Decía Fabio Alverti en aquella cumbre del humor en televisión llamada “Todo por dos pesos”: “¡¿Qué nos pasa a los argentinos, estamos locos?!” Luego de esa pregunta, más retorica que otra cosa, se entregaba al más gracioso delirio mientras hacía garabatos en una pizarra. Aquel esquicio (que no hay que confundir con su versión descafeinada que realiza ahora en el programa de Majul) me hace pensar en lo que está pasando últimamente, y me permito formular mis propias preguntas.
Roberto Pérez.
¿Como es que nos las arreglamos para encontrarle un problema a cada solución? ¿Por qué cuando las papas queman no tratamos de enfriarlas en vez de echarle más leña al fuego? ¿Amamos el fracaso más que a nosotros mismos? Todo esto y más se han preguntado también muchos pensadores, periodistas, opinadores de café o de tele, gacetilleros a sueldo, letristas de tango y chantunes varios. Pero las respuestas no aparecen, y el pescado sigue sin vender por más que a partir del Bicentenario de la patria nos quieran hacer creer que somos maduros por decreto.
Esta quincena que pasó fue otra de esas en las que pareció que nos llevaban todos los demonios, con declaraciones como proyectiles arrojadizos, enredos dignos de una comedia de Neil Simon, rumores hasta en 3D, misterios insondables engordados por quienes deberían aclararlos de una vez y para siempre, especulaciones baratas sobre el futuro cercano (más algunas demasiado caras) y piñas y patadas que empezaron a volar entre gente que piensa distinto, o de manera opuesta, si lo prefieren. Y ahí es donde quiero detenerme, porque al parecer ya casi nadie se conforma con manifestar sus diferencias con el prójimo a voz en cuello. Y ni siquiera alcanza con la descalificación artera, el golpe bajo dialéctico, los “carpetazos” para exponer turbios pasados o con el insulto liso y llano, ese menú que veníamos sirviendo en los medios hasta ahora. Entonces es cuando empiezan las trompadas. Ya lo vimos cuando se quiso aprobar el revalúo de inmuebles rurales en la inmanejable Provincia de Buenos Aires (al menos la primera vez que se intentó), más tarde en la cobertura oficialista de los micro cacerolazos opositores y luego con las agresiones a periodistas que iban a mostrar las consecuencias de un dudoso episodio violento en un hospital bonaerense, más una lluvia de huevos contra un alto funcionario porteño. Nada que no haya pasado antes, desde ya, e incluso a escala enormemente mayor, con decenas de muertos desparramados por ahí. Pero este clima que para algunos es de crispación y para otros de “Cris-pasión” le está nublando las entendederas a más de cuatro, y dado que está película ya la vimos, se puede coincidir en que sabemos como empiezan estos descontroles, pero no como terminan. Final abierto.
Pero claro, estos desboles siempre los empieza alguien, y ahí la cosa se enreda más. “¡Si, fue este gobierno montonero-estatista-fachozo-expropiador-pesificador y garcador el que comenzó a presionar a los opositores, a la prensa indócil y a todos los que no se inclinen ante ELLA, que se cree la emPERRAtriz del universo!” (dicen los contreras que nunca faltan y andan envalentonados en estos últimos días). “¡Minga! ¡Son los oligarcas-fracasados-antipopulares-cipayos-proimperialistas-PRO a secas-vendepatrias clarinistas y fachozos!” (Alegan desde el oficialismo, cerrando filas tras la figura presidencial. Noten ustedes que la acusación de facismo se repite en ambas despotricaciones...curioso).
Así las cosas, pronto no sabremos quien encendió la mecha, pero habrá algo seguro: alguien lo hizo, y cuando hayan menguado las pasiones de la hora seguro que nos pasamos una década o más facturándonos las culpas pequeñas y grandes de cada quien. Lo de siempre: pasarse la pelota de unos a otros hasta que le llegue al Gran Bonete, ese que siempre termina siendo culpable de todo y por todos.
