¡Querido Mario!

Marisa Poj, magister en Sociología, profesora titular en la Cátedra Teoría Sociológica Contemporánea y consultora política y electoral habla del sociólogo Mario Franco.

Hoy se cumple un nuevo aniversario desde que decidiste dejarnos, y qué mejor homenaje que escribirte una líneas, sentidas, afectuosas, que son como me salen a mí. Y que era la manera de comunicarnos entre nosotros, por los afectos, más allá de mi admiración de siempre por tu inteligencia única. Por tu innato espíritu transgresor. Por tu mirada crítica. Por tu actitud satírica  y mordaz frente a las cosas y a la vida. Y siempre con una gracia desopilante.

Entonces, no voy a hablar de tu cabeza, una de las cabezas más lúcidas que he conocido,  pero sí de anécdotas, circunstancias,  encuentros/ desencuentros a lo largo de 40 años (qué muchos) en que transitamos este mundo con  nuestra amistad.

Ironizabas (la ironía era tu signo característico)  sobre  aquéllos que, sobre todo en los últimos años, y en el lugar de trabajo que compartíamos, vivían para demostrar su “cientificidad”  e “idoneidad académica” a través de las acreditaciones. Se había convertido en un ámbito tan competitivo, tan inhumano, que, entre otras cosas,  había que ser “Doctor” para sobrevivir y siempre recuerdo tus inteligentes palabras: “hay que juntar “certificados” para vivir y no vivir para juntar “certificados”… sabias reflexiones.

Pero vayamos más atrás. Te conocí reincorporándote a los estudios de la carrera a instancias de un amigo común,  Rubén, con el que formabas la banda de los “hegelianos mendocinos”,  y que te empujó para que volvieras a la carrera… ¿te acordás?  No había en Mendoza alguien que manejara a Hegel mejor que Uds. Allí comenzó mi admiración por vos. Luego te hiciste althusseriano, pero esa es otra historia que no cuenta aquí.
 
Recuerdo cuando tímidamente te acercaste al curso, todavía en el viejo edificio de la calle Buenos Aires, te sentaste a mi lado, y  sin decir palabra, observabas a través de tus anteojos oscuros,  mi manera desaforada de tomar apuntes. No abandonaste esa rutina ni un solo día, nunca entendí por qué, porque yo siempre pensé que vos estabas muy por encima de lo que los profesores exponían en los cursos.

Te habías comprado un block cuadriculado, similar al que yo usaba para mis apuntes. Pero siempre estaba vacío. En algún momento me enfermé y no pude asistir a los cursos. Cuando volví, me estabas esperando con los apuntes de los días de mi ausencia, escritos en imprenta, prolijos, de tu puño y letra, con el mismo color de tinta (negra) y me dijiste: incorporálos a la carpeta, así no te falta nada. Me conmovió tanto que han pasado unos cuántos años (y mucho agua bajo el puente) y sin embargo, ese gesto no puedo olvidarlo. Claro que había algo de interés en el tema: ya en la época de exámenes aparecías con tu famosa Siambretta haciendo un giro gracioso por la amplia vereda de mi casa de la calle Entre Ríos para buscar los apuntes  de clase, de complemento para rendir las materias.

Charlabas animadamente un rato en la vereda con mi papá y luego, de vuelta a la Siambretta. ¡Eran gestos tan graciosos! Siempre me preguntaba; “¿qué podrá conversar éste con mi padre, si circulan por dimensiones diferentes? Pero, no sé si alguna vez te lo dije: cuando no venías, mi padre me preguntaba, como al pasar... "hoy no vino Mario... ¿le habrá pasado algo? ¿Cuándo viene? "Y yo, cada vez más atónita.

Sigamos: Te recibiste rápidamente, sin demasiado esfuerzo. Obvio, a vos nada relativo al estudio te costaba,  todo te salía como por arte de magia y empezaste a trabajar en la Facu. Yo también. ! Fueron años de tanta efervescencia estudiantil y docente! Cuánto se hizo!!! Pero nos duró poco…qué poco!!

Lo demás es historia conocida: el golpe, el proceso, todos los de este lado “echados” y otra anécdota sólo tuya: llegaste a nuestra oficina en el segundo piso y dijiste a viva voz con ese gesto tan particular tuyo: la mano sobre la boca: “es la primera vez que veo un circo dirigido por un enano”. Te diste vuelta y el decano procesista (que era enano) estaba detrás tuyo!!!

¿Qué vino después? Te llevaron preso: esa misma noche me enteré por boca de Analía, con la que dictábamos unos cursos docentes en el CENS de la Bancaria.
No puedo explicar con palabras la conmoción que sentí. Por suerte, (sí, en esa época todo consistía en una cuestión de suerte. Si no tenías suerte, eras boleta…) te retuvieron pocos días y luego saliste.

Muchos de nuestros amigos comunes se exiliaron en el exterior. Algunos figuran en las listas de desaparecidos.  Pero vos no querías irte de tu querida Mendoza. Sin embargo,  no había posibilidades de contacto entre los que nos quedamos. Fue una especie de repliegue a la oquedad, al autoexilio. Saludarnos con la cabeza media baja de una vereda a otra, a veces mirando para otro lado. Casi como si nos conociéramos.

Salvo cuando nos encontrábamos de frente, vos con tu valija de perfumes Fitipaldi, de los que habías conseguido representación para “todo Cuyo” y que te permitía rascar unos mangos para sobrevivir. Pero no dejabas de hacer cosas que te llenaban la vida: el bar “La flor de la canela”, tus ciclos de cine europeo en el Selectro organizados con tu amigo del alma, el Yoyo Giúdice, y!!!Cuántas cosas más!!! Una pequeña ráfaga de aire fresco en medio de tanto oprobio.

Pero como todo pasa, después de los duros y penosos años de la dictadura, volvimos a respirar, regresamos a  la democracia y por ende volvimos a nuestro lugar en el mundo: la Facultad. Poco tiempo después de ingresar, se organizaron los concursos de profesores efectivos. El tuyo, junto con de nuestra entrañable y querida amiga Susana Becerra, (¿te la has encontrado?, ¿has podido conversar con ella?),  fue uno de los primeros llamados.

Y acá de nuevo la anécdota,  tan tuya, pero tan generosa, tan gráfica y significativa que hago uso de ella casi todos los días de mi vida: el jurado estaba compuesto por Emilio Tenti, Torcuato Di Tella (y confieso que no recuerdo el tercero). Hacia la mitad de tu exposición, te quedaste callado…silencio. Carraspeaste un poco la garganta, miraste al público (nosotros, tus amigos) y dijiste con voz de súplica: “¿Alguien me quiere conseguir un vasito de agua?...porque anoche me he tragado un osito de peluche y no lo puedo digerir...” Aún suenan en mis oídos la carcajada de Torcuato ante tan inesperado exabrupto. Y la mirada atónita del resto. Vinimos con el agua, tu concurso fue brillante. Y lo demás es historia conocida.
Cuántos ositos de peluche nos tuvimos que tragar, vos, yo, y unos cuántos estos últimos años!! Y lo peor, nadie nos pasa un vasito de agua para poderlo digerir!!!

El final: creo que este año, 2011, en un país con tantos acontecimientos intensos, poderosos, emocionantes, con multitudes en las plazas, con banderas de la Cámpora y de la JP,  con remembranzas setentistas, con genocidas presos, con nietos recuperados, sé que vos hubieras disfrutado este momento tan intensamente como lo disfruto yo. Y estoy segura que en tu cubículo hubieras puesto un hermoso cartel, grande, visible, para que todo el mundo lo viera, con una sola palabra: CRISPASION”