Nazismo y su camino al poder

"El orden del día", de Éric Vuillard, expone el entramado de amenazas, desintereses y oportunidades que derivaron en la consolidación de la dictadura de Hitler antes de la Segunda Guerra Mundial.

Foto: captura portada libro Planeta
Foto: captura portada libro Planeta

En un tópico tan consumido por la literatura como el régimen nazi, una nueva exploración que evite ser redundante no es tarea sencilla; en ese afán, la novela de no-ficción El orden del día (Tusquets) del escritor y cineasta francés Éric Vuillard y ganadora del Premio Goncourt 2017, replantea la construcción de la memoria colectiva sobre el ascenso del nazismo dirigido por Adolf Hitler, y la consolidación del Führer mediante la apropiación de Austria, una de las maniobras previas a la Segunda Guerra Mundial.

Todo comienza con un concilio secreto realizado el 20 de febrero de 1933 en el Palacio Presidencial del Reichstag (Parlamento) entre los veintisiete principales empresarios alemanes y Hitler, acompañado por el presidente del cuerpo legislativo Hermann Göring, para que los magnates germanos financien con generosas donaciones la campaña del Partido Nacionalsocialista que tenía por objetivo ostentar el poder absoluto en las elecciones de ese año.

Más tarde, ya con la maquinaria nazi en marcha a través de sus planes de represión, propaganda, remilitarización e industrialización, puestas en camino de ensalzar a Hitler ante los ojos del ámbito europeo, el régimen alemán concreta en 1938 la anexión de Austria, conocida como el Anschluss, una estrategia netamente expansionista enmascarada en una "pacificación" forzosa de aquel colindante país sumido en la violencia desde inicios de la década, ante el desinterés y la impotencia de los gobiernos mundiales.

Vuillard aborda la reunión hermética de 1933 y el Anschluss como la trastienda del entramado de acciones que Hitler y sus colaboradores activaron en distintos estamentos económicos y políticos, a base de promesas, engaños y amenazas, tendientes a consolidar lentamente su poderío tanto en Alemania como en el área de influencia cercana. Además deja al descubierto quienes, por interés, omisión o subestimación, facilitaron en alguna forma el crecimiento militar de un régimen totalitario que buscaba destruir todo lo que estuviera a su alcance.

Los grandes empresarios alemanes quedan expuestos como cómplices: utilizando a los detenidos-esclavos como mano de obra barata en sus fábricas y contribuyendo con el engrosamiento de las cuentas de la muerte. Una suerte de parábola que el tiempo y la discreta segmentación histórica se encargará de sosegar ante una humanidad exigente de respuestas sin importarle de dónde vengan.

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La intensidad que adquiere El orden del día es potente y apabullante. Su prosa suaviza relativamente, aunque no esconde, la crudeza de los hechos reales y desnuda ferozmente verdades muy dolorosas, como las actitudes del presidente del Consejo británico lord Halifax, al confundir a Hitler con un sirviente, o del primer ministro Neville Chamberlain quien cae en una jugarreta del flamante ministro de Relaciones Exteriores nazi Joachim von Ribbentrop durante una cena de despedida. Frescas y temibles, en esa línea se apegan las presuntas palabras del primer ministro francés Édouard Daladier al bajarse de un avión tras firmar el nefasto Acuerdo de Múnich: "¡Ay, pobres gilipollas, si supieran la verdad!".

"En ese grande y sórdido cambalache, donde se gestan ya los peores acontecimientos, impera un respeto misterioso por la mentira. Las maniobras invalidan los hechos; y a las declaraciones de nuestros jefes de Estado se las llevará muy pronto, como a un tejado de chapa, una tormenta de primavera".

El Anschluss, episodio apenas mencionado en los anaqueles de la Historia universal, ocupa buena parte de la obra. Lejos del falso alarde propiciado por la propaganda nazi y retroalimentado por la cinematografía posterior, la anexión de Austria es presentada en este texto como una serie de acuerdos y desacuerdos desiguales y toscos entre una temible dictadura antisemita y un régimen de corte fascista y ambivalente. Paradójicos y caricaturescos, estas inconstancias exponen las debilidades y oportunidades que desembocaron en una avanzada militar nazi menos violenta que bizarra.

Bajo la pluma de Vuillard, en una lectura crítica, irónica y sintomática de los hechos, el canciller austríaco Kurt von Schuschnigg aparece como un personaje contradictorio que apela al orden constitucional para salvaguardar la independencia de Austria, o quizás al gobierno que la dirige, siendo que previamente él mismo se encargó de sabotearlo constantemente persiguiendo opositores e ilegalizando otros partidos. En sintonía surge el presidente de ese país Wilhelm Miklas, quién permaneció en actitud pasiva ante las medidas dictatoriales de Schuschnigg y su predecesor Dollfuss, pero un día antes de la invasión le dijo "no" a Hitler en sus pretensiones de investir al nazi Arthur Seyss-Inquart como primer ministro.

Ficción como revisión de la realidad, El orden del día invita a reflexionar sobre las responsabilidades políticas y económicas que desencadenaron una ola de terror nunca vista.

Nicolás Munilla

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