Juegos de guerra

"Si un país debe ir al combate con armas provistas por otro, su destino es, por lo menos, incierto".

El teniente coronel bolivariano y primer socialista del siglo XXI ha vuelto a sus orígenes militares y le ha dado por jugar a la guerra. Aspira a tener una ley de inteligencia que haga de todo venezolano un informante del gobierno, fiel a su manía de identificar su gobierno con la Nación.

Ya se produjo el obvio rechazo de la sociedad a esta aspiración políciaca, claro síntoma de que aunque la ley exista no serán muchos los dispuestos a ponerla en práctica. La reacción de Chávez fue la de anular ayer la vigencia de la ley, según dijo para corregir algunos errores. La reacción de la sociedad y la cercanía de unas elecciones que puede perder lo han hecho retroceder, pero, como él dijo varias veces, puede ser  "por ahora''.

En lo práctico, ha lanzado misiles en ejercicios de combate de la marina venezolana y el Ministro de Defensa, Rangel Briceño, ha dicho que ''nos sentimos felices porque hemos podido probar nuestro poder de disuasión'', en referencia a la siempre anunciada invasión de Estados Unidos.

Como militar y Ministro de la Defensa, Rangel Briceño debería saber que Venezuela no tiene la menor posibilidad en un enfrentamiento con los Estados Unidos. Más allá de que estos no tienen la menor intención de atacar a Venezuela, si lo hicieran el efecto sería devastador.

Por otra parte, deberían tomar nota de lo que amargamente aprendieron los militares argentinos en Malvinas, cuando lanzaron el último Exocet: la seguridad nacional pasa primero por el desarrollo industrial y luego por el armamento. Si un país debe ir al combate con armas provistas por otro, su destino es, por lo menos, incierto.

Lo descabellado de Chávez es, justamente, la falta de desarrollo de su país a pesar de los enormes recursos que le proporciona el petróleo. Falta de empleo, pobreza, desabastecimiento, defícit de viviendas, problemas estructurales en la educación y la salud pública, altísimo grado de inseguridad debido a la delincuencia común, todos problemas que tienen prioridad sobre la compra de misiles o de fusiles rusos.

La amenaza más grave que tiene hoy Venezuela no son los Estados Unidos sino más bien Chávez y su corte de los milagros, llena de oportunistas que se enriquecen cada vez más mientras aplauden y adulan al jefe máximo.

Entre amenaza y amenaza, entre insulto e insulto, Chávez se ha vuelto inconfiable para la comunidad internacional, que ahora debe ver con preocupación su armamentismo absolutamente innecesario. Las necesidades del pueblo venezolano aumentan por día, junto a su malestar y es muy probable que la hipótesis de guerra del teniente coronel bolivariano sea interna.

Ya dijo que si pierde las elecciones de noviembre será la guerra, una manera muy sui generis de entender la democracia concibiendo a los opositores como enemigos a los que hay que derrotar en todos los terrenos. Afortunadamente, el dos de diciembre pasado dejó abierta la esperanza de que la mayoría de los integrantes de las Fuerzas Armadas hagan primar el sentido común sobre las ínfulas del jefe. Así como lo respaldaron para dar vuelta ilegalmente los resultados de la consulta popular en este caso, es probable que no lo acompañen a reprimir a sus oonciudadanos porque, simplemente, no piensan igual que él.