Interior. Comité de campaña al estilo norteamericano. Al fondo, un actor vestido con un chaleco donde se lee “Policía”. Se ve, encajada en su pantalón, una pistola 9 milímetros. Hay también un mapa de Mendoza, en el que se observan unas manchas sobre los conglomerados urbanos más importantes, que simulan ser zonas rojas. Frente a la cámara, en plano detalle, evitando mostrar toda su figura, está el candidato a gobernador Celso Jaque, con traje negro y corbata amarilla. De fondo, se puede ver a otros actores moviéndose, simulando clima de trabajo, concentrados en lo suyo en un fragor propio de comité. De fondo, se oye un colchón de teclados que irá creciendo en intensidad. El candidato se muestra seguro de sí mismo, convincente, determinado, definitivo.
El candidato mira fijo a la cámara. Y dice:
Celso Jaque:
“Ya tenemos el mapa del delito de Mendoza. Dos años nos llevó. Es muy útil. Para implementar este plan, hemos acordado con Cristina un presupuesto especial para Mendoza... Así, en seis meses, anunciaré la disminución del delito en un 30%... Esto, para empezar”.
En total, el spot dura apenas veinte segundos. Serán suficientes para convertir a Celso Jaque en Gobernador de la Provincia de Mendoza, por el período que va del 9 de diciembre de 2007, al 9 de diciembre del 2011. Hoy, se cumplen esos seis meses. Sin embargo, lo importante es el día de después.
Esto, para empezar
Algunos querían que jamás llegara este 9 de junio y otros querían que llegara lo antes posible. Los seis primeros meses de la gestión de Celso Jaque en el gobierno de Mendoza estaban marcados por un sino altamente simbólico: el cumplimiento de la promesa que, para la mayoría, llevó al malargüino al sillón de San Martín.
La promesa era tan evidentemente incumplible que el gobierno rápidamente se encargó de eliminar las herramientas y criterios para medir las variables del delito, por lo cual, los mendocinos, además de no tener guerreros para dar cuenta de esta batalla, carecemos de historiadores que, como Herodoto, dejen a la posteridad un relevamiento serio sobre la seguridad y la inseguridad en Mendoza en estos tiempos.
Ahora bien, dado el paisaje en ruinas, ¿nos quedamos con esto o aprovechamos la ocasión para mirar por encima de esta deficiencia estructural que nos constituye y condiciona nuestros modos de vida? Si es cierto que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, pues hagámonos todos cargo del lío en que estamos metidos.
Y digamos: tan necesitados estábamos los mendocinos de una solución al tema de la inseguridad que un candidato a gobernador (Celso Jaque), que estaba veinte puntos por debajo de otro (César Biffi) recorrió la provincia y, luego, mostró un spot televisivo de veinte segundos, en el que prometía hacer descender la seguridad un 30% en sus primeros seis meses de gestión y, con eso, le alcanzó para superar a su adversario, alzarse con la gobernación e iniciar su camino al frente de la gestión pública.
Prometiendo por un sueño
Ahora, cumplido ese plazo, la gente está enojada. Es entendible y correcto, pero no es suficiente. Esta situación ha de servirnos, sobre todo, para aprender que las promesas no son garantía de nada y que cada uno debe empezar a hacerse cargo del grado de participación directa que un sistema democrático supone.
La pérdida de credibilidad y de peso del poder político de los estados ha generado algo así como “estados espectáculo”, espacios donde importa lo que se ve y no lo que se programa: interesa la dimensión del impacto y no la profundidad de sus acciones, interesa que alguien nos diga que va mágicamente va a solucionar el problema, pero no el compromiso colectivo para lograrlo. Ahora, manda el golpe publicitario, el baile por un sueño, más que la música. La democracia de las acciones se va transformando así en una democracia de frases hechas en boca de bravucones, cuando no de ignorantes.
En este contexto, la imposible promesa del descenso del 30% halló terreno fértil. Y su impacto fue tan grande como la pasividad y la pasma del resto de las propuestas políticas. Finalmente, Jaque consiguió lo que necesitaba: ser gobernador, en el mismo instante en que los relojes comenzaron una lapidaria cuenta regresiva. En el fondo, no sólo extraños sino también aliados anhelaban comprobar si la promesa de marras, a fin de cuentas, venía en serio. A poco de andar, todos descubrieron que no.
