Las pirañas de Carlos Fader

Soy ciudadano americano y me afinqué en Mendoza para invertir mis ahorros de años de trabajo en colocar un bar de jazz al estilo americano a metros del kilómetro cero, en la vereda del hotel Huentala. El cual fue denominado “Fin Sin” e inaugurado con bombos y platillos en diciembre del 2006, con recitales ejecutados por figuras del calibre  d Valentín Cora, el zurdo Paz, kuselman, Natalio Faingold y  otros decanos del sonido como el multi instrumentista Eduardo Pintos que tocaba todos los jueves.

El público integrado por periodistas, fiscales , artistas o el infaltable ex director de la orquesta sinfónica David Hendel, vivió el apogeo del “Fin Sin” una época de oro que reunió los mejores elementos de nuestra música y “vuestra vitivinicultura”.

Obviamente firmé un contrato (de 6 años) para alquilar aquella propiedad de los descendientes del Gran bodeguero italiano don Pacífico Tittarelli. Don Pacífico hubiera sido, con certeza: honesto. Sus descendientes no lo fueron, ya que a los nueve meses decidieron vender la propiedad desconociendo los términos de nuestro contrato, perjudicando mis intereses y lesionando, a mi entender, la seguridad jurídica que se lastima cuando se burla la justicia.
Una inescrupulosa camarilla puso palos en la rueda de mi negocio. En complot con mi abogado malograron mi empresa. El abogado encargado de pagar el alquiler del local desvió los fondos hacia su bolsillo. Al tiempo que los dueños, leguleya mente buscaron la vuelta en la municipalidad capitalina para forzar la clausura del local que ya había sido habilitado. y así cumplir sus objetivos de vender o realquilar el local de Primitivo de la Reta 1053 burlando el contrato firmado.

El sueño maravilloso se volvió una pesadilla cuando entre algunos abogados y empresarios del rubro inmobiliario, me estafaron expropiándo mi sueño y mi dinero.

Entonces les dije nos vemos en la corte. Y confiadamente allí acudí, donde ya fueron imputados de delitos civiles y penales los responsables.

Hace un mes recobré un poco la confianza cuando la justicia mendocina imputó y condenó a 4 abogados que estafaron a sus clientes igual que a mí.

Al leer las notas pensé, “no son 4 sino 5”, aquí falta el mío, que tiene el nombre del que indultó a Videla y paradogicamente, el apellido es como la segunda persona del imperativo de sangrar.
No tendría inconvenientes en ser mecenas del arte cuyano, pero no me agrada en absoluto, como a nadie, que los cuervos metan las uñas en mi billetera.

La historia, maestra de vida, muestra que hubo otros inversionistas extranjeros que pusieron su inteligencia y capital al servicio de la provincia y fueron también fueron defraudados. Como en el caso de Carlos Fader, un alemán que trajo a Mendoza adelantos como la luz y la energía hidroeléctrica y la explotación de petróleo para finalmente ser estafado por su abogado Severo del Castillo y una camándula de arribistas que lucraron con la política en aquellos años. A este que tanto favoreció a los mendocinos, le embargaron hasta los cuadros de su hijo Fernando, el del museo, con maniobras semi legales y artilugios jurídicos. Obviamente no me pongo a la altura de aquel gigante que fue Fader, sino que reflexiono sobre que injusta que fue la historia con él, al tiempo que toco madera pidiendo no ser uno más de los desposeídos que cae en manos de “las pirañas”. Si la justicia se equivocó en la historia con  Fader, ruego a Dios no lo haga ahora conmigo.

Armado de paciencia me hallo en vuestra provincia, ya no trabajando con la música, ni la gastronomía. Tampoco estoy jugando. Me encuentro aquí, gastando lo que queda de mi dinero en solventar mi estadía en Mendoza a la espera de una respuesta de la justicia que haga que recupere no sólo el dinero perdido, sino la dignidad, si es que eso tiene valor en estas latitudes.
Es por eso que tengo tiempo para tomarme la licencia de escribir estas líneas en español, para que a otro no le ocurra que “lo curren” y así, por lo menos, convertir en bien lo que a mi me ha hecho tanto mal.