Tremenda desfachatez del tipo, pensé, mira que tener abierto el periódico en el artículo que lo nombra. Si su intención era dejar choqueado a la futura víctima, vaya que lo había logrado, pues yo no podía ni pestañear del miedo.
Afuera todo se oscurecía, el paisaje lucia opaco, siniestro, la ruta estaba más desierta que nunca. Pese al frio, sentía las gotas de transpiración aflorando por los poros de la frente y la nuca, una sequedad en la garganta, me impedía pronunciar una silaba.
Me acuerdo que en esos minutos eternos, en los que el sicópata seguía su interrogatorio, con cosas cada vez mas intimas, sufría imaginando la forma en que perdería mi virginidad. Tantas noches soñando con el momento mágico y allí iba a suceder, pero en reversa. Apreté instintivamente las nalgas y una puntada me recorrió desde el coxis por toda la tripa gorda.
El criminal puso un casete de Héctor Lavoe, el tema que sonó ingresó al instante en mi recuerdoteca y siempre lo he asociado con aquella traumática experiencia. Se llama “El cantante” y la letra es de Rubén Blades.
Comenzó a cantar a viva voz, entonaba lindo el desgraciado. Fue entonces que apoyó una mano en mi rodilla (recién allí caí en cuenta que llevaba guantes negros de cuero) y me sonrió mostrándome sus blancos dientotes, con una ternura propia de la madre Teresa de Calcuta. Pegué tal salto que mi cabeza rebotó en el techo y caí acurrucándome contra la puerta. Íbamos rápido y ni pensar en escaparme, especulé con hacer señas, pero los vidrios eran oscuros.
Un kilometro antes de la curva a Alvear Oeste doblamos por un atajo de tierra que, según me explicó, nos llevaba derechito a la entrada de la E.A. Sopesen mi grado de desesperación, si hasta creo que ya tenia los calzoncillos con regalo.
Cuando rebusco entre las vivencias de mi adolescencia en mi bella General Alvear, no veo momento más escalofriante que el que sufrí esa mañana de invierno.
El camino se iba estrechando, parecía terminar en un muro de álamos y eucaliptos. No se porque la mente se empecina ahora en pintarme el momento como nocturno. Será que los sentimientos tiñen los recuerdos de una forma irreparable. Solo mantengo el sol prendido porque estoy seguro que iba rumbo a las olimpiadas, por lo tanto era de día. Además no deseo darle la razón a mi turbia memoria. De última soy yo el que escribe y no esa maldita hipócrita.
—No era tu momento —dijo mi esposa cuando se lo conté.
—Seguro que te salvo la providencia divina Waltercito —habrá aseverado mi abuela Chola.
Solo sé que el frasco de vaselina no se destapó aquella jornada, pues el destino me reservaba un desvirgue normalito un par de años mas tarde.
Una camioneta Ford F 100 roja, con una línea amarilla (increíblemente me acuerdo hasta de la combinación de colores) me salvó el pellejo. Tres hombres arreglaban un alambrado y me dieron el instante de distracción que necesitaba para abrir la puerta y salir corriendo como un endemoniado por la despareja hijuela.
Creo que la anécdota no se la conté a nadie por aquellos días, quizás porque imaginé que alguien especularía con que no estaba diciendo el verdadero final de la historia, uno mucho mas doloroso. En fin, sin que nada me pasara entré en la dinámica de los golpeados y abusados que rara vez denuncian al sometedor.
Nunca mas vi al pelado caribeño, ni tuve noticias de otras violaciones por el sur provincial. Tiempo después nos cagaríamos de risa con mis amigos alvearenses por lo cerca que estuve de entregar el marrón un frio agosto del 79.
El próximo domingo que les parece un relato de suspenso y terror ambientado en mi querida Jaime Prats, se titula "El libro de los estados de ánimo" y no ha sido publicado en ninguna parte. Inédito, para uds. mis lectores de Media Mza.
Amanecerá y veremos amigos de San Rafael, Alvear y Malargue.
Desde Miami, W.G.G, el quijote verde.
El aventón (final in crescendo)
Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.