Nada tardaron en llegar los delitos resonantes y hasta los espeluznantes, como el crimen del bebé de 14 meses Román Ciraudo, en Lavalle. Así, Jaque, como a él le gusta decir cuando se lamenta, se quedó “sin luna de miel”. Y los propios comenzaron a hacer mutis por el foro y los extraños se envalentonaron y alzaron sus quejas y aquí estamos.
Como telón de fondo, los delincuentes siguen haciendo de las suyas y la policía sigue haciendo lo poco que aprendió a hacer: navegar en la oscuridad. Y la seguridad no empieza y ni siquiera termina en las acciones policiales.
La “democracia del espectáculo”
Por esto, a esta altura, debatir en torno a un “Día D de Jaque” es también artificioso. Es como juzgar el valor de su palabra, cuando los aconteceres en sí mismos se encargaron de hacerlo. Mañana, nos levantaremos y seguirán pasando las mismas cosas y seguirán sin contestarse las mismas preguntas con las que nos acostamos. Y no habrá respuesta.
Probablemente, la misión que nos queda para reconstruir una democracia de políticas de Estado es trabajar en una dimensión diferente: sacudir la modorra y analizar qué ha pasado en los últimos años con la seguridad en Mendoza, incluyendo la Reforma policial y las tres fuerzas mayoritarias de Mendoza fracasando con rotundo éxito al intentar gestionar nuestra seguridad. Ahora, mañana, quizás sea tiempo de revisar, discutir, evaluar y replantear. Nada de esto se está haciendo.
En el mejor de los casos, las gestiones en seguridad han gastado sus mejores esfuerzos en tratar de salir airosos de la coyuntura, mientras hacían malabares para evitar algún que otro crimen horrendo y también para acordar alguna forma de acuerdo con la tremenda corporación que es la familia policial.
De este modo, se han ido dando las cosas, mientras debatimos durante estos 10 años cuáles son las cifras y los mapas del delito, pero sin ofrecer formas rigurosas de cuantificar las acciones para prevenirlo y combatirlo.
La seguridad es de todos
¿Por qué parece que ya nadie habla de prevención? ¿Por qué nadie pone en debate un plan realizable? ¿Por qué no faltan quienes consideran que la ciega “mano dura” puede ofrecer algún tipo de solución? La impresión general es que la realidad se vuelve indescifrable; el delito, inexpugnable; la policía, inmanejable; los políticos, inimputables y el miedo, rector de las conductas generales.
Nada más alejado del concepto de seguridad. Luego de todo lo que hemos vivido, tal vez sea hora de poner la seguridad en manos de dirigentes serios y formados, apoyados por equipos de expertos con visión estratégica y no por discursos de campaña, triquiñuelas de publicistas o visiones iluminadas de periodistas y analistas.
Seguridad no es sinónimo de más policías, armamentos, móviles y chalecos antibalas. Un plan de seguridad democrático es claramente algo más complejo, que involucra también el desarrollo de planes sociales en todos los niveles, que generen alternativas de vida saludable, en un ámbito general de igualdad de oportunidades y justicia social.
La seguridad no debe estar sólo en manos de policías y funcionarios. Seguridad es sinónimo de participación comunitaria: uniones vecinales, justicia, universidades, municipios, gobierno central, fuerzas de seguridad, organizaciones de la sociedad civil, empresarios, profesionales, todos somos parte importante del plan que pretendemos. Si un plan de seguridad no consigue involucrar a estos actores sociales, pues es un plan que irremediablemente va destino del fracaso.
Por eso, desde MDZ, ponemos el acento en el día de mañana, el día después de este imposible “-30%”, en el que muchos necesitaron creer. En este sentido buscamos modestamente ser un canal de aportes para una construcción democrática.
En medio de la profusión de luchadores, víctimas, encabronados, inútiles, cretinos, desesperanzados, inocentes, corruptos, eruditos y delincuentes de toda monta, debe surgir lo mejor de los mendocinos: la capacidad de unirse en pos de una obra entre manos. Ya lo hemos hecho antes y sobran manos limpias para hacerlo ahora.
Tal vez sea el mejor ejemplo que podamos dejar a los que amamos.