Quiero que alguien me vomite

Duda si sumarse. Él también está hastiado, pero hay cosas con las que concuerda.

Foto: Pachy Reynoso/MDZ
Foto: Pachy Reynoso/MDZ

Lado B

Antes de que dé vuelta en la esquina, una suerte de murmullo le llega. Tiene que pasar por ahí, porque trabaja en una oficina al oeste de la calle San Martín, pero deja el auto en una playa de estacionamiento al este de la San Martín, porque siempre son más baratas, así que tiene que pasar por ahí, y al llegar a la esquina ve que la multitud es grande.

Mira la hora y duda si sumarse o no a la movilización. Él también está hastiado, pero no entiende muy bien de qué, o mejor, sí sabe qué cosas lo hastían, pero también sabe que hay cosas con las que acuerda, y por eso quiere sumarse pero no, por eso quiere irse pero no.

A los tibios los vomitaré de mi boca le inculcaron, y así fue como quiso evitar siempre ser tibio, pero también le inculcaron que los extremos son malos, entonces qué hacer.

Avanza lentamente, como si fuera a sumarse, como si no, como si cada una de las dudas fuera un peso extra en cada pierna, como si cada una de las certezas fuera un motor en cada pierna. Fuerzas que se oponen, fuerzas que le quitan las fuerzas.

A él también le gustaría poder comprar dólares para ahorrar, porque la inflación es una certeza aunque quieran negarla, pero le parece egoísta que algunos reclamen no poder ir de vacaciones. A él también le molesta que la carga impositiva sobre su sueldo sea cada vez mayor, pero no puede sentirse cómodos con esa gente que pide que no haya planes sociales. A él también le preocupa que haya periodistas que no puedan expresarse, pero está totalmente de acuerdo con que se termine con los multimedios que uniforman las voces.

Él también tiene muchas críticas contra este gobierno, pero nunca portaría carteles como esos que ve por ahí, esos que dicen “yegua”, “reina” u otros insultos que siempre asocia más a la condición de mujer de la presidenta que a críticas concretas.

Se pega a la pared para avanzar, porque en verdad es mucha la gente que hay, y entre la multitud lo reconoce al Tito, y piensa que si el Tito está ahí entonces él también debería estar, pero un poco más allá ve que unos pibes reparten panfletos, y eso lo hace recular con la idea. Ve remeras impresas a propósito de la fecha y mucha producción.

La puta madre, piensa, porque no puede decidirse, no sabe qué hacer y se siente incómodo. Acuerda y no acuerda, quiere escuchar que la presidenta le hable a él también, quiere que alguien lo represente a él también, quiere tratar de entender por qué hay que ser blanco o negro. Quiere que alguien lo vomite de su boca, porque se está yendo todo a la mierda por los extremos.

Está ahí, avanzando a paso lento junto a una masa de gente. Siempre le gustó estar en masas de gente, ser un anónimo que se anima a gritar, pero ahora no sabe si sumarse, y esto ya le pasó hace unos meses, el 24 de marzo, cuando llegó hasta el Kilómetro Cero y se encontró con que hasta la marcha contra el olvido estaba dividida. Y ese día optó por irse, porque sintió que estaban ultrajando la memoria.

Sin querer, al menos sin darse cuenta, ya dejó atrás a la multitud. Sin consciencia, en algún momento atravesó esa marea humana. Se siente bien, se siente mal. Quiere quejarse pero no quiere sumarse. Quiere sumarse pero no concuerda con la queja.

Quiere sentir que puede participar, quiere sentir que no está en un extremo, quiere ser tibio. Y quiere saber cómo es que el encargado de la playa de estacionamiento está escuchando un partido por la radio como si nada estuviese ocurriendo dos cuadras más allá.