Carpe diem

Mubarak. Al fin, podría escribirse al constatar que llevaba 30 años al frente de Egipto, si no fuera porque hasta hace unos días no parecía molestar a nadie. Le aplicábamos la eximente de 'nuestro hijo de puta' que acuñó Franklin D. Roosevelt para Anastasio Somoza. Era uno de los nuestros, miembro de la Internacional Socialista, un mal menor para Israel. ¿Cómo hemos estado tanto tiempo sin enterarnos? Muy sencillo: a base de no mirar.

 Hasta que un día la plaza Tahrir de El Cairo reventó por las costuras y el mundo descubrió una tiranía con tres décadas de antigüedad. El momento está recogido con imagen canónica en la foto de AFP que abre la portada de El Mundo: el niño besando al soldado. Las revoluciones se bautizan con la fotogenia de los niños, el futuro, la esperanza, la alianza sagrada del pueblo y el ejército. "O povo é quem mais ordena", escribió José Afonso en la canción de la revolución de los claveles, que también tuvo su poster en aquella niña rubia que se empinaba sobre sus pies descalzos para meter un 'cravo' en la boca de un fusil. Aquella revuelta llevó a Portugal resultados duraderos, aunque la imagen idílica del póster no duró mucho. Yo mismo, insobornable turista de la Revolución,  no podía entender en el declinante verano del 75, tiempo de consejos de guerra y condenas a muerte aquí, que nuestros lógicos intentos de asaltar la Embajada de España en Lisboa fueran impedidos y nosotros corridos a boinazos por los tipos del Copcon. ¿Cómo era posible que el camarada Otelo Saraiva de Carvalho nos hiciera aquello?

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