Ahí estábamos en el café desde hacía un rato, como cuarenta minutos ya, cuando apareció el Trocho. Nos vio a través del vidrio y se vino al humo. Más vale, si venía caliente, calentísimo, así que necesitaba de nosotros para que le prestáramos oídos y hacer catarsis, porque le habían clavado una multa de tránsito, pero de esas multas que cualquiera categorizaría como de boluda, porque había estado esperando a la más chiquita en la puerta de la escuela, dejó el auto en doble fila y se bajó para esperarla en la vereda, ahí se puso a hablar con otros padres y ni se dio cuenta de que mientras él le daba a la charla había un agente municipal clavándole un parte por estar mal estacionado, así que cuando por fin la petisa salió de clases, el Trocho descubrió que tenía la boletita contra el cristal sostenida por el limpiaparabrisas.
Jodete por gil, le dijo el Colorado, si estabas mal estacionado, estabas mal estacionado, no hay nada que hacerle. ¡Pero todos los días me paro dos minutos ahí para buscar a mi hija!, intentó justificarse el Trocho, y le saltó el Huevo diciéndole que estaba bien que lo hubieran multado, porque él ya tenía las bolas llenas con eso de que al mediodía no se puede pasar por una calle en la que haya una escuela, porque los padres se estacionan en doble y hasta en triple fila. Y el Colorado apoyó la postura del Huevo, y yo también, y el Frito también se prendió a la posición general, así que al Trocho no le quedó más que aceptar que se la había mandado y que hasta estaba bien que le hubieran hecho la multa, claro que con atenuantes, porque sacó en su defensa que no hay en la zona lugares para estacionar, y ese fue el argumento que utilizó para hacer el descargo en Tránsito.
¿Encima hiciste un descargo?, lo increpó el Frito, que ahora se hacía el inocente, pero bien sabemos que se la pasa cometiendo infracciones y que podría empapelar el estadio con la cantidad de boletas que le han hecho. ¡Claro!, le contestó el Trocho, si me bajan diez mangos está bien, diez mangos son diez mangos.
Sos un ratón, le tiró el Colorado, entonces el Huevo me miró y me dijo che, vos que hiciste la nota sobre la planta de tratamiento de residuos patogénicos, ¿no te dijeron nada de las multas que les hacen en Capital? ¿De qué?, le pregunté. Multas, multas de tránsito a los camiones que ellos usan para recolectar los residuos en la ciudad, me aclaró. Pero cómo, dijo el Colorado llevándose el vasito con soda a la boca, ¿no son camiones identificados?
Yo los vi, están identificados y tienen los logos de residuos peligrosos y todos los chiches, dije. Pero es así, empezó a aclarar el Huevo, resulta que los tipos se bajan a buscar los residuos y cuando vuelven tienen la boletita en el parabrisas; ya les han clavado como cinco multas. Dejate de joder, dejó caer el Trocho, supongo que sintiéndose acompañado en su pesar por la multa que tenía que pagar.
Pero eso es como hacerle una multa a los camiones recolectores de basura, observó el Frito. Más vale, sostuvo el Huevo, ¿cómo van a hacer los tipos para levantar los residuos? Imaginate que no pueden andar con las cajitas llenas de patogénicos por la calle.
Bueno, pero tampoco creo que se tarden tanto en ir a buscar una cajita, medió el Colorado, que no le gusta mucho cuando critican a la gestión capitalina. No, le aclaró el Huevo, pero a veces un consultorio está en un octavo piso, ponele, así que los tipos se demoran mínimo cinco minutos en ir y venir.
Che, y si se adelanta uno y va juntando todas las cajitas en la esquina, como hacen los recolectores, propuso el Frito con una sonrisita. Ya lo veo, con los perros al lado tratando de afanarse un pedazo de pierna o un algodón con sangre, agregó el Colorado. Imaginate que vas caminando y de pronto tenés un ojo mirándote desde una caja, se deschavó el Colorado, a quien le encanta el morbo.
No es tan así, salió a explicar el Huevo, que había leído la nota, y se largó a detallar lo de las cajas con código de colores y lo de las bolsas que se usan y demás, pero a los dos minutos apareció el Tito, que recién salía de laburar, y el tema viró a cosas menos sanguinolentas.
Alejandro Frias