Un llamado a la resistencia

"Empezarán las migraciones de los traidores para agazaparse en otro paraguas", anticipa Padilla en una nueva columna.

Más despejado, con dolor todavía y recuperando el ánimo, voy a decir lo que pienso. No me importan las agresiones recibidas ni por recibir. El que dice queda expuesto siempre, el que calla queda libre en su silencio. “Ni Pena Ni Miedo” como dijo el poeta chileno Raúl Zurita en Atacama y dejó grabada la frase en la montaña.

El domingo pasado, los que creemos en un proyecto que obtuvo vastísimos logros en lo social, cultural, económico y derechos humanos en doce años recorridos, hemos perdido. Ante un huracán subterráneo imprevisto, que ni ellos ni nosotros lo vimos venir. Pensamos que era Mendoza la isla del paraíso del odio. Y no, ha sido la mitad y un poco más, del país. Porque a Macri hay sumarle a Massa, que propone aviones y allanamientos en los barrios populares. Sabemos que ahí no está la solución, en esas propuestas duras y tenebrosas.

Nosotros, los que pensamos que la vida es inclusión, conquista de derechos, diversidad de la palabra, justicia con el más débil, no tomamos la sopa de ese plato. Entonces son muchos más lo que piensan distinto. 9 millones de argentinos tenemos un proyecto y no un spot televisivo. Porque hemos transitado doce años viendo cómo se salvaban generaciones de la muerte segura neoliberal, esa guadaña que manipulan los ricos. Ha triunfado el hastío de unos sectores que por querer cagar más alto luego de mejorar sus condiciones en el marco de nuestras políticas, nos castigaron en las urnas, votando lo equidistante.

Votar a Macri es tragarse el propio vómito. La democracia concebida así es letal a veces con los sectores populares. El voto, ese acto que en sí puede derribar una era de conquistas, no garantiza la libertad. Nos hemos sometido a un sistema que gobierna a través del ánimo tecnológico. A medios de comunicación que no han escatimado en machacar la conciencia. Nosotros cometimos más que errores. Tenemos: dirigentes corruptos y gordos. Jóvenes que viven en el confort de una época que les tocó en suerte. Intendentes que gobiernan como si su municipio fuera un club social donde se eligieron vitalicios.

El peronismo encontró su límite pero también el kirchnerismo más puro y nuclear en torno a la Presidenta. Fuimos buenos con los de enfrente y mezquinos con los nuestros. El sectarismo político, las mafias dirigenciales clásicas, el mercadeo de ideas para retener el escritorio y la chequera se hizo carne de un proyecto que se armó de la nada con un tipo como Néstor que con el 22% de los votos remó contra toda corriente. Por negociar nos olvidamos de cuestionarnos. Por no hablar en el momento justo nos perdimos la oportunidad de poner en discusión las bases de desigualdad del sistema en que vivimos. Al capitalismo no se lo puede apachachar. Al capitalismo se lo combate en distintos frentes. Y si bien es desde las herramientas mismas del Estado como se promueven los cambios y transformaciones, nos hemos quedado ahí, en las herramientas del Estado.

Perdimos la gran oportunidad de avanzar en otras direcciones. El conservadurismo, el miedo a perder votos, hace tiempo nos hizo conservacionistas. El enemigo nunca descansó y buscó el hueco, el quiebre, la fisura para darnos guadaña. Y la encontró el domingo.

Vamos a ir a un balotaje con el alma dolida, con desconfianza y encima con cagadores al interior. Empezarán las migraciones de los traidores para agazaparse en otro paraguas. Muchos ya perdieron la nobleza. Pareciera que no nos queda un gramo de valentía. Dirigentes perdedores que no se hicieron cargo para correrse a tiempo por voluntad propia. Uno, que reconociera algo.

Hablo del país, no solo de la provincia. Somos un movimiento que sirve para los incendios. Hemos permitido que los medios funcionaran como se les dio la gana. Nos olvidamos de nuestros medios, los chicos, los comunitarios, los de abajo, los que día a día hubieran construido ese espacio, esa trama de araña infranqueable de conciencia popular, para que no venga un carnicero a decirnos que los pobres son todos chorros y el Estado los subsidia. Les dimos el poder a los que ya lo tenían.

Perdimos las calles. Por los medios perdimos las calles. A una marcha de odio no le respondimos con una marcha del proyecto. Dejamos hacer y deshacer. Nuestros dirigentes se prestaron a las operaciones y generaron operaciones. Tanto, que se hicieron cirujanos. Los profesionales de la política que ayer habían perdido el norte hoy nos enseñan a callar. Y así, callando y callando el silencio va haciéndose hondo.

Nos dejamos robar banderas. Se nos fueron muchos jóvenes a la izquierda. Se nos fueron muchos veteranos a la derecha. No creamos una tendencia revolucionaria. Quizá sea esta la hora. Después del cachetazo y las trompadas. Fuimos manada ciega por momentos.

Más allá de lo que pase el 22 de noviembre, acá nadie está muerto. Las calles nos esperan para defender todas las conquistas. Sin esperar las órdenes de nadie, cuando todo esto sea un palo, habrá que salir de la comodidad. Nos odian los de enfrente y ellos sí que no perdonan. Nosotros, hemos sido demasiado liberales. Nos faltó pedagogía popular.