Comencemos relatando un caso que es paradigmático. Conozco a un hombre que hace pocos años pudo formar una familia, pero esto lo hizo luego de conseguir un trabajo estable tras cumplir su condena en la Penitenciaría de Mendoza.
Sus buenos años pasó dentro de la Casa de Piedra, pero los aprovechó mucho, tanto porque desde el encierro comenzó a estudiar la carrera de Lengua y Literatura, gracias al programa de educación en contextos de encierro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, como porque entendió de qué iba eso de cometer un delito y tener que pagarlo con la cárcel.
El hombre al que nos referimos, en sus tiempos de ladrón (porque ese era el delito que cometía, robaba) tenía un compinche que nunca fue atrapado (y al que nunca nuestro hombre delató, porque códigos son códigos) y que con el tiempo, por supuesto, se fue de la provincia. Y acá viene la paradoja: ese que nunca cayó en mano de la Justicia por sus robos, ese que pudo huir y zafar de la cárcel, ese que dedicó mucho tiempo al delito, hoy es policía.
¡Ups!
Digamos que lo mejor que le podría pasar a la comunidad que confía parte de su seguridad a este policía es que el hombre haya entendido lo que implica vivir del delito y se haya arrepentido de su pasado, porque si no…
A ver, que quede claro: las personas pueden rever su conducta, pueden repensar su pasado, pueden, luego de una vida dedicada al delito, realilzar una actividad legal y hasta comprometerse con la humanidad, y ahí lo tenemos al hombre cuya historia repasamos escuetamente al comienzo de este texto.
Brevemente, entonces, revisemos lo que acabamos de decir.
Por un lado, es necesario que les demos crédito a todas las personas que cumplen o han tenido que cumplir una condena, que no estigmaticemos a quienes han tenido que estar en la cárcel o en algún contexto de encierro, y mucho menos que condenemos de antemano a alguien por su origen social.
Y por otro lado, como sociedad, hagámonos cargo de esos gritos que se elevan en reclamo de seguridad pero que entienden a esta como la aplicación de tan pasajeros placebos como incrementar la planta policial, porque cuando el concepto de seguridad se reduce a eso, dejando de lado más educación, más salud, más trabajo, más seguridad social, suceden cosas en extremo peligrosas, como que el Estado ponga armas en manos de gente potencialmente más peligrosa que un ladrón de gallinas.