarios y de sistemas de alarmas con rottweilers incluidos.
¿Querés vivir afuera? El único modo posible es "construir" afuera, impactando con acciones al respecto en nuestro contexto y en nuestros prójimos.
Vamos al caso del celebérrimo David Gilmour, ex cantante y guitarrista de la banda inglesa Pink Floyd. El hombre está a punto de lanzar un nuevo álbum solista y la canción estrella fue grabada junto a Liberty Choir, una agrupación coral de ex presos.
Dice Gilmour en una interesantísima columna publicada ayer, entre otros, por Página 12: "Deben existir personas que creen que los presos sólo merecen castigo. Pero es por el interés de todos que se le deben ofrecer caminos alternativos a aquellos que están tras las rejas -que se los eduque y se les generen nuevas expectativas-, para ayudarlos a escapar de los ciclos autodestructivos que provocan que la gente vuelva una y otra vez a la cárcel".
Y completa el talentoso Gilmour: "Eso es lo que hace a la sociedad un lugar más seguro".
Algo debiera resultarnos claro: es posible coincidir y construir con el otro, ese otro que -siempre y necesaria y saludablemente- es distinto de uno mismo.
Solamente encontrando puntos de encuentro con el diferente se inicia ese camino hacia cierta paz social, que nunca será plena, porque está en nuestra naturaleza la posibilidad de hacernos daños, unos a otros.
Encontrarse con el distinto puede empezar con una concreta apropiación de los espacios públicos, por ejemplo, participando en el reconocimiento cultural de la diversidad como forma constitutiva de los pueblos.
Ahí tenés, para lograrlo, tu unión vecinal, tu partido político, tu iglesia, tu biblioteca y tu plaza públicas, el club del barrio, el bar del barrio, la canchita, la unidad básica, el boulevard, los cerros, el comedor, el Sum de tu edificio, el parque, la sala de teatro, el centro de salud...
No vamos a ganar nada -y vamos a perder mucho- si nuestra respuesta como comunidad es seguir encerrados quejándonos y, a la vez, promoviendo el encirro de miles y miles de pobres brutos en penales que no dan abasto.
Entre un encierro y otro, la vida nos puede pasar de largo y no tiene por qué ser de esa manera nuestro rápido paso por el cuero del mundo.
Ulises Naranjo.