Lino "Chiquito" Falcón, un adorable desconocido

De cómo una extracción frustrada de dinero en un cajero automático puede transformarse en una enseñanza de vida, si no tememos a los desconocidos.

Foto: Máximo Arias
Foto: Máximo Arias

Me pasó hace un rato. Todavía tengo en mi mano la tibieza de la mano de Lino “Chiquito” Falcón y una sensación de agradecimiento que brotó ni bien lo vi alejarse, dejándome pedazos de su historia, pero no era así como debía comenzar esta columna. Empecemos de nuevo.

Bajo del auto como un idiota que soy y echo a andar mis músculos como un esclavo que rema en la bodega del barco. Me muevo por la playa de estacionamiento como se mueve el ciervo más estúpido del rebaño; camino como un autómata con fondo de tambor, como un polaco vestido de cebra en un campo de concentración.

Soy un borrego más, un producto acabado de la lógica mercantilista. Soy, a la vez, dócil heredero, víctima y victimario del capitalismo salvaje. Pago mis impuestos y ejerzo la connivencia cínica de trabajar con un fin de lucro y creer, al mismo tiempo, que así son las buenas personas: que lucro y honestidad son astillas del mismo palo, que un rico, un cobarde, un obediente o un avaro, al fin y al cabo, entran al Reino de los Cielos, si tenés la suerte de que el portero le ponga un poco de onda y vista gorda al examen de debes y de haberes. Si total, nunca hice nada bueno, pero tampoco le hice mal a nadie.

Esquivo autos estacionados y voy, convencido de mí mismo, a un cajero automático que hay en el hipermercado Libertad, que fue construido a tres cuadras de mi barrio, en un lugar donde antes había olivos y viñas, donde robábamos uva y hondeábamos torcazas a la siesta, junto a mi escuela primaria, que sigue de pie, como un árbol que no se cansa de dar frutos y mantener sus esperanzas. 

- ¿Usted sabe dónde tomar un micro para llegar a los cajeros de la plaza Godoy Cruz?

Digo que no, sin reparar en quien me pregunta, porque estoy pensando cuánto dinero necesito extraer. Llego al cajero y en el cajero no hay plata. Entonces, reconstruyo la escena anterior y recupero la imagen de quien me inquirió: era un hombre mayor, un abuelo muy humilde, tímido y diminuto. Un hombre que necesitaba más que yo obtener efectivo y que estaba con las manos vacías.

Así, de pronto, y sin mayor razón, sucede el milagro: caigo en la cuenta de que hasta unos segundos me importaba más sacar billetes de una máquina que tender una mano a un ser humano que me la pidió. ¿Qué he aprendido yo, luego de mi paso por el mundo, si resulta que unos sucios billetes pueden captar mi atención más que un abuelo y todo el portento que la humanidad concentra en él, como la concentra cada uno de nosotros?

Salgo a la playa, subo a mi auto y comienzo a buscarlo; salgo a la calle e insisto, hasta que lo encuentro, caminando lento, por una vereda oscura. Me bajo y la explico que hace unos minutos me hizo una pregunta y que lo voy a llevar adonde me diga, porque no hay nada más importante para mí que darle una mano. Él me cree y acepta y lentamente, sube al auto. 

Así, comienzo a conocer a Lino Falcón, el “Chiquito”, quien me cuenta que vive en el barrio Sarmiento, al oeste de Godoy Cruz, junto a “El Pozo” y al pie de los cerros y que toda su vida ha sido albañil, aunque también trabajó en Fabril Casale. Como muchos millones de personas y, en particular, como cientos de miles de abuelos en el país, él vive ahora una vejez muy digna, dentro de su pobreza, dedicando su tiempo a disfrutar su familia, a ver, en la televisión por cable, algo de boxeo y algo de fútbol y películas y series viejas como “Bonanza”.

No le gusta quejarse, me dice, aunque, echando mano a su imaginería de albañil, “a veces siento como si tuviera una hormigonera en cabeza” (¿quién, alguna vez, no ha sentido tortura semejante, por el mero hecho de existir, de deber interactuar, sobreponerse o tolerar?).

Sin embargo, me explica, normalmente él no es así: “¿Sabe qué pasa, m’hijito? Soy una persona muy sensible. Me duele mucho el dolor el dolor de los demás. Por eso, lloro cuando veo, en el canal 70, el programa mexicano de Laura, y las mujeres cuentan cómo les pegan sus maridos. Yo los metería presos a todos esos juna gran putas que le pegan a las mujeres. ¿Y por qué se quedan con ellos, si les pegan? Igual nunca hay que odiar a nadie”.

Casi llegando a su Banco de la Nación en la plaza Godoy Cruz, el “Chiquito” me cuenta que nunca ha querido nada para él, que todo lo que tenía lo dio y que así aprendió a ser feliz. Me desea buena suerte, me agradece y le agradezco, me sonríe y se va, caminando despacio.

Despacio, vuelve el mundo y sus mezquindades. Saco mi libreta y escribo: “Me pasó hace un rato. Todavía tengo en mi mano la tibieza de la mano de Lino ‘Chiquito’ Falcón y una sensación de agradecimiento que brotó ni bien lo vi alejarse, dejándome pedazos de su historia…”.

Me voy a mi casa a escribir sobre lo conocidos que son nuestros desconocidos y sobre las historias que, en el pecho de cada uno de nuestros semejantes, nos están esperando, para nutrirnos.

La plata puede esperar; los sustantivos y los verbos, no.



Ulises Naranjo.