Canción de amor al compadre Jorge Marziali

Murió uno de los hombres más importantes de la historia de la cultura de Mendoza. Ha dejado una herencia simbólica invalorable. Aquí, la íntima postal de despedida de un amigo.

Hace un par de días que te moriste bien muerto, Jorgito, después de cantarle al Che Guevara, en Cuba. Me enteré al borde de un fuego, al pie de la montaña, tomando vino con amigos y preparando un flor de asado. Como una especie de conjuro, como una evidente catarsis, como un manotazo de ahogado, miré las llamas e instantáneamente eché mano de mis recuerdos; de mis recuerdos con vos, Jorge, y de mis recuerdos de vos, antes de conocerte, cuando empezaste a alimentarme y, luego, también, cuando empezaste a alimentar a mi hijo Eliseo, con tus canciones.

Cuando nos hicimos amigos, nos hicimos compadres; cuando nos hicimos compadres, nos miramos a los ojos; cuando nos miramos a los ojos, lo primero que te dije fue que una canción tuya era una de las más conmovedoras que jamás había oído en mi vida. 

Vos me dijiste que me respetabas por mi manera de hacer y mirar el periodismo y me pediste que presentara tu libro de poemas en la Feria del Libro, y bueno, yo me sentí muy honrado, porque, te digo, uno hace lo que hace, también para que tipos tan honorables como vos, Jorge Marziali, lo valoren: he aquí una señal inequívoca de buen camino transitado. Y, bueno, así empezamos, no hace muchos años, condenados, por mutua prepotencia, al encuentro y el cariño.

Jorge y "su" Marita Londra, la talentosa compositora entrerriana. 

Ahora que existe Facebook, me meto a leer nuestros mensajes de estos años: los pego en un archivo de Word y resulta que son 52 páginas que se convierten en tesoro. Ahí está cuando, después de leer una de mis notas, me propusiste armar unos festivales para conseguir transporte para la gente de El Puerto, en Lavalle (me relataste, entonces, cuando armaste un recital en la cordillera neuquina para comprar una carreta y un caballo para que unos niños fueran a la escuela); 

Naranjo, López Zalba, Bodoc, Marziali, Albino. 

- ahí está cuando los presenté a vos y a la Liliana Bodoc, porque los dos, cada uno por su lado, me habían dicho que querían conocerse y presentamos su novela "Memorias impuras" con vos y mi Griselda López Zalba y el Ramiro Albino y después nos fuimos todos a beber y guitarrear a lo del Tano Faggian y la Eli Guerra y cantaste una canción con tu hijo Simón y nos hicieron llorar y ahora no me acuerdo cuál canción era, la puta madre; 

- ahí está cuando armé una comedia musical para la escuela primaria de mi hijo, la "Martínez de Rosas", e hiciste cantar y bailar a todo el teatro Plaza con "La Refalosa de los patines" y creo que "La chamarrita para repartir", y fuiste de onda, claro; 

- ahí está cuando nos invitaste a comer un asado a tu "ranchito retacón" de Chacras, vos el Martín Castro, Griselda y yo, y te pusiste a cantar y a contar, bajo el enorme cielo; 

Naranjo, Coco Segura y Marziali, en la cocina más legendaria de Mendoza... 

- ahí está cuando nos comimos aquel asado de la putísima en lo del inmenso Coco Segura, con el Darwin y el Rolo Espósito y el Alberto Cabanillas y me pasaste los tonos de varias canciones tuyas: "Los obreros...", "El ciego del subterráneo", "Y yo me iré con él (El velorio) y "Coplas para la libertad"; 

- ahí está aquella noche tan fría y lluviosa en la Alameda, cuando conocimos a tu Marita Londra y ella tocó y cantó y nos enamoró; 

- ahí está aquella vez que me fuiste a visitar al diario y fuimos a charlar de periodismo al solcito de la plazoleta del indio, frente a la Terminal; 

López Zalba, Marziali, Azaguate, Londra y Baiardi, en lo de Rotta-Minasi. Foto, Sindoni.

