Débora y Petrona, una historia dolida por amor

El Fachinal, basural de El Borbollón, al atardecer: una niña arrastra su pie, mientras suena Portishead. La escena no podría ser más hermosa. La historia no podría ser más cruel.

Foto: Ulises Naranjo.
Foto: Ulises Naranjo.

"Pero el Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta y se quedó en la puerta./ Lo miro con la incomodidad de la cabeza vuelta/ y con la incomodidad del alma que mal entiende./ Él morirá y yo moriré./ Él dejará el letrero, yo dejaré versos./ Un día morirá el letrero también y mis versos también./ Después morirá la calle donde estuvo el letrero,/ y la lengua en que fueron escritos los versos./ Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió./ En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente/ continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros". Fernando Pessoa, “Tabaquería” -fragmento-. 


Uno demora a veces ciertas notas, como un cobarde demora su alzada del escudo y el empuñe de la espada. Uno demora ahora mismo -con imágenes remanidas- ir al hueso del asunto, porque no sabe si tendrá la intensidad suficiente como para contar la historia de Débora y Petrona.

Mientras tanto, pasan los días, las noches y crece la construcción de realidad que hacemos en los medios de comunicación. Vivimos eligiendo -como borregos obedientes que somos- lo que las audiencias deben pensar, desear y condenar y luego resulta que nos quedamos sin verbos para contar una buena historia. El periodismo, de género literario, está virando a género publicitario.

Vamos a nuestra historia.

Débora tiene el piecito torcido. No como al nacer, digamos, no así. Hace algunos años, no muchos, le hicimos una nota y gracias a que la leyó Ricardo Miceli, un empresario santafecino (santafecino no es el natural de Mendoza; el natural de Mendoza es el mendocino, pero el empresario en cuestión es de Santa Fe), se pudo operar a la niña, pues el hombre puso, en aquel momento, unos 40.000 pesos para mejorar el pie de una niña desconocida para él, que vive muy lejos de su Pampa Húmeda.

No una, sino varias veces, la niña fue intervenida y, de ahí en más, pudo empezar a usar dos zapatillas, en lugar de trapos envueltos en su pie y así fue a la escuela y jugó al básquet y a la mancha, mientras Petrona, su mamá, seguía buscando en la basura tuya y mía aquello que pudiera darles subsistencia.

El tiempo ha pasado y el pie de Débora está, claramente, mejor, pero le duele y, por históricas cuestiones de uso, se le tuerce hacia adentro. Y le duele. Le duele, por ejemplo, cuando camina un par de kilómetros entre coloridas sendas de desechos, hasta la escuela, acompañada por su madre, que se ha hecho una costra para evitar los dolores de la vida, pero, bueno, no es una costra en el cuore, ya saben, como un escudo y el dolor de una de sus hijas también a ella le duele, a pesar de todo.

La niña necesita una operación. 

Este es el mayor problema por estos días. Gracias a venturas saludables como la Asignación Universal por Hijo y medidas por el estilo, bien podemos decir que -aunque no quieras leerlo- la familia sigue con sus ancestral ocupación en El Borbollón, pero no pasan hambre ni carecen de acceso al sistema sanitario ni al educativo. Sin embargo, esta operación -semejante a aquella que financiera ese ángel llamado Ricardo Miceli- es otra cosa, mariposa.

Deberíamos operar a Débora, esta es la cuestión, amigos.

- Ella llora mucho cuando va caminando a la escuela. Y el micro la descompone. Antes, tenía el pie derechito, pero ahora se le está torciendo de vuelta..., suelta Petrona.

Empecemos de nuevo.

Estamos en El Fachinal, a metros del basural de El Borbollón. Todo aquello -hasta los símbolos- que vos desechás, viene a parar a este lugar, en el que una muchedumbre ensimismada busca y encuentra. Cualquier arqueólogo sin olfato, podría definir cómo somos, siguiendo el mero ejercicio de revisar nuestra basura, porque nosotros -todos nosotros- somos nuestra basura.

Miren: cuánto color para nada, cuánto envase sin contenido, cuánto recurso derrochado, cuánta estupidez que nos constituye. Petrona y sus hijos dejan a un lado la carretela: buscan cartón, vidrio, plástico, algo de hierro, papel, esas cosas...

La mujer insiste, vuelve sobre lo mismo:

- ¿Sabe qué pasa? El piecito tiene la memoria de estar torcido; entonces se le vuelve a torcer.

Hasta hace un tiempo atrás, Petrona vivía con su docena de hijos en una casa de material del barrio Santo Tomás de Aquino, pero decidió irse y dejar allí a los cuatro más grande con las familias que van formando. Le prestaron un rancho que se viene abajo, decorado por desechos, y, bueno, allí se fue. 

Ha pasado de todo en la vida de esta mujer y contaremos uno solo de sus múltiples y desgraciados eventos: se fue a San Juan con su última pareja y volvió al descubrir que el hombre abusaba de una de sus pequeñas hijas, que terminó con gestando un varoncito. Así todos, como Petrona y como han podido, han ido aprendiendo a sobrevivir con lo que a vos te sobra. 

Petrona cambia de tema, vuelve sobre lo mismo: Débora y su piecito maltratado.

