El funcionario que se perdió un viajecito a tierras de más sol

Me recomendaron que hiciera boxeo. A mí, que nunca me gustó ver que dos tipos se dieran piñas y que, de hecho, apenas si recuerdo haber participado en alguna riña, y por lo general como mediador. Pero fui a un gimnasio y me encontré con el Petiso, que le estaba dando duro a la bolsa para no pegarles todas esas piñas a sus jefes, que se fueron y lo dejaron laburando.

Llega un momento en la vida en el que te convencen de que tanto tabaco, alcohol y otros excesos durante los más de ocho lustros que uno se carga pueden serte contraproducentes, especialmente si uno tiene amigos o compañeros de trabajo metrosexuales que comen sano, salen a correr, suben cerros y demás actividades físicas que los mantienen en forma. Así que nunca falta el que te recomienda alguna actividad deportiva tranqui pero que te puede ayudar a ampliar tu perspectiva de vida.

Así es como llegaron hasta mí sugerencias varias, como que hiciera natación, que me uniera a algún grupo de caminatas saludables, que me averiguara de equipos de fútbol de adultos y otras muy extrañas que ni siquiera puedo recordar. Pero la más loca de todas fue que empezara a hacer boxeo.

Boxeo me recomendaron a mí, que nunca me gustó ver que dos tipos se dieran piñas y que, de hecho, apenas si recuerdo haber participado en alguna riña, y por lo general como mediador.

Pero la cosa es que quien me lo recomendó me hizo semejante propaganda de las bondades del box, de la actividad física que implicaba, que casi me convence. Pero cuando me dijo que no era necesario subirse al ring, sino que la cosa estaba en el ejercicio y que a lo sumo le tirabas piñas a un puchimbol o a una bolsa de arena, definitivamente decidí pasar por un gimnasio de box y averiguar cuánto me costaba por mes ir a quemar un poco de grasas y exhalar algo de nicotina.

Pasé a la oficina del encargado, quien me hizo sentar y me dio una lista de costos por cantidad de días a la semana que quisiera ir a entrenar y me ofreció un detalle de las instalaciones y las comodidades del lugar.

Todo muy bonito, pero la verdad es que cuando estuve ahí no me convenció. Así que, prometiendo pensarlo, para no defraudar al encargado, que tan bien me había atendido, le di la mano y empecé a retirarme despacito. Y resulta que cuando iba pasando junto a una bolsa de arena, lo vi al Petiso.

Ahí estaba él. Pantaloncito corto rojo, unas zapatillas blancas que me recordaron a las viejas Flecha, una remera sin mangas amarilla, húmeda de sudor y pegada al torso, y unos guantes celestes absolutamente desproporcionados para su tamaño que le incrementaban el volumen de sus manos al triple, al cuádruple tal vez.

¡Petiso! Le dije cuando llegué a su lado. Pero el Petiso no me escuchó y siguió tirándole piñas a la bolsa. ¡Petiso!, le repetí, y esta vez sí me oyó. Interrumpió una piña que iba al centro de la bolsa y volvió la mirada hacia mí, pero juraría que pasaron varios segundos hasta que me reconoció, pues su mirada se quedó fija en mí, enrojecida como si la ira lo estuviera invadiendo. ¿Qué hacés acá?, le pregunté. ¿Qué hacés vos acá?, me retrucó, y su mirada volvió a lo que a mí me parecía que era la normalidad.

Le conté que había ido a averiguar los costos porque casi me habían convencido de practicar boxeo, y volví a la carga preguntándole qué hacía él allí, ya que nunca me lo hubiera imaginado haciendo box.

Vengo a mantenerme un poco en estado y para sacarme algunas broncas de encima, me explicó, y por la forma y el tono con que dijo la última parte, estimé que la pregunta que se caía de madura era si esta vez estaba sacándose broncas. Así que se la hice.

En un movimiento que nunca le hubiera imaginado viéndolo siempre vestido de saco y corbata, giró la cabeza, miró la bolsa y le tiró una derecha a la altura de donde hubiera estado el estómago de un posible retador. Sí, me dijo mientras el guante derecho impactaba contra la bolsa. Es una buena terapia imaginar que esta piña va dirigida a…

No piensen que voy a revelar el nombre del funcionario que pronunció en ese momento, y me pareció normal que alguien tuviera broncas con su jefe y hasta saludable que no se descargara directamente contra la cara del mentado jefe, sino contra una bolsa.

¿Tan mal viene la cosa?, le pregunté, y comencé a arrepentirme apenas lo hice, porque me respondió con otra pregunta. ¿Cuántos años hace que estoy ahí?, me retrucó, y yo hice un cálculo rápido y respondí que más de cuatro, entonces fue cuando comenzó a sacarse.
Más de cuatro, repitió mientras con la derecha le daba en el centro a la bolsa. Más de cuatro, repitió cuando tiró otro golpe con la izquierda. Más de cuatro putos años, se quejó mientras la siguiente derecha estaba en el aire. ¿Y a vos te parece que me cuelguen así?, preguntó para nadie, o sí, tal vez le preguntaba a su jefe, representado por esa bolsa que recibió de inmediato tres golpes más.

Los muy &@€*{[]}€|@## (sí, hasta a mí me da vergüenza reproducir los insultos que iba disparando el Petiso) me dijeron que iba, que preparara las maletas, pero me dejaron colgado (dos derechas consecutivas a la bolsa). Se tomaron al avioncito a Brasil y se fueron dejándome con las valijas hechas (una izquierda y una derecha, la cara un poco más enrojecida). Los señores se las tomaron (izquierda) y que el boludo se quede laburando (derecha), si total, hace apenas cuatro años que trabajo ahí (izquierda), mucho no he hecho por la Secretaría (derecha-izquierda, gotas de saliva escapándosele con cada palabra). Y encima la mierda esa de cumbre duraba dos días (izquierda), y los señores se quedaron una semana (derecha) pagada por el Estado (izquierda), y yo como un pelotudo acá (derecha) con las maletas armadas (izquierda-derecha-izquierda-derecha-izquierda). Por qué no se van un ratito a la &@€*{[]}€|@##...
Viendo que el Petiso no iba a salir de su furia en lo inmediato y temiendo que en cualquier momento me confundiera con el secretario o con el subsecretario y me cagara a piñas, ni siquiera me despedí y me retiré lentamente, escuchando cómo, a medida que me alejaba, su voz se iba intensificando y los insultos contra los jefecitos que no lo dejaron subir al avión que iba a Brasil se tornaban cada vez más incomprensibles.

En la vereda, el sol me dio en la cara, y me acordé de esas tardes maravillosas que pasé en Río de Janeiro hace unos años.

Alejandro Frias