Alta Performance y Calidad de Vida: acortar la brecha

Cuánto mejores seríamos si compartiéramos más, si nos conociéramos más a través de los otros.

 Cuando era chico tenía el hábito de abrir todos los cajones de mi casa, y recuerdo que me sentía muy bien en ese acto de hurguetear en ellos. Quería de alguna forma saber un poco más quiénes eran los miembros de mi familia, incluso sentía gran satisfacción cuando podía ubicar algo que no encontraban. 

Sebastián Arizu

No solía recibir reproches por eso y, por el contrario, era bien reconocido por saber dónde estaban todas las cosas.

A medida que crecía, fui tratando de “meterme en las cabezas” de los demás, para saber con exactitud qué sentían o pensaban. 

Curiosamente, no preguntaba: pretendía volverme útil para esas personas, adaptándome para ser lo que querían. Postergaba el placer y el proyecto propio en pos de cualquier otro que me resultaba más atractivo. Más tarde noté que esto no sólo me significaba un derroche de energía, sino que además muchas veces no tenía éxito.

Hoy enseño a las personas a vivir mejor y esto me resulta muy placentero; me gusta pensar en el proceso de conocimiento del otro de una forma mucho más fluida, como un aprendizaje de “horas/ ojo”, una acumulación de experiencia, un lago que se llena con el caudal del río.

En la interacción las personas nos estimulan, a veces sin intención, a codificar un lenguaje gestual y de palabras. En ese proceso, lo más apremiante resulta mi propia construcción, esa pretensión de que las cosas no me pasen por el costado y de trabajar para crear en mí condiciones de fertilidad en las que algo grande resulte de aquellos estímulos. Así, mi interioridad se vuelve mucho más frondosa.

Procuro dirigir mis esfuerzos para dar a las personas menos de lo que quieren y más de lo que necesitan. Y acá me detengo: no es que yo sepa mejor lo que puedan precisar, pero tengo la impresión de que a todos nos hace falta conocernos más para chocarnos menos contra lo necesario, con eso que debimos saber de nosotros antes. 

Cuánto mejores seríamos si compartiéramos más, si nos conociéramos más a través de los otros. Las palabras que pronunciamos, reorganizadas por otra persona, pueden tener un nuevo y renovado significado para nosotros. Es curioso y fascinante que nuestras propias palabras puedan así tener sentido para alguien más. Pretendo que la mayor parte de las mías sean como columnas, ciertas, contundentes, edificantes, con una marcada intencionalidad. Que sean puentes, que acorten distancias.

(*)  Sebastián Arizu, Emprendedor del Método DeRose Mendoza.