Cuando las cacerolas son selectivas

Los reclamos ante los vaivenes en la vida social y económica argentina, no han sido claros cada vez que sonaron. Las cacerolas se han escuchado para reclamar por las retenciones en el campo y por la imposibilidad de retirar depósitos en los bancos, pero no en la dictadura ni en el gobierno de Menem.(Esta nota sale publicada en la edición del domingo del diario "El Nuevo Herald" de Miami.).

En silencio desde la caída del presidente Fernando de la Rúa, las cacerolas volvieron a sonar en Buenos Aires. Esta vez, en señal de protesta por el aumento de las retenciones a las exportaciones agropecuarias. En el 2001 sonaron por la imposiblidad de retirar los depósitos bancarios y sonaron hasta que cayó el gobierno.

Simultáneamente, piqueteros de clase media cortaban el tránsito en rutas del interior provocando el desabastecimiento de las ciudades y la suba de los precios de los pocos artículos que quedaron a la venta. Una exagerada sensibilidad social, estrechamente vinculada al bolsillo. Porque cuando desaparecieron 30 mil argentinos no hubo cacerolazos sino elogios a la dictadura militar.

Porque la droga está matando a miles de adolescentes, el hambre acaba con la vida de los indígenas del Chaco y las fotos de niños desnutridos en Tucumán recorren el mundo como las de Biafra o Etiopía, pero no hay cacerolas que suenen para protestar contra la marginalidad y la miseria.

Mientras el gobierno de Menem remataba a precio vil el patrimonio de los argentinos, no se oían cacerolas sino la famosa frase ''qué barato deme dos'' de quienes disfrutan la artificial paridad uno a uno con el dólar viajando al extranjero y regresando con el equipaje lleno de electrodomésticos y artículos electrónicos.

Todos los países que exportan alimentos se ven frente al hecho de que la gran demanda hizo subir los precios y este aumento se refleja en el mercado interno. El aumento de las exportaciones y los precios han provocado inflación y desabastecimiento y Argentina no es una excepción. Países tan diversos con China, Tailandia o Kazajstán están tomando medidas para desalentar las exportaciones y proteger su mercado interno.

Este no es un problema entre el gobierno y un sector de la economía acostumbrado a imponer su voluntad sino una crisis de Estado, porque afecta a todos los habitantes del país. Un país donde el 30 por ciento de la población se encuentra en la pobreza y el 45 por ciento de los trabajadores están ''en negro'', no figuran en ningún libro, no hacen aportes para su retiro y no tienen cobertura médica.

Con esas condiciones sociales es obviamente peligroso aceptar las imposiciones del agro y hacerle pagar a una mayoría ya muy golpeada el aumento en el precio de algo esencial como los alimentos.

En todo esto influye también la histórica impotencia del estado argentino para recaudar impuestos que no sean cautivos, como el 21 por ciento del impuesto a la venta o los que aplican a la gasolina, que llega ya a un dólar por litro.

El gobierno de la presidenta Cristina Fernández ha manejado la crisis con torpeza, no acertó a plantear claramente la situación a la opinión pública y se enfrentó inútilmente a los medios de comunicación, en su mayoría más preocupados por la distribución de la inútil publicidad oficial que de su tarea de informar y explicar lo que sucede.

Estas medidas debieran implementarse teniendo en cuenta a los pequeños y medianos agricultores y aplicando el impuesto a las ganancias, si hubiera un sistema eficiente de recaudar impuestos.

El Banco Mundial advirtió no hace mucho que las naciones en desarrollo exportadoras de alimentos enfrentarán disturbios por el desabastecimiento y el aumento de precios.

Este supera al gobierno de Cristina y se extiende a toda la sociedad argentina. Las clases medias que golpean cacerolas en apoyo al campo sin saber por qué deberían tener en cuenta el riesgo de tener que pagar mucho más por lo que comen. Y los sectores más poderosos del campo, que nunca tuvieron en cuenta al resto del país, comenzando por sus propios empleados, deben tomar conciencia que acabaron los tiempos en que el Partido Militar daba golpes para proteger sus intereses.

Celedonio Pereda, presidente de la Sociedad Rural, cuando se produjo el golpe militar de 1975, dijo que ''llena de asombro que algunas personas insistan en que los alimentos deben ser baratos''. Si hoy volviera a opinar no sería extraño que afirmara que ``llena de asombro que haya quienes digan que todos los argentinos deben tener acceso a los alimentos''.

En esta crisis es más importante garantizar la alimentación de todos los habitantes del país que los márgenes de ganancia de un sector que ha sido el más privilegiado en la historia del país.