Los paraísos perdidos

¿Cómo es posible que una provincia con nuestra cultura del trabajo no tenga, justamente, planificado el trabajo que debe hacer por los próximos diez o quince años? Mendoza pierde terreno y oportunidad a nivel nacional e internacional. La solución política parece ser la obediencia al poder central, pero ni siquiera tal ejercicio riguroso ofrece como dádiva aquello que nos corresponde por derecho.



La reciente noticia de la reunión que el gobernador de San Juan, José Luis Gioja, mantuvo con el presidente de Brasil, Lula, nos ha motivado especialmente para reflexionar acerca de si Mendoza tiene o no una planificación estratégica para su desarrollo, asunto que ofrecemos en una serie de notas.

Sin dudas, todo apunta a indicar que tal planificación no existe. No existe ahora ni ha existido antes. En el mejor de los casos, hablar de planes de gestión a mediano y largo plazo no pasa de ser un discurso de campaña de algún candidato.

Hacer política en Mendoza consiste en intentar, por todos los medios posibles, ganar elecciones. Una vez que el objetivo se logra, los vencedores acceden a una responsabilidad que los excede; un ejercicio para el que no estaban preparados. Entonces, también en el mejor de los casos, hacer política desde la gestión consiste en convertirse en administradores de la crisis, aun en momentos de crecimiento.

Así es como el mundo nos pasa por encima. Así es como, una y otra vez, perdemos oportunidades que no regresan. Así es como dilapidamos las chances de subirnos al tren de la historia. Así es como nos vamos convenciendo de que “todo podría ser peor”. Así es como, incluso, llegamos a perder la verdadera noción del tiempo, cada vez más veloz: los mendocinos, da la impresión, pasamos de una década a otra sin mérito y los políticos también pasan si mérito y, tal vez por esto, cada vez cuesta más encontrar un viejo lobo de mar de la política respetado por cualquier bandera.

Desde MDZ, hacemos la siguiente pregunta con el mayor sentido de la sinceridad que tenemos: ¿alguien en la provincia puede estar convencido de que estamos por buen camino?

Perdemos posiciones a nivel nacional. Desde hace años, somos la provincia que menos ha crecido en el Nuevo Cuyo. No llevamos adelante ninguna estrategia de inserción internacional. No sabemos bien qué hacer con nuestros niveles de pobreza y exclusión, nuestra matriz energética, nuestra minería, nuestros relevamientos de datos, nuestras áreas petroleras, nuestro desarrollo logístico, nuestro uso del suelo, nuestras rutas, nuestras educación y cultura, seguridad, transporte, obras públicas. Estos males, vale aclararlo, no son propiedad exclusiva de esta gestión. Son de ésta y la otra. Y la otra. Y la otra y todas las demás.

Ahora, debemos ponerlos en el saludable lugar de los buenos vecinos y felicitar a los sanjuaninos. Y, con ellos, a chilenos y brasileños, porque han aprendido a construir, a negocias y proyectar.

Ante tremenda evidencia, decimos: ¿no sería bueno que nuestro mayor representante, nuestro Gobernador, convocara a los actores fundamentales de la sociedad civil para planificar la Mendoza de los próximos, al menos, diez o quince años?

Nada de esto sucede ni parece que vaya a suceder. En Mendoza, los administradores de la cosa pública están aplicando una teoría política singularmente ficticia, cuasi religiosa: gobernar significa concordar políticamente con el poder central (omnipresente y casi todopoderoso), a la espera que dicha actitud de obediencia se transforme en dádiva. Gobernar, así, se parece a creer, a tener fe: en la medida en que nuestra fe se cultiva, se hace más certera la posibilidad de acceso al paraíso.

Sin embargo, el paraíso no llega. Sucede así: el paraíso se promete, se milita, se defiende y se enarbola ante cualquier circunstancia. Sin embargo, el paraíso no deja de ser promesa.

Al final, quizás, lo terminaremos aprendiendo: como bien decía Jorge Luis Borges, los únicos paraísos que existen, son los paraísos perdidos. Y así, como nunca tuvimos estrategia ni capacidad de diálogo constructivo, quedaremos en Pampa y La Vía, aplaudiendo a los vecinos y con la casa que se nos viene abajo.