Nada más bello en el universo mundo que la incondicionalidad del amor. Y jamás tan incondicional el amor como cuando baja de una madre, de un padre, a su hija, a su hijo. Ningún gesto más trascendente que la renuncia a la inmortalidad que esconde la decisión de convertirnos en padres.
Por eso, por lo mismo, ningún dolor semejante al dolor de comprobar cómo se duelen los que amamos y también a veces cómo parten.
¿Qué no daría uno por ponerse en ese lugar, ser incluso el receptor de la suma de todos los dolores, a cambio de que aquellos que nos continúan, de sangre a sangre, no se duelan? ¿Y qué decir, entonces, cuando esos que amamos parten, nos abandonan, mueren como debería morir todo aquello que signifique vida? Si queremos saber qué significa la invicta desolación, la completa soledad, la perfecta desnudez, el nido eterno del desamparo, hablemos con aquellos que han perdido hijos y sabremos cómo se conjuga la angustia hasta el último instante en que late la vida como herida de la vida.
Te amo, María Elisa
Antes de que nos traigan el café, Tesi Farmache suelta dos lágrimas. Su hija, la dulce, la bella María Elisa Norton, murió hace pocos día, el 14 de junio: un tumor cerebral se la llevó y fue noticia, porque, poco antes de su deceso, ya con su enfermedad muy avanzada, había rendido su última materia de la carrera de Medicina, en la UNCuyo y los muy cabrones de los examinadores la bocharon por 30 centésimos.
Ahora, estamos en un café: Tesi, Carlos –su pareja desde hace 22 años–, este que escribe y un puñado de fotos de María Elisa sobre la mesa, en las que sonríe, bella hasta lo perturbador.
Nos conocemos desde mediados de los ochenta. Estudiábamos Letras y, en el buffet, discutíamos sobre Quevedo, Aristófanes, Borges, Verlaine, Basho y tipos por el estilo y a veces una niña, sentada en un costado, se aburría escuchándonos. Sí, es así: algunas veces, Tesi iba con la niña María Elisa a la facultad.
Por entonces, todos nos prometíamos y probábamos que viviríamos por siempre. Ahora, con el café ya en la mesa, intentamos encontrar una explicación, pero nos revolvemos en mil recuerdos. Mejor, vamos a ellos.
María Elisa es una niña: a los ocho, ya escribe historietas y las ilustra. Estudia piano y guitarra y ama a los animales. Es hermosa: sus ojos son como dos planetas, dos pozos de luz sin fin; sus ojos son dos naves que ya jamás te devolverán a casa.
María Elisa crece: sigue guapa e inteligente, pero ahora también es desafiante, ciertamente segura de sí misma. Digamos ya mismo que el mundo no se conocerá jamás un lemon pie como el que hacía la muchacha.
Por las noches, apagaba un cigarrillo y, en el centro de la pista, tocaba el cielo bailando un tango orillero.
O mejor: hundida en una butaca, se dejaba ir a bordo de uno de sus máximos amores: el cine. Ya saben, algo de Woody Allen o Almodóvar, alguna de esas íntimas películas bellas, como “Historias mínimas”. Como toda persona que se precie de amar el cine, iba sola María Elisa. Y a la sala adecuada: el Cine Universidad.
Mírenla ahora con amigos, bella y relajada, tomando un trago y escuchando “su” Andrés Calamaro, mientras acaricia a su gato, que Andrés se llama, por supuesto.
¿Cómo no amar a María Elisa Norton?
Uno repasa sus fotos y quiera sacarla, milagro mediante, de los dictados del papel.
Quiere uno sentarla en esta mesa y reír un rato, nada más, como si, en verdad, nada hubiese pasado.
La honra de la vida
- ¿Cómo andás, Tesi?
- No sé. ¿Cuál es tu idea de la nota?
- No sé cuál es. ¿Qué esperás vos?
- No espero nada.
- …
- Mirá: María Elisa era bella. No está bien que lo diga, si yo soy su mamá, pero era bella por naturaleza. No sólo físicamente bella, hablo de su interior: era agradable, simpática, extrovertida y, a la vez, dulce, suave, femenina… Era una amalgama de contrastes.
- ¿Cómo es posible que se portaran tan mal los cabrones esos de la Facultad de Medicina?
