Los cuentitos del poder

De tanto amenazar que el lobo viene, el grito pierde fuerza.

 “Hay sectores concentrados que quieren voltear este Gobierno con ayuda extranjera”, resonó la denuncia de CFK al comienzo de la semana. Una denuncia institucionalmente gravísima, que no tuvo (en general) demasiada repercusión. O por lo menos la que uno pensaría debe tener la denuncia de un jefe de estado sobre un plan para dar un golpe de estado a un gobierno democrático. ¿Por qué?

Las preguntan abundan. Los porque no se plantean solo en torno a la escasa repercusión de semejante acusación, sino también a preguntarse por las razones de la denuncia como estrategia política.

¿Sabes qué pasa?, me dijo un amigo. Es como el cuento del pastorcito mentiroso. De tanto amenazar que viene el lobo, el grito pierde fuerza, pierde efectividad.

Inmediatamente recordé las denuncias dias antes de la devaluación a comienzo del año que aseguraban que las cerealeras con quienes el gobierno acordo todos estos años impulsaban un golpe de mercado, me acorde de Luis Delia sobre un posible golpe orquestado por “el círculo rojo” ante la inminencia del gigantesco cacerolazo conocido como el 8N en noviembre de 2012, también recordé el anuncio de Kunkel del “intento de un golpe institucional para que Lorenzetti sea Presidente” y hasta recordé las denuncias de un golpe en tránsito en medio de las protestas agrarias de 2008. Y la comparación con el cuento no pareció tan descabellada.

También caí en cuenta que no es un hecho aislado y que la política de estos años se compara y se puede explicar claramente en el ámbito de otros grandes clásicos de la literatura infantil. Les cuento.

Ante una realidad que no suele ser complaciente con los “deseos” de la clase política el gobierno recurre una y otra vez al “relato”. Esa especie de espejito que brinda siempre el reflejo requerido. Como el que usaba una y otra vez la reina de Blancanieves para preguntar: “Espejito, espejito quien es la más linda del reino”. Y el espejo obediente siempre contesta: ud. Sin embargo de a poco nos vamos enterando que el reflejo no es gratis, que nos cuesta a todos cada vez más caro. Y así esta semana con la publicación del informe “El costo del relato”, Hernan Reyes de la Colición Cívica, basándose en datos oficiales le ponía números al espejo y nos contaba que el gasto del Gobierno en publicidad oficial pasó de $ 39 millones en 2003, a $ 3.193 millones diez años después, un aumento de 8.087%, según el informe. Pero al igual que en el cuento, a veces hasta el espejo falla y ya pocos creen en esa imagen construida sobre la base de millones de pesos del estado.

Sin embargo durante muchos años esa imagen reflejada sirvió, y como en la historia del “Lobo y los tres chanchitos”, nos convencieron de que no hacía falta construir casas fuertes. En medio de la primavera económica, nos aseguraron que con los subsidios sociales, de paja y barro, alcanzaba para transitar la vida. Mientras tanto la construcción de una economía sólida, de piedra y ladrillos, una economía basada en la industria nacional y fuentes de trabajo estables quedó relegada a un segundo orden tras una montaña de soja y recursos naturales exportados.

Como en el cuento de La cigarra y la hormiga se dedicaron a despilfarrar los recursos del estado en subsidios millonarios a las grandes empresas de servicios, a las petroleras y empresas de energía culpables de la falta de inversión y la pérdida del autoabastecimiento energético y por supuesto en el religioso pago de una deuda externa que comprobamos una y otra vez es ilegítima, ilegal y fraudulenta. Y ahora, cuando el presupuesto se nos escapa de las manos entre pagos a especuladores extranjeros, importación de energía y sostenimiento de servicios que no funcionan, nos damos cuenta que en la última década se comieron La gallina de los huevos de oro.

Pero para que consintamos esto no alcanzaba solo con el espejito del relato, entonces empezaron a engordarnos con golosinas políticas, casi como la bruja a Hansel y Gretel.

Y nos comimos el chocolate de La Ley de Medios que a 5 años de su aplicación solo engordó al consorcio de medios cercanos al gobierno, dejando en la sala de espera a aquellos medios alternativos, comunitarios y populares que la habían impulsado.

Nos atragantamos con el caramelo de los derechos humanos para terminar teniendo que pasar el mal trago de tener al frente del ejercito a un militar sospechado de participar en la dictadura como Milani, o a un militar como Berni al frente de una fuerza de seguridad como gendarmería más preocupados por contener y reprimir las protestas sociales que por defender las fronteras agujereadas como un queso grougier ante el paso de los carteles narco.

Degustamos maravillados los números de la economía que el dispenser de boletines optimistas, en el que se trasformó el Indec, disparaba cada mes. Hasta que fue imposible darle buen gusto a las cifras del empleo y la pobreza y la canilla se cerró bajo la idea de que si no se dice, no existe.

Una y otra vez se disfrazaron de abuelita ante una sociedad que, como Caperucita Roja, ante el evidente empeoramiento de la economía, la inseguridad o el narcotráfico empezaba a preguntar por esos dientes, esas orejas o esas patas tan grandes que se tornan cada es más indisimulables bajo la sábana del relato. “Es para viajar mejor”, dice Randazzo cuando le preguntan porque pudiendo fabricarlos con trabajo argentino, seguimos importando trenes de China.

Y ahora cuando le vemos las garras al lobo, cuando descubrimos que nos engordaron solo para comernos, cuando el viento sopla amenazando con derrumbar la precaria casa de la economía local, cuando llego el invierno de la economía mundial que llevo la soja a la mitad de su precio nos empezamos a preguntar porque creímos en tantos cuentos.

Y la pastorcita vuelve a repetir: “No es problema de la economía, estamos siendo atacados duramente desde afuera, y por la especulación que hacen grupos concentrados y exportadores para ganar y presionar a un dólar que favorece a unos pocos”.

Ojalá que al final de este cuento, por lo menos hayamos aprendido la moraleja. Porque de lo contrario esta historia habrá servido una vez más solo para que nos vayamos a dormir soñando algún sueño que no podremos concretar al despertar.