Nos han hecho creer que son los hombres, y los nombres, quienes llevan adelante las transformaciones de un país. Cientos de miles de notas periodísticas ponen foco en el tipo, la persona, “el candidato”. ¿Cómo se viste? ¿Qué dijo ayer? ¿Dónde es que vive? ¿Cuántas propiedades tiene? ¿Qué religión practica? ¿Su hijo se droga? ¿Vacaciona en Punta del Este? En fin. No obstante constituyen superficialidades a la hora de pensar un país, aquellas preguntas, debo reconocer, forman parte del análisis en una elección, porque en definitiva, a la política la han transformado en eso: en nombres y hombres, vida privada hecha pública, travestida por profesionales sin alma, técnicos de un know how gélido, presto a la escenificación, que reemplaza y obtura el protagonismo real de los pueblos. No digo la gente, porque “la gente”, está en los kioscos. O sea, la gente, no existe.
Son responsables por supuesto, los mismos sátrapas de las estructuras partidarias que se olvidaron de la democracia interna en los partidos, esa que alguna vez supo llevar la voz colectiva de su militancia en torno a un proyecto consensuado, luego de discusiones y reflexiones orgánicas. De eso quedan retazos. Miren ustedes –disculpen la grondoneada- el término “sátrapa” es de origen griego (protector del territorio o país) y designaba a los gobernadores de “las satrapías” o provincias, del antiguo Imperio Persa. Sátrapas que vuelven en su versión futurista. Ahora bien, las carompas de los candidatos en los afiches y publicidades en la tele, no dicen nada. Ninguno de ellos, de cualquier partido, puede mentirnos más con esas caras de slogans. Maquillados, trajeados, de sport, simpáticos o serios, caras de populacheros o ladinos, todos, falsos fetiches iconográficos, no existen. Puro maquillaje, cosmética barata en tiempos visuales.
Demás esta decirlo: nadie discute ni discutirá proyectos en esta coyuntura electoral. Pero debemos hacer “el esfuerzo intelectual por leer” aunque más no sea, entre líneas y gestos. Lectura sintomática, solapada, oculta u ocultada, que nos permita deshojar la margarita, al fin, para tomar “una” decisión reflexiva, balanceada, sin pretensiones, dejando de lado la pisiútica actitud purista e inmaculada que sólo ve suciedad en el campo, humedad en el pasto, arena en la playa. Habrá que ensuciarse estimados. Es la vida misma.
No nos queda otra. Así estamos en este mundo vacuo de la política. “Son la cara misma”, diría mi hijo. Pero son los que están y que supimos conseguir. Hacéte cargo viejo, ¿O vos no tenés alguito de Cobos o de Jaque, de Bermejo o de Sanz, de De marchi o de Leiva? “Todos unidos nunca triunfaremos”, por eso, pensemos con un poco más de vuelo y dejemos las caras y los nombres, vayamos al grano y ejercitemos la abstracción para inferir dónde es que están parados los candidatos, en qué barco navegan, e imaginemos aún mas, las costas sobre las cuales han de encallar. Siempre será así: lo importante del viaje es el viaje.
Nada ni nadie será impecable en la política. Todos tienen su muertito en el placard y más de uno cagó a otro/s, ¡Qué va!, a millones. Pero nos toca votar y no botar. No sé si me explico. Votemos y no botemos. No sé si me sigo explicando. La palabra “modelo” a muchos no les gusta. La noción de “proceso histórico” a otros los embrolla. El manoseado término “proyecto” a varios les importuna. Pero creo son esas categorías las que debieran recuperarse y poner en discusión, y no la miseria personalista de los voyeur. En este caso, la pinta es lo de menos cuando está en juego el presente, porque el futuro llegó, hace rato.