César Aira es uno de los escritores más originales del ambiente literario argentino. Sus narraciones inteligentes, creativas, desestructuradas y desprovistas de cualquier convencionalismo pero que manifiestan una delicada estética lingüística, hacen que los lectores aprecien una literatura que fluye sobre una superficie que posee una forma tradicional pero que esconde cierta complejidad interpretativa y fantástica.
Las noches de Flores (Literatura Random House) es una de las decenas de ficciones de Aira que han visto la luz en los últimos años. Publicada inicialmente en 2004, esta pequeña novela está ambientada, tal como esgrime su título, en las noches del barrio de Flores, ese corazón tan porteño, costumbrista y, a la vez, multicultural de Buenos Aires. Aldo y Rosa Peyró son una pareja de jubilados que, perjudicados por la crisis económica pos-2001, salen en horario nocturno a las calles de la barriada como repartidores de pizzas, inmersos en el mundo del delivery dominado por chicos adolescentes motorizados, que expresan una búsqueda de libertad arriba de sus vehículos. En medio, ocurre el brutal secuestro y posterior asesinato de Jonathan, hecho conmovedor ante los ojos de un país que termina sumergiéndose en una especie de lánguido y desesperado lamento sin perder su buena dosis de morbosidad informativa.
En torno a los Peyró se desarrollan una serie de personajes no menos atractivos. Walter, un repartidor carcomido por un oscuro deseo hacia otro joven, Daniel, de quien sospecha que es una mujer; Nardo, un curioso ser sobrenatural que se entromete en las caminatas de la pareja mayor; las monjas de un singular convento que solo aloja a ancianas con un buen pasar económico; Zenón Mamaní Mamaní, el fiscal a cargo de la investigación sobre la muerte de Jonathan; y Ricardo Mamaní González, un escritor boliviano que llega a Buenos Aires y se hospeda en la casa de su amigo funcionario.
Puede que, especialmente en la primera mitad del libro, Las noches de Flores tenga características de novela 'social' y 'costumbrista', pero Aira da vuelta estos conceptos para otorgarles un aspecto más fabulesco, algo oscuro e intrigante que, sin perder la matriz realista y sus planos entrecruzados, destapa de manera gradual las sombras que rodean a la historia, sin impactos demasiado forzados y con cierta naturalidad, que hacen, como sucede en las obras del autor, que el texto sea mucho menos analítico que placentero.
Podrían analizarse varios aspectos de la obra, como la escenificación de Flores en una radiografía de los efectos de la crisis pos-2001, la mediatización de la inseguridad, la liberación de la juventud en forma de experimentación laboral, el debate entre el arte clasista y el vanguardismo, o el final con toques bizarros que dice poco y, a la vez, mucho del sentido del texto. Sin embargo, es mejor llevarse por la corriente de las palabras, no detenerse demasiado tiempo en la literalidad y dejarse arrastrar por el placer de la narración.
Nicolás Munilla