Ya son pocos los que se besan o estrechan las manos al saludarse. No se puede ir al supermercado con los niños. En las salas de cine hay de cuatro a diez personas por función. El alcohol en gel pasó a ser un artículo de primera necesidad, y subir a un colectivo o un trole ahora es una aventura de final incierto. Un taxi en horario pico del sábado se puede conseguir en cinco minutos para llegar al centro, y cualquier persona que tosa o estornude a un par de metros pasa a ser inmediatamente un sospechoso.
En el trabajo, el mate se transformó en una costumbre casi autosatisfactoria. Nadie lo comparte. Y el antiguo e inocente “tengo unas líneas de temperatura” despierta inmediatamente la preocupación. La gente va al súper con guantes de látex, y en los bancos las colas son larguísimas siempre.
En la calle Arístides, los bares tienen menos gente pero igual están casi llenos. Ahí, la preocupación por la Gripe A pesa menos. En varios negocios la gente sigue amontonada, y el gobierno provincial, ahora con la venia del Nacional y de la mismísima Organización Mundial de la Salud, se preocupa menos por las estadísticas. Es posible que nunca sepamos cuánta gente enfermó del virus N1H1, o cuánta murió a causa de esta enfermedad. Mucho menos sabremos con exactitud cómo se comporta esta pandemia que –dicen ahora- puede durar hasta cuatro años.
La Gripe A, hay que decirlo, nos ha cambiado la vida para siempre.
A lo largo de este trabajo, desde diferentes ópticas, abordamos el problema del comportamiento ante la Gripe A. Así, entrevistamos a médicos especialistas, funcionarios, un sociólogo, y acompañamos una recorrida nocturna para ver si se cumplen o no las restricciones, en una provincia en la que algunas actividades se reprimieron con celo, mientras otras funcionaron a pleno. Hoy, por caso, casi no funciona la administración pública pero los casinos abrieron para recibir a sus jugadores ávidos de buena fortuna, y las escuelas permanecen cerradas, mientras decenas de guarderías sin control siguen recibiendo niños. Así de desparejo fue el tratamiento de la prevención en Mendoza, la única provincia donde un fallo judicial autorizó a abrir locales que funcionaban con restricciones a causa de la Gripe A.
En este especial “Vivir con el Virus”, tratamos también el caso chileno. Qué hicieron, cómo los toman de ejemplo, y qué nos critican en la prevención y tratamiento de la pandemia. Y aportamos además la visión de los corresponsales extranjeros. Todas estas columnas se pueden leer en el lado derecho de esta nota, y en la home principal del diario.
Y a nosotros… con el virus más famoso ¿Qué nos pasa, además de lavarnos las manos diez o veinte veces por día?
De la inconciencia a la paranoia
Los mendocinos hemos tratado la Gripe A con un rango tan amplio de comportamientos, que vamos de la euforia a la depresión, y de la inconsciencia a la paranoia en escasísimo tiempo. Mucha gente decidió “guardarse” por temor, y eso se nota en el menor movimiento de las calles. Un 38 % menos de vehículos ingresa a la capital mendocina en estos días a causa de la Gripe A y de las restricciones de funcionamiento en casi todo. Pero el virus más temido se manifiesta en las conductas de todos los días. Van unos ejemplos de la contradicción:
-Larga cola en un banco con importantes sucursales en la ciudad. Es viernes 17 de julio a las 12:00. La planta baja está atestadísima de gente. Contamos unas tres personas por metro. Había colas para las cajas, para los cajeros, para pagar boletas, para depósitos. Todo eso, en medio de los ridículos carteles informando sobre la pandemia y las restricciones en lugares cerrados. ¿La razón del amontonamiento? Bien simple: A la zona de cajas sólo podían ingresar de a tres o cuatro personas a la vez. Y por eso, nos amontonaron a todos bajo estricta vigilancia. Realmente, si no fuera una torpeza trágica, daría risa.
-Jueves por la tarde. Negocio de grandes superficies con sucursales en Mendoza. Allí adentro, ni muestras de la Gripe A. Sólo algunos empleados portan guantes de látex, no hay carteles de advertencia, y la gente se apiña contra las cajas para pagar.
-Ella es empleada municipal de alto rango, en un municipio de los más grandes de la provincia. Su hija de cuatro años sólo sale de su casa para ir a lo de sus tíos, tres horas al día. El resto del tiempo, permanecen encerradas. Como ellas, muchas familias hacen lo mismo.
-Hay especialistas del Consejo de Expertos que dicen que lo peor ya pasó. Hay especialistas del Consejo de Expertos que aconseja encerrarse por 15 días y poner barreras contra el virus en la casa de cada uno. ¿Qué hacemos?
-Las madres se dividen en grupos. Por un lado, están las que no llevan a sus hijos ni al quiosco, ni a hacer las compras, ni los sacan de sus casas. Y si tienen que trabajar los dejan con los parientes comprobando que nadie tenga ni un resfrío. Por otro lado están las que los llevan con ellas al supermercado y los dejan en la puerta de ingreso con las abuelas, o padres o tíos (en vez de en sus casas) como si ahí no fueran a contagiarse de otros niños de otras familias que hacen exactamente lo mismo. Y están las que siguen mandando a sus hijos a las guarderías privadas que han permanecido abiertas. Y las que decidieron sacarlos para no moverlos de sus casas, haciendo un delicado equilibrio entre la paciencia y la necesidad lógica de esparcimiento de los chicos.
-En lo medios de transporte nunca hubo una prevención verdadera. Los colectivos nunca fueron del todo vacíos, más bien completos, muchas veces con los vidrios cerrados, sin tener en cuenta la distancia entre pasajero y pasajero. En cuanto a los taxis, ahora sobran, producto del “parate” en las actividades. Ayer esperan con ansias la apertura de los casinos para repuntar. Algunos están tan sucios como los colectivos.
-Las reuniones sociales son otro ítem importante. Hay bares que funcionan como boliches, en los que el patovica mira para los costados y si no hay controles deja que entren cuantos quieran y se arma la fiesta. La gente se junta en las casas, pero las reuniones superan las cuatro personas, pudiendo generar contagios. O a cada invitado le hacemos lavar prolijamente las manos con jabón blanco, y le convidamos alcohol en gel antes que una copita de bienvenida.
-Las salidas al aire libre no son tan libres, por más distancia que se ponga. Hoy, en la plaza del barrio Bombal, había 11 chicos, de entre 5 y 14 jugando todos juntos en los mismos columpios.
-Algunas guarderías privadas siguieron funcionando. Otras pusieron carteles que decían “niños enfermos no pueden entrar”. Ahora los cambiaron por “cerrado”. Otras siguen funcionando, cuando el 42 por ciento de los casos de internados con síntomas de gripe A son menores de 15 años.
Con todas estas contradicciones en el manejo de la pandemia y en la prevención… ¿sirvió de algo cerrar escuelas, boliches, y eventos? ¿O sólo fue cosmética social para calmar los nervios, mientras el virus se aprovecha de todas nuestras debilidades?
Te invitamos a recorrer el panel derecho de este trabajo, y buscar tu propia respuesta en cada una de las notas.
Cómo la gripe A nos cambió para siempre
Recluidos, paranoicos, o despreocupados, los mendocinos debieron acostumbrarse a vivir con la Gripe A. El mundo nos cambió, entre el miedo, los barbijos, el alcohol en gel y el encierro obligatorio. Un trabajo completo de MDZ para entender qué nos pasa con el virus más famoso.