- Debería hacer más los ejercicios, pero se acalambra. Ella me ha dicho que si la pueden operar, se va a operar, pero si le dicen que ya no le va a doler más. Si no, que no la operen... ¿Se acuerda cómo hicimos la otra vez? ¿La van a ayudar así?

- No sé, Petrona...


Mientras Débora sigue coqueteando con el dolor en su pie, mientras sigue caminando un par de kilómetros para llegar a la escuela y Petrona, su mamá, sigue sacando de la basura lo que puede para poder seguir, el mundo sigue su curso: allá al fondo se observa estupenda la montaña aún nevada, sus cerros voluptuosos, la ciudad al pie y acá, en primer planto, el aeropuerto, del que despegan imposibles naves hacia lugares aún más imposibles.

Por estas cosas es que la crónica se demoraba: por los feroces contrastes. Fueron pasando los días desde que nos encontramos, tal vez, aguardando algún tipo de iluminación celeste que no llegaba y, a esta altura, ya no llegará. Que salga lo que salga. 

Que Débora sea operada o no, ya no es cuestión de un montón de palabras más o menos afortunadas, sino -en el mejor de lo casos- del milagro de la lectura, de esas conexiones que vinculan sistemas nerviosos con capacidades decisorias. Eso que hizo que un empresario de Santa Fe destinara parte de su dinero a una niña marrón, perdida desde el cielo en la manta multicolor de El Fachinal y sus encantamientos. ¿Habrá mendocinos así? 

- ¿Por qué no, de paso, pedimos algunas cosas que puedan hacerle falta a los chicos, Petrona?

- Y... unos colchones por ahí, para los niños chicos. Ahora además, vive con nosotros la Maribel y su pareja y dos nietitos que tengo...

- ¿Y algunos muebles y nailon?

- La última vez que llovió nos mojamos enteros, nos quedamos todos paraditos en un rincón donde no caía agua. Esa pared de ahí se viene abajo. Si pudiera conseguir un módulo municipal... No sé...

Uno mira los movimientos de la vida: un abuelo abandonado bajo un árbol, una carretela con un caballo miserable y dos muchachos que casi no fueron niños, moscas, moscas y moscas como la puta madre, chocos rateros y niños hermosos: uno busca entretenerse descifrando envases de propagandas de multinacionales que cuidan el medio ambiente; otro camina con el pañal envejecido; alguno duerme, este otro abraza a su madre.

Nos vamos a la escuela de Débora, la Casimiro Recuero, de El Borbollón. Subo a Petrona a mi estupendo auto que aún conserva la caricia del aire acondicionado. Arranco y, sin avisar, empieza a sonar una canción de Portishead, desubicada, sí, como chupete en el poto. Apago el aparato y nos vamos hasta la escuela, a sacarle fotos a la niña, del modo más rápido posible, de modo de -al menos- poner rostro a esta historia

- ¿Querés algo Débora?

-Unas zapatillas 34 o 35 y juguetes para mis hermanitos...

Débora podría haber pedido dos bicicletas para ir con su madre a la escuela, pero no, ya ven: el imperio de lo instantáneo no la hizo ir más allá de sus piecitos. Dejamos que vuelva al aula, en esa maravilla, como una mano abierta, que es la escuela pública argentina.

Volvemos a los labios del basural, al rancho malherido. Dejamos a Petrona en su patio de basura y, previo abrazo, previos besos, nos vamos de allí. 

Es hora de rajar, camino a la Ciudad Maravillosa y poner a andar otra vez el disco de Portishead y dejar que, otra vez, Beth Gibbons nos enamore cantando como si callara, de modo de olvidar lo más rápido posible a Débora, Petrona, la basura, los chocos y los niños y todos los amores dolidos sobre el cuero impiadoso de la tierra.


Después de todo, más temprano que tarde ellos serán devorados por el olvido. Nunca jamás habrán existido; nadie los recordará y las pocas huellas que dejarán serán cubiertas por nuestras basuras. A nosotros nos pasará lo mismo: enterrados en desechos o en un estupendo Parque de Descanso montado en el 3% cultivable de Mendoza, nos pudriremos de igual modo que Petrona o su padre, abandonado ahora bajo un árbol, hasta que su latido decida correrle el banquito o la silla, ante la ferocidad de los días.

Qué buena banda, Portishead, para escuchar descalzo y a medio metro del piso. “Dummy”, por ejemplo, podría ser la banda sonora de un road movie en cámara lenta en las colinas multicolores de "El Fachinal" mendocino. No faltaría una historia de amor, una chica con cabellos al viento y un chico con barba de tres días, un crimen, una persecución, un perro tironeando una costilla, una rata hociqueando en primer plano y una niña solitaria, arrastrando un pie al atardecer, con aves de rapiña y una bolsa de Súper Vea haciendo remolinos o quizás danzando con un pájaro, mientras un avión -repentino- despega como un pez volador o un clavadista al revés. 

Disfrutemos, sigamos disfrutando. Ya habrá, luego, más adelante, ocasión de juntar valor y abrir la computadora para escribir esta historia y ver si conseguimos algo para ayudar a esa familia... 

Ulises Naranjo. 

PD: Quienes deseen ayudar a esta familia, pueden comunicarse con la trabajadora social Luciana Pescarmona al número telefónico 2613005933.