En materia de esposas presidenciales, los demócratas tienen una ventaja contundente. Laura Bush es una figura fantasmagórica en comparación con lo que fue Hillary durante la presidencia de su marido Bill; y Cindy McCain parece una barbie imperceptible junto a la esbelta y notable Michelle Obama.
La ventaja demócrata tiene raíces históricas. Al fin de cuentas, la más notable de las primeras damas norteamericanas ha sido Eleanor Roosevelt. Una mujer de profusa vida intelectual y destacado activismo político en un tiempo de segundos planos para los roles femeninos.
Eleanor fue clave en levantar a su primo y marido, Franklin Delano Roosevelt, de la postración en que lo sumió la poliomelitis; y darle energía para avanzar hasta el despacho Oval de la Casa Blanca. Pero además del puntal que sostenía al presidente y recorría el país promoviendo la New Deal, la sobrina de Tehodor Roosevelt fue una activista política comprometida en las luchas sociales, que exhortaba a los pobres a “creer en la belleza de sus sueños” al tiempo que les exigía luchar por sus derechos: “nadie puede hacernos sentir inferiores sin nuestro consentimiento”.
Su notoriedad trascendió hasta tal punto las fronteras, que Harry Truman la llamó “la primera dama del mundo”. Entre otras cosas, por el rol que cumplió en la redacción en Naciones Unidas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la que la propia Eleanor llamaba “la carta magna de la humanidad”.
Había un antecedente notable: Edith, la esposa de Woodrow Wilson, vigorosa mujer que explicaba la “new freedom” (política económica y social de aquel gobierno demócrata) y la razón para entrar en la Primera Guerra Mundial mejor que su marido. Cuando un derrame cerebral paralizó a Wilson durante su segundo mandato, muchos coincidían en que fue Edith quien de verdad dirigió el gobierno.
Hubo otras formas de notoriedades menos politizadas. Por caso Jacqueline Bouvier, la esposa y luego viuda de John Fitzerald Kennedy, una mujer aristocrática, silenciosa y de extraña belleza que fascinó a los norteamericanos y contribuyó con ese fenómeno político que fue JFK.
En el campo republicano, se hizo notar esa mujer llamada Anne France Robbins, quien al convertirse en actriz de cine se rebautizó Nancy Davis, nombre con el cual se casó con el entonces presidente del Sindicato de los Actores, Ronald Reagan. Pero en materia de mujeres, el líder de la revolución conservadora fue más notable por haber atraído a las filas republicanas a dos figuras de particular vigor: Jane Kirkpatrick y Condoleezza Rice. Las dos, igual que Ronald Reagan, se iniciaron en el Partido Demócrata.
Bárbara Walker, la esposa del primer Bush presidente y madre del actual, cumplió con dignidad el rol de primera dama. Pero fue una dignidad sombría. Al menos así parece en el contraste con el activismo de Hillary Rodham, quien antes de ser primera dama figuraba en la lista de los cien mejores abogados de los Estados Unidos, y como esposa del presidente Clinton libró la espectacular batalla por la seguridad médica, en la que fue derrotada por las huestes ultra-conservadoras que comandaba Newt Gingrich.
Laura Welch, esposa de George W. Bush, ha cumplido un rol tan silencioso e imperceptible como su profesión: bibliotecaria. Mientras que Cindy Hensley, amén de la inmensa fortuna que amasó su familia en Arizona, no le ha aportado mucho a su marido. Sobre todo por su etapa escandalosa de adicción a las drogas y porque cuando la conoció en Hawai, John McCain abandonó a su primer esposa, que había quedado lisiada en un accidente automovilístico, para casarse con ella.
Conciente de que Cindy no tiene ni la imagen imponente ni el sólido discurso de Michelle Obama, y también de que estaba obligado a dar un golpe de efecto que saque de las pantallas la impactante Convención Demócrata, John McCain apostó a la designación de una mujer como compañera de fórmula.
Teóricamente, la designación de Sarah Palin debiera ser un acto fallido. La gobernadora de Alaska representa el conservadurismo duro que ama esa derecha religiosa a la que no puede seducir McCain. Es parte de la Sociedad Nacional del Rifle, defensora de la teoría creacionista y furiosa antiabortista de convicciones que se reflejan coherentemente en su propia vida.
En eso complementa al senador de Arizona, cuyo conservadurismo nunca tuvo rasgos recalcitrantes. Y sintoniza con él en eso de ser figuras outsiders, enfrentadas a las burocracias y los propios aparatos partidarios.
Lo que la bella Sarah Palin no aporta es experiencia. Hasta resulta ridículo que el candidato que critica a su adversario ser joven e inexperto para ocupar la presidencia, haya elegido como candidata a vice una mujer de 44 años que fue alcalde de una aldea diminuta y, desde hace sólo dos años, gobierna un estado despoblado como Alaska.
Eligiendo logró el efecto inmediato de llamar la atención y mostrarse osado y novedoso. Pero no pasarán muchos días hasta que la prensa y la oposición haga notar que Sarah Palin representa exactamente lo que McCain le cuestiona a Obama, y que Obama subsanó eligiendo a Joseph Biden como compañero de fórmula.
En todo caso, a la hora de elegir una mujer como vicepresidente, habría tenido más consistencia el nombre de Condoolezza Rice. Es una mujer brillante, que de niña se destacó como concertista de piano, luego se lució en las universidades hasta convertirse en una destacada sovietóloga experta en seguridad nacional.
Otra virtud de Condoolezza es que nunca estuvo contaminada con relaciones ocultas con grandes intereses económicos y armamentistas, como Dick Cheney y Donald Rumsfeld.
Seguramente, John McCain sabe que la bella gobernadora de Alaska no puede competir con la experiencia, la preparación y la inteligencia de la dura secretaria de Estado. El problema de Condoolezza es que es parte de la administración Bush; que apoyó visceralmente la aventura militar en Irak y que, al reemplazar en el cargo a Colin Powell, no pudo enderezar la trayectoria desvariante y aislacionista que imprimieron los halcones de la Casa Blanca.
¿El resultado? La búsqueda desesperada de una mujer y el hallazgo de Sarah Palin, quien posee varios atributos que seducen a la derecha religiosa, pero un punto débil que desnuda la contradicción de McCain: falta de experiencia.
Ventaja demócrata en mujeres
Así como Hillary Clinton fue una primera dama más notable que la gris Laura Bush, la imponente Michelle Obama eclipsa a la imperceptible Cindy McCain con su discurso y su trayectoria profesional. Esta clara ventaja de los demócratas en materia de esposas explica, en parte, el acto fallido de la elección de Sarah Palin en la fórmula republicana.