La cruzada del tampón

El dirigente kirchnerista mendocino Carlos Almenara defendió al Gobierno nacional.

Foto: cdn01.ib.infobae.com
Foto: cdn01.ib.infobae.com

El grupo Clarín emprendió la cruzada del tampón. Todos los días, por todos sus medios, machacan con que no hay tampones. Hostigan a los funcionarios haciéndolos responsables de un delito inexcusable: escasez de tampones.

Combinan el “escándalo” con la ironía. Un titular de un medio de ese grupo, aseveraba “El jefe de gabinete habla de tampones”, riéndose del funcionario que abordaba un tema sobre el que ellos habían fogoneado por días completos. Hacen burlas, hablan del “tampón blue”, atacan funcionarios y sobre todo construyen angustia e indignación en la población.

En algún momento será interesante estudiar los efectos de los modos desesperanzadores en que estos medios presentan (inventan) las noticias en la salud pública.

Pero es así, este tipo de discusión pública ocurre en los medios argentinos.

Esta situación bizarra esconde una discusión muy importante, una discusión estructurante de los doscientos años de historia argentina, el debate del modelo de país. Por supuesto no lo encontrarás en los medios de Clarín.

Los proyectos político-económicos que a lo largo del siglo XX intentaron fomentar la industria nacional y el consumo popular se encontraron con la llamada “restricción externa”. Ésta consiste en que faltan divisas al comienzo de un proceso de crecimiento y aumento del consumo. Lo que Marcelo Diamand llamaba la “estructura productiva desequilibrada” de la Argentina hace que al país ingresen dólares principalmente provenientes de exportaciones del sector agrícola ganadero, su posibilidad de crecimiento año a año es limitada. El consumo, en cambio, puede crecer a tasas mayores y como ha ocurrido en estos años multiplicar la venta de autos en el país por diez. Diez veces más autos producidos y vendidos, mucho más trabajo, pero también más importaciones de partes y más dólares necesarios para comprarlas.

Ese ahogo inicial en el proceso industrializador, esa falta que intenta compensarse con sustitución de importaciones, fabricando en Argentina bienes que antes se importaba ha sido estudiada como un caso “típico” del país ya antes de este ciclo.

Las particularidades y complejidades del presente combinan esa restricción estructural con cuestiones de la nueva coyuntura como la necesidad de importaciones de combustible (y los dólares que hacen falta para ella) y los fallos de un juez jorobón de Nueva York (y las restricciones financieras y especulación buitre subsecuente).

Yendo a lo estructural, cómo transitar por el período de carencia de divisas mientras se multiplica la industria, se deja de importar productos manufacturados y se compensa la matriz entre bienes primarios e industrializados ha sido una de las principales cuestiones de la heterodoxia económica argentina.

El gobierno nacional, heredero de esa línea de pensamiento, busca intervenciones de distinto tipo en la balanza comercial y de pagos a fin de sortear el problema.

El empobrecimiento del debate público a que estos medios nos someten, priva al sistema político de una útil discusión acerca de qué tan bien está funcionando un nuevo paradigma de desarrollo industrial. Por ejemplo, Aldo Ferrer, uno de los pensadores máximos de la heterodoxia argentina, propuso en Mendoza hace unos meses, que Argentina tenga su propia fábrica de autos. Sí una fábrica argentina de autos. Es más, si es con Brasil, mejor. Una fábrica argentina conllevaría el desarrollo de autopartistas de piezas que hoy no se producen en el país, ellos podrían proveer al nuevo modelo y además competir con las importaciones de las terminales ya instaladas.

Si tuviéramos una oposición preocupada por el interés nacional, muchas propuestas por estilo podrían debatirse.

Entidades vitivinícolas mendocinas discuten estos días un paquete de medidas sectoriales que mejorarían el precio del vino. Piden acciones gubernamentales que implicarían incrementar el gasto público e intervención en los mercados. Consiguieron todo o buena parte de lo que pedían. Todo esto está muy bien, está bien que el sector se organice y reclame, que proteste. Lo que constituye un contrasentido es el discurso de algunos empresarios que lo hacen “en nombre de la libertad de empresa” o que imputan la situación actual al Estado diciendo que si no interviniera estarían en el mejor de los mundos, pero piden intervención para que destine recursos a ellos. Cuando me va bien, libertad, cuando me va mal que me salven. Siempre con el discurso que la no intervención es lo mejor que nos puede pasar.

La no intervención estatal reserva a Mendoza un destino de periferia de un centro de soja y granos. Mendoza es una economía regional y como tal tiene su destino atado a la industria nacional, al mercado interno y al consumo popular, ninguno de ellos se dinamiza sin un Estado activo e interventor.

Habiendo tanto para controvertir, lamentablemente, las oposiciones eligieron el discurso Clarín. Para ese discurso toda esta discusión es vana, traigamos tampones, no regulemos nada, al fin y al cabo Argentina es el “granero del mundo”, el país de las vacas y la soja y, si no alcanza para todos, tenemos nuestra policía, nuestros soldados que sabrán preservar el orden frente a las mayorías desocupadas y harapientas. ¡Que no me falte mi tampón! podría ser su grito de batalla.