- ahí está aquella vez cuando te llevé a lo del Alejandro Rotta y su Karen Minasi y cantaron vos, el Marcelino Azaguate, la Marita y la Griselda y estaba el Cacho Baiardi y la Tere, y el Diego Carbonell y la Laurita Piastrellini y el Diego Gareca y el Rubén Sindoni; 

- ahí está cuando el Coco Yáñez nos sacó esas fotos tan lindas en la presentación de tu libro "El amor en otro sitio" y andaban por ahí tu familia y la Pupi Agüero y tanta otra gente querida; 

- ahí está cuando me escribiste "los árabes saben decir que pa'conocer una persona hay que compartir con ella una bolsa de sal en el desierto" y cuando me escribiste "mi abuelo criollo y callejero decía que no hay nada más divertido que un pícaro haciéndose el zonzo, frente a tanto zonzo que se cree pícaro" y cuando me escribiste "mi papá decía, si te toca novia alta, parala en la acequia" y "billetera mata galán y petiso entrador mata billetera" o quizás lo dije yo; 

- ahí está cuando hablamos de hacer juntos un disco conceptual y al final no hicimos un carajo; 

- ahí está cuando me contaste que tenías el récord de haber nacido y haber crecido en Guaymallén y, sin embargo, luego de décadas de impecable carrera, jamás haber cantado ahí y me dijiste también "en un momento ofrecí recorrer la provincia con las canciones infantiles en las escuelas. Sólo pedí un vehículo, el sonido y los gastos de comer y dormir... No había plata ni pa'eso" y yo dije ¡qué Mendoza ingrata de mierda! y cosas por el estilo; 

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- también está ahí cuando te pedí "Coplas para la libertad" para mi película de las cárceles y me la diste y además te ofreciste a escribirme un tema y, después, me soltaste esta anécdota: "Una vez, en la cárcel de La Plata, les canté una zamba de Leguizamón y Castilla, cuyo estribillo dice: ‘El gaucho que anda escapando / no desensille. / No vaya que andando el vino / me lo acuchillen'. Y les dije que ellos estaban ahí porque se detuvieron en la escapada; por una mujer, un hijo, un amigo... o por boludos. Y, por eso, los agarraron. Y se cagaban de risa los vagos"; 

- está ahí cuando puteábamos, porque para el Americanto te ofrecieron dos mangos y preferiste bromear: "No canto lindo, pero canto fuerte. Y si me apuran, hasta revoleo un poncho"; 

- ahí está cuando planeamos filmarte un recital muy íntimo en un bar de época de la 40 Vieja, en San Carlos, y yo quería que vos llegaras a caballo; 

- ahí está cuando, después de leer otra nota mía, me propusiste hacer un recital a beneficio de la empleada doméstica Zulema Olivares y los niños de La Favorita y después otro gratuito en el barrio; 

Coco, Pocholo y Nino Naranjo, en Uspallata. 

- ahí está cuando te conté que, otra vez, se trabó el estéreo del auto con tu disco "En la brasa del presente", recién salido del horno y te escribí: "Fui con mi viejo, el Pocholo (82), y mis tíos el Coco (77) y el Nino (85) a Uspallata... escuchado su hermoso disco... El asunto es que el disco se trabó y ahora lo único que puedo oír, una y otra vez, otra vez, son sus canciones, caballero. Es como una tortura con ternura". 

Y bueno, mi hermano, ahora resulta que, pocos meses después, mi viejo ya está muerto y mi vieja también murió hace una semana y vos también te moriste, hace un par de días...

Verás que belleza, solidaridad, honores, amores y buenos vinos es lo único que recibí de vos. Gracias, por tanto. Ya no quiero seguir leyendo esas 52 páginas, porque la presencia de la ausencia es más grande y no habrá caso: decidiste dejar de latir en Cuba y, ahora, que veníamos solos, nos quedamos más solos. Ahora, no sé, por ahí, deberemos seguirle el tranco a tu talentoso hijo Simón y encontrarte en él y en su guitarra y en sus silencios.

Vivimos presos de una cosmogonía naturalmente cruel. Jamás debería morir de pronto, a los 70, después de cantarle una canción al Che Guevara, alguien que ha sido capaz de escribir "Los obreros de Morón". Alguien que pudo dejar caer unos versos como estos: "hay un bolso, con un peine y con un pan; algún diario y una camisa de sudar", debiera morir de aburrido o de risa o de orgasmo a los 140 y pico, salvo contraria e íntima decisión, por supuesto.

Sí, ya sé, ya sé; lo sé todo, compadre, pero, no entiendo nada.

Ulises Naranjo y Jorge Marziali, según el ojo de Coco Yáñez.   

Jorgito, querido, la puta madre que lo parió, viste cómo es esto: se está muriendo gente que antes no se moría y el universo se expande como si nada y el único sentido que lo constituye, es el sentido de la ausencia. Allá vamos y no cerraré mi despedida con un "nos vemos pronto" o "Dios esto o aquello" o alusión alguna sobre paraísos exagerados y encuentros con Tejada, la Negra y gente por el estilo, porque, ya de antes bien sabíamos que, del otro lado, no hay nada. 

Sin embargo, y mientras tanto, de este lado quedan tus canciones y poemas; allí buscaremos calor, como buenos pájaros que somos, a merced de los guascazos de este invierno. 

Ulises Naranjo

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