- Fue un enorme ejercicio de crueldad, amparado en las formalidades institucionales. Cerraron un círculo perfecto de crueldad, porque hasta condolencias me enviaron. Yo digo, cuando vos tenés una alumna con un tumor cerebral, debés saber –si se trata de la Facultad de Medicina– que se trata de algo grave. A María Elisa la reprobaron por 30 centésimos y lo peor es que no quisieron darle una mesa extraordinaria que pidió.
- Son unos grandísimos forros…
- Ella fue a rendir con drogas de quimioterapia encima, una examen muy exigente, con estaciones. En cada estación, un actor hacía de paciente y el alumno tiene un breve tiempo para diagnosticarlos y de ahí, suena una campana, y tiene que salir corriendo a otra estación. Ella no podía agitarse mucho: llegó a ese examen con problemas motrices en el costado izquierdo de su cuerpo, habiendo pasado por siete operaciones de rehabilitación, quimioterapias, rayos… Y jamás, jamás, pidió ventajas ni prebendas. Quería una mesa extraordinaria, después de desaprobar ese exigente examen, incluso desde lo físico para ella, por apenas 30 centésimos.
- Hay gente que oculta su insignificancia y sus propias frustraciones en los pliegos de las leyes, en la rigidez de las normas…
- Vos lo sabés: yo he sido docente: adscribo a la exigencia y la excelencia, pero si no van de la mano con la humanidad, no sirven para nada. La medicina no es la ciencia de curar, sino el arte de curar. La vinculación tiene que ser emocional, hasta física te diría, del médico con el paciente; ahí es cuando aparece el arte de curar. No hay otra manera de curar
- Y tampoco de enseñar a curar.
- He presentado a la facultad un pedido de informes sobre el desenvolvimiento del examen final de María Elisa y la razón por la que se le negó la mesa extraordinaria. Estoy esperando que me lo contesten, quiero saber estas cosas. Espero saberlas, pero, en realidad, no espero nada. Esto es irreparable.
- Y esa gente sigue viviendo como vive, como si nada…
- Es gente carente de grandeza. Eso es lo que pasa. Demoraron un mes para decir a María Elisa que no le daban una mesa extraordinaria. ¿Sabés lo que era un mes para ella? Y le contestaron de manera fría. Hablamos de una alumna que aprobó todas las materias de la carrera, que hizo un año de Práctica Final Obligatoria, que completó y aprobó todos los cursos obligatorios, que llegó al examen final aprobando el escrito y desaprobando, por 30 centésimos, el oral… Una alumna que jamás sacó ventaja por el hecho de tener un tumor en la cabeza.
- ¿Cuál es tu conclusión, Tesi?
- ¿Sabés cuál es mi conclusión? Mi hija honró la vida y su honra le quedó grande a la gente de la Facultad de Medicina.
Epílogo
Nunca se dieron por vencidos. Todo el tiempo creyeron que María Elisa se recuperaría: no era posible creer que un ser tan dulce y luminoso pudiera abandonarlos. Sin embargo, aquí estamos, con Tesi y con Carlos y las fotos de María Elisa sobre la mesa.
Qué difícil es mirar a los ojos a este ser que azora y abre heridas con cuchillos de miel en pleno pecho. Qué ganas de torcer el tiempo, de volver atrás o de saltar hacia delante y rescatarla, como si acaso el pasado existiera o el futuro no fuera más que una silla vacía.
En verdad, estamos tan rodeados de vida como de muerte. En verdad, somos tan poco creyendo que duraremos por siempre y, a la vez, somos tanta maravilla en nuestra brevedad: pestañear, comer una fruta, concebir, dialogar, acariciar, pintar un cuadro, son gestos tan cotidianos como milagrosos. La asunción de cualquiera de ellos justifica la existencia, este torpe paso por la vida.
Ahora bien, de todos, el de concebir y mantener ese latido, el de dar nombre y calor a lo concebido, el enseñar y aprender de nuestros hijos es el mayor misterio que nos convoca.
Por eso, amigos, con cada vida que, antes de tiempo se apaga, se nos va un pedazo de lo que somos. Uno solo de estos viajes inesperados, como el de María Elisa, es como todo un planeta de niños que se incendia.
Tesi se mira las manos y están vacías. Carlos mira el piso y no encuentra nada. La libreta y la lapicera no soportan el epílogo. Miramos hacia fuera y, sin Elisa, no sirve de nada la perturbadora belleza de septiembre que se asoma. ¿Cómo es posible que nos haya dejado tan solos?