El mundo estuvo en vilo durante 17 días, viviendo y padeciendo las noticias que provenían de Tailandia, respecto al grupo de 12 niños y su profesor, prácticamente enterrados en vida en una oscura y siniestra cueva.
Las primeras noticias eran muy desalentadoras respecto a la suerte que correrían ese grupo de seres humanos. Niños, para mejor definición.
La solidaridad se puso en marcha y acudieron expertos, rescatistas, buzos profesionales y hasta científicos de todas las nacionalidades para intentar lo que parecía imposible en ese momento: salvar la vida de ese pequeño grupo de niños encerrados en esa tenebrosa cueva.
El resultado final y feliz lo conocemos todos. Para alegría y consuelo universal todos los pequeños serán dados de alta el próximo jueves en perfecto estado de salud.
Se invirtieron sumas importantes de dinero y horas de trabajo de mucha gente de distintas nacionalidades, oficios, profesiones, creencias y condiciones sociales.
Los padres de esos niños, desde las afueras o en las proximidades de la cueva, ¿querían ver a sus hijos vivos o muertos? Esto último podrá parecer una pregunta estúpida, pero en realidad no lo es.
Obviamente que todos esos padres sufrieron una angustia imposible de mensurar durante todos esos largos días con sus noches, rogando por una solución para que salieran o se asomaran de esa cueva sus seres más queridos, con toda seguridad.
A ninguno de esos padres se les pudo ocurrir que alguien entrara a ese cuasi sepulcro no a salvar a sus hijos, sino a matarlos.
Si hiciéramos la analogía perfecta, de comparar la cueva con la matriz de una madre, y que en esa "cueva humana" hay un hijo o una hija, un ser por nacer con vida y esperando el tiempo natural para salir al mundo, ver la luz y al mismo tiempo nacer, ¿podríamos pensar que los padres de ese niño deseen matarlo?
Peor aún, ¿que el Estado tenga que gastar dinero, comprometiendo profesionales de la salud, para matar, en vez de invertirlo en salvar vidas? Suena a ilógico, ilegal , contrario a la naturaleza humana y ciertamente perverso.
Está claro para la ciencia que hay vida desde la concepción y el aborto legal es una forma cruel de matar a esos inocentes semejantes a los niños de Tailandia. Como ha dicho hace poco el padre Pepe, las chicas pobres y de las villas no abortan.
Solo la ignorancia, tilinguería, falta de formación y estupidez propia de nuestros legisladores, siguiendo algunos vientos de moda y teorías de estas épocas, pueden votar una ley que permita el aborto legal y gratuito.
Es responsabilidad del Estado hacerse cargo de esas jovencitas o mujeres que pasan por el trance de estar embarazadas y encontrar o decidir que tienen que "sacarse" ese problema de su vientre.
Tienen que existir asistentes sociales que las apoyen permanentemente, instituciones especiales que las contengan durante todo el embarazo, profesionales que le protejan la vida a ese ser por nacer y especialmente a su madre.
Pero en este país es más fácil para los gobernantes buscar el atajo, la salida fácil y la falta de compromiso en serio y a favor de la vida.
El debate debería ir más allá de aborto legal só o no. Pero los argentinos siempre optamos por la no solución. El aborto legal no es la solución a un embarazo no deseado, sino el inicio del problema.
Existen cientos de parejas, matrimonios o personas solteras deseosas de adoptar y a los que no se atiende ni en tiempo ni en forma.
Somos padres de Tailandia o seres débiles e ignorantes que en vez de luchar por la vida, presionamos para que se sancione una ley que permita matar a esos inocentes seres por nacer, que desde la matriz materna, quieren ver la luz de este mundo.
Muchos seres humanos maravillosos, tal vez geniales, serán asesinados legalmente.
Ojalá todos fuéramos como los padres de Tailandia.