Acribillen de una vez a los malditos artistas

Otras voces: nuestro editor Ulises Naranjo deja aquí otro punto de vista para alimentar el debate sobre el bochorno vendimial. En ella, se pregunta si el mandato es  "que a cada chancho le llegue su San Martín".

Foto: Ulises Naranjo / MDZ
Foto: Ulises Naranjo / MDZ

Y bueno, ahora se trata de disparar contra los artistas… Todo este asunto de la suspensión de la Fiesta de la Vendimia ha servido, una vez más, para que los conservas ocultos ahora tras pantallas de computadoras, lancen sus dardos sin nombre, esta vez, contra toda persona que –por necesidad, intensidad, búsqueda y talento– asuma el destino de ser artista.

Ataquemos a los artistas es la consigna. Durante estos días, estamos leyendo, viendo, escuchando comentarios tan bárbaros que llegan al punto de exigir la confección de listas negras de artistas, en medio de una andanada de insultos de todo pelaje. Para la conclusión del típico reaccionario mendocino, el hecho de que un grupo de cuarenta haya tomado la decisión que tomó –errónea y desubicada para este escriba, perjudicial para Mendoza, para el símbolo que es Vendimia y para el oficio mismo del arte– sirve para que todos los artistas sean enviados de una buena vez a la hoguera. Paremos un poquito; un poco de cordura y un médico aquí, allá y en todas partes.

Antes del desgraciado hecho, ¿dónde estaba toda esta bronca contenida contra los artistas, en particular actores y bailarines? ¿Se manifestaba, tal vez, en la no asistencia a las funciones de teatro y ballet? ¿En el consumo excesivo de Tinelli o programas locales con concursos; en la no lectura de libros o la poca frecuentación de los museos o los ciclos de cine francés o las actuaciones de murgas en los barrios o de coros en las catedrales o de recitales de poesía y rock en los bares? ¿O tal vez en el no consumo de arte mendocino en general se manifestaba?

¿Tanta bronca había y no nos dimos cuenta? ¿No fueron estos mismos artistas quienes, hace unos poquitos años, terminaron rotos y ovacionados por salir a actuar sobre el escenario mojado, durante una lluvia en la misma noche de la Vendimia? Esto parece que ya no importa.

Asumamos el punto: tenemos bronca. Por eso, basta de dar vueltas al asunto. Tomemos el toro por las astas y matemos a los artistas. Apartemos a los distintos de nosotros, parece ser el mandato. Sin dudas, estamos necesitando un nuevo diccionario social para decodificar a los mendocinos que eligen ser conservadores y ejercen sus posturas, necesariamente, de manera anónima, violenta y reaccionaria. Y no son pocos, los cretinos.

Tal vez, se trate de una sola bronca que hay que decodificar en distintas broncas.

Así, allí donde veamos la bronca contra “los negros” y “los ratas” deberemos leer la bronca contra los pobres. Allí donde veamos la bronca contra los que usan gorrita, aros y tatuajes y charlan en las esquinas de los barrios deberemos leer la bronca contra los jóvenes. Allí donde veamos la bronca contra los vagos deberemos leer la bronca contra los desempleados. Allí donde veamos la bronca contra los huelguistas deberemos leer la bronca contra los trabajadores peleando por sus derechos. Allí donde veamos la bronca contra las familias numerosas humildes deberemos leer la bronca contra los niños pobres solos en las calles. Allí donde veamos la bronca contra los enfermos peligrosos deberemos leer la bronca contra los locos, los portadores de HIV, los borrachos y los drogadictos. Allí donde veamos la bronca contra los viejos deberemos leer la bronca contra los viejos.

Sin embargo, si el negro de la piel viene de un tostado paradisíaco, deberemos leer estilo de vida. Si la extravagancia en los ropajes es importada, deberemos leer alta costura. Si alguien que no necesita dinero no trabaja, deberemos leer ocio creativo. Si el corte de calles es por un desfile de modas, deberemos leer que Mendoza es mirada por el mundo. Si los niños andan solos por la calle en un barrio privado, deberemos leer seguridad. Si los enfermos descansan en mansiones, deberemos leer toda una vida de trabajo y si hablamos de viejos, en estos casos, deberemos decir ancianos venerables.

Tarde o temprano, le llegará el turno a cada uno de ser despotricado. Ahora es el turno de los artistas. Mañana será el de los ambientalistas o el de los chicos que andan en patineta por las plazas o el de los graffiteros en las paredes de los zanjones o el de los murgueros o el de los raperos o el de los que juegan al fútbol en la calle y son atropellados por camionetas o el de los carnavaleros o el de los tatuados y con piercing o el de los cuidacoches o el de los vendedores callejeros o el de los artesanos o el de las floristas o el de los choripaneros y parripollos y así. A cada chancho le llegará su San Martín.

Toda la bronca de estos infames anónimos sólo reconoce una paz: ocultar la basura debajo de la alfombra, porque ahí, para muchos, debe ser colocada la escoria social.

Sin embargo, claro está, el trabajo siempre habrá que hacerlo otro, porque para eso ellos pagan sus impuestos, para eso se han roto el lomo laburando durante todas sus vidas, para eso y para que después vengan a refregarles en la cara los derechos humanos que son solamente para los delincuentes, mientras uno vive preso en su propia casa.

Y resulta que también el gobierno –de manera generalizada– ha salido a acusar a “los artistas”. Y valga esta perlita que pinta la situación: en Nihuil, el ministro Raúl Mercau enarboló una desgraciada lectura que es síntesis del pensamiento de muchos: comparó la Vendimia con el cumpleaños número 75 de una abuela, fiesta en la que los niños (“los artistas”) rompieron la torta, arruinando todo. Para él, la fiesta es, en realidad, el cumpleaños de un anciano y como tal debe ser festejado. Y los artistas apenas son “niños” hinchando las pelotas en torno de la ceremonia.

Qué poca memoria tenemos. Qué poca espalda para hacernos cargo de lo que nos toca. Qué ignorantes y soberbios, al mismo tiempo. Qué violentos al pedo somos a veces. Qué falta de aprecio por el espacio de lo público. Qué apresurados para tomar decisiones. Qué intolerantes ante lo diverso. Qué cabrones.

Hay una sed de sangre que nos constituye: según su mandato, es necesario cada día crucificar a un fulano o lapidar a una fulana. Estamos convencidos de que éste es el único medio de fortalecer nuestra inocencia, de mantener prístina nuestra pureza, de mantenernos libres de cualquier forma de pecado y de acceder –ya muertos y entre nubes de algodón, luego atravesar este Valle de Lágrimas– a los Cielos.

Así son las cosas: el paraíso que buscamos no es para cualquiera. Es un espacio de paz y de coros rubios, de salmos circulares, de cascadas y panes y peces y como dones merecidos, después de tanto esfuerzo en lo vivido. El paraíso no es para cualquiera. Y Mendoza tampoco.