Una historia de mierda en la Terminal

Viernes de tormenta en Mendoza. Puede ser que todo haya sido un exceso de creatividad de mi parte, pero siento en lo más profundo que no fue así.

Foto: Alf Ponce / MDZ
Foto: Alf Ponce / MDZ

¿Cómo contar la mierda que tengo para contar? ¿Cómo reflejar la porquería que pretendo reflejar? ¿Cómo explicar que tal vez, en este momento, una mujer, la hija de alguien, la hermana de alguien, la amiga de alguien, la nieta de alguien, puede estar siendo sometida sexualmente y que yo pude evitarlo?

Viernes, chaparrón en Mendoza. Mucha agua corriendo por las calles, mucha gente protegiéndose bajo cualquier estructura que se parezca a un techo. Túnel de la Terminal de Ómnibus. Me dirijo hacia el diario, camino sin prisa, nadie me apura. Asumo que soy bastante despistado en la calle, pero, entre otras cosas, porque voy mirando a la gente. Me encanta mirar a la gente, cómo actúa, sus gestos, cómo pide un paquete de cigarrillos en el quiosco, cómo se besa, cómo bromea con el que tiene al lado, cómo baila al caminar o no.

Y caminar es también llevar los oídos abiertos. Uno escucha, sin querer, conversaciones ajenas que también nos dicen mucho de la gente. “Si llegaste a los cincuenta y no te duele nada, entonces estás muerto”, escuché al pasar junto a una mesa en un café en el centro hace poco.

Pero lo que escuché el viernes me llamó mucho más la atención.

“Y ni se te ocurra ponerte a hablar con nadie, vos vas adonde te dicen y ni hablás”, escuché que decía justo a mi lado, al salir de la boca del túnel que va a la Terminal, una voz masculina. Por supuesto, esa frase me llamó la atención, y al dirigir la mirada hacia el lugar del cual venía la frase me encontré con un cuadro que desde el primer momento asocié con una situación concreta.

Él, un joven, remera celeste clara y pantalones de jean, pelo corto, cara muy seria, tomando de la mano a una mujer muy joven. Ella, morocha, alta, pelo largo enrulado, pálida, una lividez contrastando con esos labios pintados de rojo, vestida de negro, unas sandalias rosadas o rojo desteñido y una mochila negra y roja llena de cosas, sostenida de la mano por el hombre.

La frase y las manos me llamaron la atención. La frase, porque era contundente. Las manos, porque mientras que él apretaba, ella mantenía los dedos levemente estirados, claramente sujeta, no asida voluntariamente.

Todos estos detalles los pude distinguir, como se entenderá, en más de una mirada. Y es que al escuchar esa frase y ver la escena, lo primero que se me vino a la cabeza fue un caso de trata, por lo que decidí de inmediato seguir prestando atención a la conversación y seguir a la pareja lo más que pudiera.

La situación era tan clara a mis ojos, que la frase que escuche luego no hizo más que certificar mi presentimiento. “Porque, si no, te mando a la policía, y en esa estás sola”, le dijo él.

¡Mierda!

Pude ver de nuevo a la chica a la cara. Estaba asustada. Terriblemente asustada. Al desviar un poco la mirada, vi que el hombre (de unos 30 años) clavaba los ojos en mí. ¡La puta madre! Ya estaba seguro de que no era una simple especulación. Algo estaba pasando ahí, entre las cientos de personas que estaban en la Terminal esperando que llegara o partiera un colectivo o protegiéndose de la lluvia. Algo estaba pasando y, la putísima madre, sentí miedo.

Para entonces ya la pareja estaba ingresando al pasillo del ala oeste de la Terminal. Avancé un poco más me detuve hasta confirmar que seguirían caminando en dirección al sur, y entonces di media vuelta y comencé a buscar a algún policía.

Cuando por fin vi a una mujer con uniforme, le pregunté si estaba de servicio, me respondió que no, y al saber por qué le consultaba eso, me indicó cómo llegar a la seccional policial que está en la mismísima Terminal.

¡Mierda, mierda, mierda! La seccional está en el extremo sur del ala oeste. Es decir, si yo hubiese seguido caminando en el mismo sentido en que lo hicieron el hombre y la joven mujer con cara asustada, hubiera llegado a la seccional.

Recorrí el pasillo del ala oeste de la Terminal prestando atención para ver si volvía a verlos. No los identifiqué entre la multitud, por eso, cuando llegué a la seccional supongo que mi voz se notó algo desesperada, porque apenas expliqué lo que había visto, uno de los policías que estaban allí se puso el chaleco antibalas y salió a recorrer los pasillos.

Desde las plataformas del ala oeste de la Terminal salen micros a cada minuto. Son colectivos de corta o media distancia pero con buena frecuencia, por lo que el hombre y la joven pudieron haber subido a cualquier micro y desaparecer. O (y esto lo pensé después) atravesar todo el pasillo, pasar por delante de la seccional policial, cruzar por debajo el puente, salir de la Terminal y perderse en Dorrego.

Caminé a unos metros del policía, fijándome en todas las mochilas rojas y negras, en todas las cabelleras negras, en todas las mujeres jóvenes.

No aparecieron. No volví a saber más nada de ellos. Todo pudo haber sido un exceso de mi parte y tal vez se trató de una pareja discutiendo. Pero no, estoy convencido, porque vi los ojos de ambos, las expresiones de ambos, las manos de ambos y esa mochila cargada de vaya a saber qué sueños que a una joven le prometieron que le cumplirían si venía a Mendoza.

Tal vez, como lector acostumbrado a algunas ficciones que publico a veces, puedas estar pensando que todo esto es una creación, una ficción con pretensiones pedagógicas. No, no lo es, mierda, no lo es. Lo viví el viernes. Y aunque me sería muy sencillo concluir que todo pudo haber sido un exceso de creatividad de mi parte, sé, siento en lo más profundo que no fue así. Y me duele pensar que en este momento pueda haber un tipo con problemas de autoestima, un prepotente fálico, un estúpido machista, pagando para darles forma a sus perversiones en la blanca, pálida, lívida piel de esa mujer.

Alejandro Frias