Muamar Gadafi ha sido, en los casi cuarenta y dos años que ha permanecido en el poder de Libia, un personaje imprevisible. Empezó sorprendiendo a los suyos cuando decidió aplazar el golpe de estado que había preparado para derrocar al rey Idris, que estaba tomando baños contra el reuma en Turquía, porque en la noche inicialmente fijada cantaba en Trípoli la artista preferida de Gamal Abdel Naser, a quien Gadafi consideraba su máximo. Y ahora, casi cuarenta y dos años después de aquel 1 de septiembre de 1969, Gadafi vive sus ultimas horas como líder libio no sin dejar de sorprender a todos. Al revés del tunecino Zin el Abidin Ben Ali, que optó por refugiarse en Arabia Saudí, o del egipcio Hosni Mubarak, ahora sentado en el banquillo de los acusados después de haberse negado a exiliarse, el desenlace de Gadafi aún está por escribirse.
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