¿Hugo Moyano se suicidó hoy, en el estadio de Huracán? Naturalmente, nos referimos a si se suicidó políticamente hablando. El titular de la CGT dio por finalizado el tiempo del conflicto a medias soterrado con la presidente Cristina Kirchner, del que ha habido hasta aquí varios capítulos.
Nadie puede decir ahora que se sorprende por el tenor de lo dicho por el líder cegetista en el estadio Tomás A. Ducó (en homenaje a un dirigente que terminó traicionando a Perón). En cuotas, Moyano ya dijo todo lo que dijo hoy. Lo distinto es eso, dicho todo junto adquiere mayor contundencia. Y además renunció a los dos cargos partidarios que detentaba, ambos por vacantes obligadas.
Pero, ¿Moyano cambió de estrategia por decisión propia o Cristina lo obligó a hacerlo?
"No pretendemos ocupar el lugar de nadie", aseguró al anunciar su dimisión en los PJ nacional y bonaerense: "Le falta peronismo al justicialismo, por eso renuncio a la presidencia del PJ”, remarcó. “No tengo vocación de bufón", disparó el líder de los camioneros, según el cual “hay muchos compañeros justicialistas que no se sienten representados” por el partido. Y en un anticipo de lo que vendrá, aseguró que se abocará a “reconstruir el peronismo”, previsiblemente con el resurgimiento de su propia estructura partidaria, el criogenizado Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA) con el que supo, en sus comienzos, enfrentarse al menemismo.
De este modo, Moyano se ubicó en el lugar de refundador del peronismo que Cristina se ha empeñado en hacer desaparecer. De hecho, ninguna estructura del PJ, sea nacional o provincial, participó en el diseño de la campaña que le permitió la reelección con una abrumadora mayoría de votos. A propósito, en su discurso el secretario general de la CGT opinó que hoy “cualquiera es oficialista con el 54%”, por lo cual se entiende que, después de todo lo que dijo, él acaba de pasarse a la oposición.
En realidad, Moyano hace tiempo que viene cometiendo un “moyanicidio”. Al menos desde el día en que decidió que para no retroceder tenía que avanzar y, a través de la Corriente Nacional de Trabajadores, comenzó a recorrer el país con un único reclamo: que un representante de los asalariados ocupe un lugar en la fórmula presidencial del peronismo. El 17 de octubre de 2010, Moyano se lo dijo en la cara a Néstor y Cristina Kirchner en una cancha de River colmada de camioneros. Cuando le tocó hablar a la Presidente, no dudó en recordarle a Hugo que era una trabajadora desde los 18 años. Sólo diez más tarde, Néstor, que en la relación con Moyano siempre fue más contemporizador que Cristina, se moría en Calafate y una leyenda negra, propalada desde el riñón del cristinismo, le atribuía la indisposición del ex presidente a una última discusión con el dirigente sindical por ese reclamo no satisfecho de un mayor protagonismo del gremialismo en el armado electoral del kirchnerismo.
Lo que sucedió luego ya es historia conocida. No hubo un representante de los trabajadores en la fórmula presidencial y apenas tres entre decenas de candidatos a legisladores, varios menos que los que logró imponer “La Cámpora” en todo el país.
Moyano blanqueó, además, que las obras sociales están al borde de la asfixia financiera. “En poco tiempo más entrarán en cesación de pagos”, aseguró. Reducir la disputa con el Ejecutivo sólo a una cuestión de pesos es un acto de miopía, aunque siempre el poder tuvo dos facetas que se retroalimentan: la plata genera poder y el poder atrae a la plata. El Gobierno le debe a los sindicatos entre 12.000 y 15.000 millones de pesos. Y en el último año apenas giró unos mil millones. Sin esa plata, el poder de fuego, la capacidad de compra del sindicalismo se diluye.
El problema más serio de Moyano es que para salvarse dio un salto al vacío de la política, una ciénaga más sutil que la de la lucha sindical. En ese terreno mostró falencias: apretó más de la cuenta, se equivocó en los tiempos y erró en su caracterización del enemigo. Hasta aquí, la historia muestra que entre bueyes no hay cornada y que, salvo el caso aislado del desbande del sindicalismo durante el gobierno de Isabel, en general los dirigentes de la CGT han tirado de la soga hasta un punto cuando debieron convivir con gobierno peronistas. Nunca la sangre llegó al río.
Moyano hizo todo lo necesario para forzar su designación en los PJ nacional y bonaerense. Y ahora, como el cristinismo los vació, decidió que dará la lucha desde otro lugar, el MTA, un ámbito creado por él, en el que los socios son los socios que le quedan dentro de la CGT y en el usará el poder económico de los gremios que lo acompañan para garantizar actos masivos en distintos lugares del país.
Cuanto menos, el resultado de esta aventura es impredecible. Luego de considerarse usado y descartado, el moyanismo emprende ahora una larga marcha para recuperar el terreno perdido. Buscará concretar su proyecto de conseguir una representación legislativa desde un lugar más seguro y activo mientras insiste con la presión mediática y en las calles para arrancarle al Gobierno algunos de los reclamos históricos como el aumento del piso de ganancias, al que el Ejecutivo podría acceder si no hubiera una presión pública tan incómoda. Más política que práctica, en cambio, la exigencia del reparto de utilidades seguirá siendo una consigna, al menos por ahora.
La amenaza de siempre –en este caso sí la extorsión– es la de poner en la calle a los trabajadores, que gracias al acuerdo táctico con Néstor Kirchner estaban bien “guardados”. Una ola de reclamos en un contexto de incertidumbre económica podría ser una bomba de tiempo para Cristina, que hasta aquí actuó como si la amenaza no existiera.
Existe y ahora, desde el discurso de hoy, tiene nombre y apellido: los trabajadores, a través de sus dirigentes, que no negocian “a sus espaldas”, volverán a reclamar “lo que les corresponde”, recitó Moyano en Huracán. Si hasta aquí no lo hicieron, si hasta aquí no tuvieron en cuenta a aquellos que trabajan en negro, casi la mitad de la fuerza laboral del país, es porque había una contraprestación: los propios sindicatos manejaban miles de millones de pesos por año y, ahora se sabe gracias a algunas causas judiciales suficientemente ventiladas, lo hacían de manera absolutamente discrecional.
Un último párrafo para la notable confusión política en la que se debate Hugo Moyano. Desde el palco se alegró con la libertad del “compañero (Juan José) Zanola”, involucrado como él y su esposa, Alicia Zulet, en una causa por adulteración de remedios oncológicos. Los abogados de Moyano han insistido en que el líder de los camioneros no podía saber de la existencia del delito porque firmaba cientos de expedientes como esos por año. Buscarían así asimilar la figura de un Presidente que no puede ser imputado de cometer un delito porque un decreto ilegal lleve su firma. Aunque esto fuera cierto, la encargada de la Obra Social del Sindicato de Camioneros es Zulet, que luce muy comprometida en ese expediente. A veces, las cuestiones personales se subestiman a la hora de los análisis políticos. No debiera ser el caso. En buena medida, la desesperación actual de Moyano, sus discursos y sus decisiones político-sindicales se originan en lo ya probado en las fojas de esa investigación judicial.
Moyanicidio
El flamígero discurso del líder de la CGT tiene razones que la razón no explica. Cada vez más aislado, fugó hacia delante. Su capacidad de daño y la estrategia de Cristina de cara a un año en el que, lo último que quiere, es que aumente la conflictividad social.