Nada de eso pasaría si no hubiera algunos provocando, y a eso me refiero con todo este chamuyo. El problema es que a veces es difícil si no imposible diferenciar el sacrosanto derecho a manifestar o a informar con provocaciones lisas y llanas. Ejemplo: Los camporitos tenían todo el derecho del mundo a hacer una contra-manifestación en apoyo al revalúo rural bonaerense y para responder a la marcha de repudio al mismo aumento que hacían los ruralistas. Pero para cada uno, lo del otro fue una vil “provocación”, de modo que alguien no dudo en revolear alguna botellita de plástico primero, una piedra después y ganchos de izquierda o patadas voladoras a los pocos segundos. En el porteño cuan cheto Barrio Norte, trabajadores de prensa del canal público ejercían su derecho/obligación de informar sobre los pequeños cacerolazos que estaban haciendo personas enojadas (enojadas porque no podían comprar dólares...y pensar que cuando empezaron los cacerolazos, alla por 2001, eran porque no se podía comprar comida. En fin...) y cuando los caceroludos vieron los cubos de los micrófonos con logos de Canal 7 y del demonizado (al cuete) programa “6,7,8”, olvidaron que apenas estaban ejerciendo el innegable derecho a manifestarse y les dieron a los periodistas para que tengan, guarden, regalen y hagan escabeche.
Pasándolo en limpio: desde las usinas del periodismo oficialista se entendieron esos caceroleos como una “provocación” al gobierno y fueron a ver como era la cosa, mientras que los caceroleantes tomaron la presencia de esos periodistas como una “provocación”, y les pegaron hasta debajo de la lengua. ¿No estaremos confundiendo el ejercicio del derecho de reclamar y protestar por lo que a uno se le chifle con la intención de mojarle la oreja al que supuestamente nos jode? Es que son cosas distintas, amiguitos...Vimos aquí mismo que hubo un cacerolazo mendocino, el jueves por la tarde/noche, con protestones que chillaban por la inseguridad, las mentiras del INDEC, Moreno, la inflación y asuntos varios (si bien mucho me temo que el motivo principal era que consideraron mancillado por parte del gobierno al principal icono de la clase media argenta, tótem sagrado y objeto de compulsivas adoraciones: el Dólar) y fue en sincronía con otros en el país, empezando por el groso de Plaza de Mayo...aunque hasta TN decía que había unas 2000 personas, lo cual en esa plaza es como que se pierden un poco. La cuestión es que cuando empezó el de Mendoza, a los pocos segundos un grupo de partidarios K ocuparon la otra vereda de la avenida principal, en apoyo incondicional a la administración Kristinista. Se sintió como un acto reflejo, como una reacción automática, como que saltó una liebre y provocó el salto de otra. Pero al menos no pasó de ahí: un bardearse de vereda a vereda de dos grupos de personas que no tenían mucho que hacer en una noche de frío endiablado, y se retrucaban con carteles improvisados y banderas no tanto. Que yo te muestro el cartelito que dicen “Moreno miente”, y vos me mostrás el de “YPF recuperada”; yo te muestro el que dice “Tenemos el 54% de los votos” y vos me refregás el de “Nosotros NO venimos por el chori y la birra”, y todo así. Medio ridículo, pero civilizado. Ahora bien: ¿Que hubiera pasado si se colaba algún loquito que se sienta la reencarnación del Che Guevara y le largaba un botellazo a los de enfrente, o si desde la otra vereda un fachoide nostálgico de dictaduras sacaba un chumbo y apuntaba (solo apuntar, no pasemos de ahí en esta suposición) a los K? Seguro que se pudría el guiso, como ya ocurrió en otros lugares arriba mencionados.
O sea: Tomemos el diccionario, y comprobemos que “Protestar” y “Provocar” no son sinónimos, ni muchísimo menos. Apenas se parecen en que ambas palabras empiezan con P, y solo eso. ¿Estamos?
Hasta la semana que viene, y que todo sea en paz.
@robertomagno2