Que la Antigua Roma sea una de las principales fuentes política, social, económica y cultural de las civilizaciones occidentales modernas (sin dejar de reconocer a la Grecia histórica como la base fundamental de Occidente) va más allá de una simpleza argumentativa: se percibe en lo cotidiano, desde lo trascendente hasta lo mundano. Ese legado incluye, entre otros aspectos, el Derecho, las instituciones republicanas, el latín, la oratoria. Y la corrupción.
Lejos de la virtus idealizada y construida por los humanistas renacentistas, a causa de la importancia de la Antigua Roma para Occidente, la civilización romana sufrió la corrupción generalizada, protagonizada por la clase política y militar, que derivó en escándalos, controversias, manipulaciones personales, transformaciones sociales, persecuciones y represiones tanto en la magistratura de los poderosos como en la civitas de la multitudes.
Corrupta Roma (Editorial El Ateneo), del historiador e investigador español Pedro Ángel Fernández Vega, es una extensa obra ensayística que desglosa y analiza con minuciosidad los entramados casos de corrupción y sus derivadas consecuencias jurídicas, políticas e institucionales entre finales del siglo III y principios del II a.C., específicamente desde los inicios de la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.) hasta la prohibición de las bacanales en 186 a.C., coincidente con las abruptas transformaciones en Roma: la acelerada expansión territorial, el aumento de su riqueza pública y privada gracias a los botines de guerra y las indemnizaciones de los vencidos, y una paulatina pero feroz asimilación de las costumbres griegas, denominada helenismo.
La obra plantea los episodios de corrupción en la República romana clásica, durante la segunda guerra contra Cartago y su capitán Aníbal y las décadas siguientes, que supusieron ásperos enfrentamientos entre las distintas facciones que pugnaban por la influencia del poder, en algunos casos, y la maximización de las riquezas, en otros, encumbrados en las potentes discusiones entre los Cornelios Escipiones (especialmente "el Africano") y Marco Porcio Catón. De hecho, estos magistrados representaron las dos corrientes ‘ideológicas' (aunque no sea el término adecuado) que prevalecían en aquel tiempo: Catón se convirtió en la voz de la facción conservadora, que sostenía la moral y la tradición romanas, mientras que Publio y Lucio Escipión eran evocados como los representantes de la permeabilidad de los romanos a las influencias griegas y asiáticas, más proclives al lujo, la ostentación y la banalidad. En medio surgió una posición intermedia que trataba de mediar entre ambas opciones, pero que la espiral de crispación política la terminó decantando por uno de los bandos.
La corrupción en Roma en el periodo analizado por Fernández Vega supuso álgidas luchas que marcarían el transcurso de esa potencia imperial en los siguientes siglos: acusaciones de malversación (peculado) con los botines de guerra e indemnizaciones que debían rendirse al erario público, dudosas acciones de los generales en las batallas, cambios de conductas de las tropas, manipulaciones políticas de las victorias militares, las compras de votos mediante el reparto gratuito de aceite y vino, dilaciones de los procesos administrativos y judiciales en la burocracia estatal y juicios públicos que rayaban el escándalo. También se vieron implicadas fricciones sociales desatadas por los choques de intereses que ocasionaban aquellos conflictos, como por ejemplo la ostentación de riquezas, la introducción de costumbres helénicas (con su cenit en las bacanales) y los diversos cambios que fueron modificando y mellando los cimientos de la tradicional sociedad romana.
Más allá de la observación empírica de los hechos de corrupción y sus debates derivados, Corrupta Roma supone un profundo estudio de las redes institucionales que se entretejían en la Urbis, entre los nobilitas y la plebe; el creciente flujo de recursos monetarios después de la Segunda Guerra Púnica, desde los pagos de deudas de guerra hasta los ya mencionados botines, que fue acrecentando los vínculos entre las clases política y empresarial; y las tensiones graduales en las relaciones entre el Senado, los cónsules y los comandantes, y las posiciones de los ciudadanos comunes frente a ellos, ya sea mediante los canales de participación civil (asambleas populares) o de manifestación.
Por otro lado, la obra presenta algunos inconvenientes al lector no habituado a este tipo de trabajos: posee una elevada cantidad de términos y referencias que requieren ciertos conocimientos sobre Historia antigua y romana, especialmente en lo referente a los aparatos políticos e institucionales; su estructura monográfica puede resultar relativamente densa; y el abordaje cronológico, pese a la rigurosidad textual, no es demasiado sólido, lo que deriva en cierto caos narrativo que requiere bastante concentración, aunque puede ser beneficioso respecto a la repetición de conceptos que conducen al entendimiento de los temas planteados.
De todos modos, Corrupta Roma es un interesante trabajo historiográfico que expone una problemática tan antigua y, a la vez, muy moderna, que nos acerca a los antepasados y, también, nos recuerda los peligros que encierra su desencadenamiento; conocimientos que, en medio de crisis nacionales e internacionales, especialmente en nuestro país, nos vienen bastante bien.
Nicolás Munilla