Algún sentido debe tener el arte, pues se mantiene vivo, flotando -aunque a duras penas, flotando- en el océano de estupideces e indolencias que enarbola la raza como testimonio de existencia, tan campante, con el convencimiento y la naturalidad de una tormenta.
Miren ahora: algo de mágico o nutritivo ha de haber en ese actor obrero y sus malabares y ocurrencias con ropa de colores, algo que hace que los condenados saquen del fondo de sus bolsillos una sonrisa, que hace que sus hijos dejen de lado el hecho de que han ido a visitar a sus padres al último infierno que los aloja, que hace que las mujeres -madres y esposas- rían por la única razón que ellas ríen: ver sonreír a sus hijos y a sus hombres, que también son un poco sus hijos.
Nada indica que este instante del invierno en el viejo Pabellón 8 de la cárcel Boulogne Sur Mer deba convertirse en encantador. Todo aquí, si bien lo miramos, llama a la pena para bailar un vals.
Sin embargo, si así son las cosas, que así son, pues, entonces, la respuesta de la vida se torna concentrada, milagrosa y prepotente. Aprender a traducir esos pequeños gestos puede convertirse en todo lo que la sabiduría tenga a bien concedernos como propio.
Está bien, sí, está bien. Cambiemos de tema.
Ya sé que estás harto y que pensás que no hay que defender a los presos, pero antes de que te calentés otra vez, dejame que te diga que trabajo con presos porque tengo miedo.
Es más: te diría, apresurado y torpe, que no le tengo miedo a casi nada y a nadie, pero tengo un enorme temor de que le pase o le vuelva a pasar algo malo a las personas que amo.
Una de las salidas que encontré para enfrentarlo, fue comenzar a fatigar las cárceles desde fines de los '80, cuando era estudiante universitario y andaba con el morral lleno de plumas y versos y resultó que en la cárcel todo era pesado y doloroso, pero inusualmente genuino.
Por ahí, ya sé, vos igual te vas a calentar, porque la mano está pesada y la calle está dura y todo te cuesta un gran esfuerzo y los derechos humanos de los ciudadanos y todo eso y te comprendo. Y seguramente te pasa lo mismo que a mí: te preocupa y ocupa el afán de vivir, dentro de todo, tranquilo, en familia o sin familia. Ahora bien: esto nos lo tenemos que ganar, tiene que ser también el fruto de nuestro esfuerzo, nuestra obra: vos y yo, que tan distinto pensamos, tenemos que trabajar juntos o de lo contrario estamos en el horno, en el que estamos.
Por eso, antes de volver a putear a los presos, dejame que te diga que son nuestros -tuyos y míos-, que nosotros los fabricamos y que si queremos sentirnos seguros, de una u otra manera tenemos que participar, para construir seguridad, dejando, en principio, de esconder la basura bajo la alfombra. De otro modo, las cosas no van a cambiar y una buena manera de empezar a cambiar, como ya te he dicho mil veces, es considerar al diverso como propio. Bueno, ya te lo he dicho mil veces y vos igual te calentás y no te animás a aceptar que, en definitiva, preferís al distinto bien lejos, sea preso, loco, discapacitado, pobre, anciano o artista callejero.
De hecho, has llegado a decir que hay que meter bala porque son todos asesinos y violadores irrecuperables y resulta que -según las estadísticas- nueve de cada diez presos jamás han cometido delitos contra la vida de las personas y nueve de cada diez presos jamás han cometido delitos contra la integridad sexual de las personas. Entonces, ¿qué hacemos, además de hacerles cumplir sus debidas condenas? ¿De qué manera bajamos la inseguridad para poder vivir tranquilos?
Mirá: yo no creo que haya que ser un experto para coincidir en el hecho de que se trata de un problema con muchas causas y que la solución debe ser colectiva. Tampoco creo que permanecer en el tiempo bajo la condición de víctima sea apropiado. En algún momento, deberemos asumir que, como dice un poema, el mundo está hecho para quienes están dispuestos a conquistarlo y que si queremos sentirnos seguros debemos ponernos a construir seguridad, al amparo de la justicia.
De todos modos, no era de esto de lo que te quería hablar, sino de que -como parte de las actividades de Cultura y el Servicio Penitenciario en vacaciones de invierno- el "Circo Panchito" visitó el Pabellón 8 de la cárcel Boulogne Sur Mer. Y el asunto fue una fiesta, bueno, no sé si una fiesta, pero sí un buen momento, bajo el sol del invierno, te decía. No mucho más, pero todo eso.
Nada nos impide establecer que luego de esa función de teatro, todos los que allí estábamos -niños, mujeres y hombres- fuimos un poco mejores, luego del arte, que sana, despeja, pone a pensar y alimenta.
Por ahí no mucho mejores, pero algo mejores, una pizca, un tantito, pero mejores.
Tal vez el equilibrio del mundo dependa de estas breves intervenciones, de estos actos que dejan el mundo mejor que como estaba. O al menos no lo dejan peor. Qué sé yo. Eso, me parece.
Ahora es tu turno: aquí tenés mis maltratadas mejillas, para probar el filo de tus verbos paladines.
Ulises Naranjo (texto y fotos).