Desde Miami, sin barbijo...

La Gripe A, vista desde la perspectiva de un mendocino que está en Miami.

“-Y… ¿cómo esta el tema por ahí-?” La persona con la que hablaba, ubicada en tierras menducas, me preguntaba inequívocamente a través del teléfono por  “el tema”.  Yo por dentro pensaba “de qué tema me estará hablando?” mientras repasaba  en mi cabeza las preguntas más comunes que me hacen familiares, amigos o compañeros de trabajo, tan variopintas y profundas  como:  ¿Cuánto cuesta un Ipod, el más  chiquito? ¿ Sigue complicada la cosa allá, no? ¿Cuánto cuesta una compu, no es para mí, es para el Diego que está en la facu, viste? ¿Es cierto que te podes comprar departamentos por 50.000 dólares?  ¿Qué tal el negro, un capo, no? Che, están baratas las Nike?

Sin embargo, por el tono de preocupación de la pregunta, me di cuenta que no se estaba refiriendo a ninguno de esos temas.

Estábamos a mediados de abril. La fiebre porcina, (así se llamaba en ese momento) había vaciado las calles de México y según mi interlocutor, en Mendoza se habían acabado los barbijos.

Yo no podía creer lo que escuchaba. Acá casi nadie hablaba del tema. No se veían barbijos, ni controles especiales, ni formularios con preguntas tan comprometedoras  como “¿Tiene Ud. fiebre?” al llegar al aeropuerto.

¿Qué estaba pasando? ¿Es que los gringos eran inmunes a la gripe? O era todo un invento para que las empresas farmacéuticas se llenaran de dólares, como decían los blogs conspirativos? ¿Cómo podía ser que en Mendoza había pánico por el tema (acababan de apedrear un micro que venia de Chile con un supuesto infectado) y acá, al lado de México, el tema pasara casi inadvertido?

Leía que en Mendoza alguien había propuesto impedir el viaje de las quinceañeras a Disney por temor a un contagio masivo. Un funcionario, en un rapto de lucidez, preguntó cómo iban a hacer para detenerlas  (con la Gendarmería, supongo). Otros decían que había que prohibir la entrada de personas de países donde la fiebre ya era una pandemia. O si entraban, debían permanecer en su domicilio “al menos 10 días sin salir”. Y otra vez la maldita pregunta: ¿quién iba a controlarlas? ¿Se iba a poner un gendarme enfrente de cada casa vigilando que el  recién llegado no se asomara ni a comprar una docena de raspaditas? (esa era mi mayor preocupación, dado que es lo primero que compro cuando llego a Mendoza).

En fin, una serie de ideas bienintencionadas seguramente, pero totalmente desarticuladas. Y ahí estaba la clave y la diferencia con otros países. No había liderazgo en este tema, como en muchos otros. (No voy a referirme ahora,  porque ya se habló mucho, de la presidenta viajando con dos cómicos como Chávez y Ortega a Honduras, para reponer a Zelaya de un golpe hecho por trasnochados militares de opereta. Un papelón casi como el de Kirchner cuando fue a Colombia  a “liberar” a Emmanuel... y ya estaba liberado).

Luego que se pasó de 2.500 infectados (48 horas antes de las elecciones) a 100.000 (76 horas  y un ministro de salud después) se empezó a tomar conciencia del tema. Comenzaron las reuniones de coordinación y las respuestas lógicas a las preguntas de la gente.  Empezaron a implementarse acciones, apuradas, pero acciones al fin. Aparecieron las maquinas que arrojan resultados relativamente rápido. Los consejos  para evitar la gripe dejaron de ser al estilo de Dona Rosa (“tapate la nariz si vas a estornudar”)  para ser más profesionales, en fin, la cosa se encaminó, aunque tarde y (esto es lo grave) con una cantidad de muertos totalmente desproporcionada a el numero  de habitantes.

Volviendo a Miami, el tema acá sigue exactamente igual. Ni barbijos, ni gel. La CDC, la agencia de control de enfermedades, informa diariamente de los casos que van apareciendo. Al que se enferma, lo vacunan, está un día en el hospital y lo mandan a la casa recomendándole una serie de medidas para evitar que contagie a otros. (Al viernes 17, habían 40.617 registrados y 263 muertes debido a la gripe)

El almuerzo de los galanes estuvo poco frecuentado. La mayoría estaba de vacaciones en  Argentina. Los únicos tres que dimos presente comentábamos que los que se fueron, en lugar de cámara de fotos y mp4,  llevaban Tamiflu.

Por ahí pienso en las quinceañeras que finalmente viajaron a Disney. Al final, van a estar más seguras que si se hubieran quedado en Mendoza.