Ahora que está todo tecnificado, que los celus y las compus, las tablets, los blacks y los blogs, conviene recordar que no hace mucho tiempo atrás, también teníamos problemas de comunicación. Es más, en alguna época conocí personas que tenían problemas de comunicación entre sus dos hemisferios cerebrales.
Vamos al punto. Si bien el protagonista de la anécdota que voy a relatar a continuación no tiene mucho de parecido con el fantástico Pierre Richard que en 1972 protagonizó la película "Alto, rubio y con un zapato negro", también era un despistado de novela.
Año 1977 (ehhh, diran uds, qué año: terremoto en San Juan-Gioja no habia nacido quizás-, y todos los preparativos previos al Mundial 78), escuela de zona semiurbana, Bermejo.
Protagonistas, los alumnos de séptimo grado, con una maestra más jodida que la que te jedi, pelo cortito, guardapolvos blanquitos, blanquitos y todas esas cosas que nos distinguian como las blancas palomitas (voto a Jacita Pichimahuida). En el grado, algunos con mejor poder económico, ya habían viajado al exterior a comprar televisores "a color"(los famosos RTA chinos), que aca no funcionaban, pero los "huevones" de acá, viajaban y compraban, sin saber que años después aparecería un tal Moreno que reíte de las compras. Bueno, prosigo, este individuo poseía un pasar más que agradable, pues su padre había dejado la chacra por el lucarativo negocio de los colectivos. Así las cosas, cambiaron azadon por un volante y de la noche a la mañana, se encntraban en una buena psoición económica. Tanto es así, que cambiaron alpargatas por zapatos nuevos y los guardapolvos empezaron a ser de marcas mas costosas. Cosas del consumo que le dicen.
Pero hete aquí, que un fatídico lunes, a la hora de formar para antrar al aula, alguien tuvo la delicadeza de mirar los pies del protagonista de la historia, y descubrió que calazaba en un pie, un hermoso, nuevo, lustrado, impecable zapato negro. Y en el otro pie, una embarrada alpargata blanca, con suela de cáñamo y todo... Por supuesto, que apenas se descubrió el encanto de esta especie de Cenicienta bermejina (Ceniciento, en todo caso), paso a ser objeto de burlas y chanzas de todo tipo. ¡Pobre! ¡Y después decimos que los niños no son crueles!!
¡Es que me levanté apurado, no había luz y me puse lo que encontré a mano! Fue la fatal excusa del perjudicado. ¡¡Peor!!
Por supuesto, todo el año duraron las gastadas, y no hubo cumpleaños, fiesta o reunón escolar en las cuales no se hablase del despistado muchachito. Entiéndase bien; no teníamos tantas cosas como para entretenernos en esa época, por lo cual el mejor chiste era reemplazado por la historia y por su protagonista, que desde entonces cargó con el estigma de los cortes de luz. Y eso que antes no había De Vido ni nada, pero la anécdota se fue transformando con el tiempo en una leyenda, casi olvidada por los ex purretes.
Hasta hoy, ímpio lector, que tus ojos deseosos de lectura, la desenterraron de mi memoria.