Argentina ante la oscuridad

"El gobierno de Cristina Fernández prefiere concentrarse en sus conflictos con el campo, que protesta por el aumento a las retenciones a la exportación y emprenderla contra los medios de comunicación. A muy poco tiempo de haber asumido, la aceptación a la Presidenta cae de forma alarmante y las reacciones desde el poder no pasan del enojo y la denuncia de conspiraciones en su contra".

Argentina se acerca peligrosamente a pagar, nuevamente, el costo de su desdén por las instituciones y su viejo estilo de priorizar las formas sobre la realidad. De acuerdo a mediciones serias y a la propia experiencia de la gente cuando va de compras, la inflación aumenta. Las proyecciones más realistas la ubican en un treinta por ciento anual, mucho más de lo que el gobierno reconoce.

La primera reacción fue desmantelar el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) y colocar allí gente amiga que diera cifras agradables. Lo segundo fue presionar empresas y controlar precios, un camino infalible hacia una inflación alta.

El alza de precios no es incontrolable si se toman las medidas más elementales, sobre todo en un país que tiene una larga experiencia en procesos inflacionarios. La reducción del gasto público y la devaluación del peso tendrían un efecto inmediato. Pero el gasto público, que aumentó un 40 por ciento en el último año, sirve para alinear a gobernadores y alcaldes, siempre más leales a la caja que a un líder en particular.

El gobierno de Cristina Fernández prefiere concentrarse en sus conflictos con el campo, que protesta por el aumento a las retenciones a la exportación y emprenderla contra los medios de comunicación, al punto de proponer la creación de un Observatorio para controlarlos, pretensión absolutamente inútil que ya demostrara su ineficacia en la caída del segundo gobierno del general Perón, quien solía recordar que perdió el poder con todos los medios a favor y volvió triunfante del exilio con todos en contra.

A muy poco tiempo de haber asumido, la aceptación a la Presidenta cae de forma alarmante y las reacciones desde el poder no pasan del enojo y la denuncia de conspiraciones en su contra.

Contaba un veterano pescador en el Caribe que si se introducen los dedos en el agua, instantáneamente una barracuda girará hacia ellos abriendo sus dientes afilados. En la provincia de Buenos Aires, distrito clave en la política argentina, ya son muchos los que han visto los dedos bajo el agua y se preparan para morder. Desde el gobierno tratan de minimizar el anunciado retorno de Eduardo Duhalde, quien parece percibir ya en su cara el viento que se avecina.

Ante la posibilidad de una crisis el país no dispone de un Congreso de donde puedan salir iniciativas y planes para enfrentarla. Sus miembros llevan décadas limitándose a levantar la mano para aprobar lo que el líder del momento crea conveniente. El sector privado, que tiene depositados miles de millones en el exterior, se limita a velar por sus intereses sin preocuparse en lo más mínimo si estos coinciden o no con los del país.

Con el agravante ahora que la captación que hizo el kirchnerismo de gran parte del Partido Radical dejó al país sin una oposición con la fuerza necesaria para presentarse como una opción si se produce una crisis.

Otro riesgo es que los millones de personas arrojadas a la pobreza y la marginalidad sin nada que las represente, sean utilizadas, otra vez, para provocar estallidos sociales, aprovechados siempre por los que luchan por el poder.

Serán esos millones los que pagarán, con más hambre y más carencias, los costos de la crisis. Como sucede desde el golpe militar de setiembre de 1930, la falta de instituciones sólidas sigue frenando la posibilidad de que la Argentina se incorpore al grupo de países desarrollados. Sus políticos, sus militares, sus empresarios, sus intelectuales siguen sin ver que la seguridad jurídica e institucional, la división de poderes y la construcción de un sistema de recaudación de impuestos eficiente, son siempre anteriores al desarrollo económico.