Messi y Pappo: Juntos a la par, pero separados

A uno, lo respetamos si no exhibe contradicciones. Al otro, lo recordamos por aquello que nunca fue. Somos así: nacimos y crecimos en un mundo que fabrica espectadores.

El mundo es el segundo término 

de una metáfora incompleta, 

una comparación 

cuyo primer elemento se ha perdido. 

 ¿Dónde está lo que era como el mundo? 

¿Se fugó de la frase o lo borramos? 

 ¿O acaso la metáfora estuvo siempre trunca? 

 Roberto Juarroz.


A ver: las leyes no son más que amontonamiento de circunstancias apropiadas para quien las dicta. Por eso, las leyes cambian de país a país y muchas veces de provincia a provincia y de aldea en aldea, porque las leyes son discursos sujetos a las determinaciones del poder dominante. La ley es eso: un discurso; la ley no es lo que se hace, sino aquello que se dice. 

En este orden, la verdad aparece como la ley mayor que hemos proferido y, por lo mismo, es el mayor amontonamiento, la mayor construcción de circunstancias que nos hemos aplicado. La ley es un reemplazo sucedáneo del mito. Eso es. 

Además, toda ley es, básicamente, una forma de castigo y la aplicación es otra forma, más severa, de castigo y quienes se burlan de ella o la violan, son castigados. Y hay gente contratada para vigilarte los pasos y denunciarte si lo haces; se trata de buenos perros que son premiados con una galleta cuando te encierran. 

Como raza, necesitamos castigarnos, porque esa es la salvaguarda que urdimos, hasta nuevo aviso, ante la posible y latente autoaniquilación. 

Sin leyes, hay selva inhóspita y con leyes, hay ley de la selva. Nada mejor se nos ha ocurrido y, como somos constitutivamente vanos y livianos, torpes y perezosos, aceptamos que cada ley tenga sus excepciones. 

Las excepciones a la ley son aún peores que la ley, pero también sabemos que las excepciones son cebos tendidos para que la omnipotencia funcione. Aferrarse a las excepciones es peligroso, porque afirman aún más el peso de la ley (por eso, los terroristas son tan funcionales a los órdenes determinados por el poder de turno; por eso, el poder los anhela, porque esas excepciones le permiten perpetuarse. Y si un sistema no tiene terroristas, el propio sistema los fabrica, para perpetuarse). 

Por lo mismo, la gente buena de corazón practica o ama el arte, porque el arte es fractura social, ejercicio libertario y anárquico; por lo mismo, la gente pobre de corazón lo desprecia o prohíbe, porque el arte, a bordo de sus propios conceptos de la belleza es siempre -siempre- revolución y consagración de lo diverso. 

Empecemos de nuevo. 

Los ejemplos no son ejemplo de nada. Las generalizaciones son el cáncer de los pueblos. Aún así, las ejerceremos, a partir de dos ejemplos de nada, absolutamente mundanos, aunque seriamente argentinos y provechosamente coyunturales: 

1) Mucha gente cree que Pappo fue un músico que hizo temas como "Juntos a la par". De 1000 personas, 999 lo recordarán por esa canción, siendo que dejó cientos de blues y rock pesados. Sin embargo, alguna vez, el Carpo cantó una baladita ciertamente sosa, que ni siquiera es suya y ahor resulta que se escucha 1000 veces más que cualquiera de sus maravillosos temas, como "Sucio y desprolijo", "Tumba (Cementerio)", "Especies" o "Adónde está la libertad" (algo semejante ocurre con Spinetta y su "Seguir viviendo si tu amor"). 

2) Todo el país -Argentina- asegura que Messi es uno de los mejores o el mejor jugador del planeta, incluso algunos lo consideran el mejor de la historia del fútbol. No obstante, mucha gente cree que Messi es habitualmente denostado en el país por "Pecho Frío", siendo que, de 1000 personas (incluyendo periodistas, pues, según se asegura, son personas), por ahí lo dijo 1, pero ese 1 que le dijo "Pecho Frío" al mejor justifica a los 999, que salen a "bancarlo" con referencias obvias y lugares dolorosamente comunes, como si hiciera falta que cualquier bachiller lo "bancara" a Messi. Se trata de personas con personalidad reactiva y con sentencias de cabotaje, pero que consideran estar jugándose la vida al chapotear en lo evidente, como un gitano ebrio que se rompe la camisa en una boda equivocada, para hilaridad de los estúpidos invitados. 

Ambos casos, el de Pappo y el de Messi, son peligrosos para nuestra salud mental y, con el tiempo, se integran como valores en el inconsciente colectivo y, más temprano que tarde, terminan convertidos en leyes. 

La construcción de la realidad es proyectada por unos pocos, pero, desafortunadamente, se lleva adelante con mano de obra ciega y mayormente conservadora. 

El caso 1) -Pappo- es el más peligroso y no sólo porque la canción ni siquiera pertenece a Pappo (es propiedad del bajista Yulie Ruth), sino porque ahora, con el tiempo, que es olvido, la inmensa mayoría de la gente ni siquiera sabe quién era el tipo y qué música hacía, pero en las iglesias católicas, suena "Juntos a la par", cuando entra la blanca novia a la catedral y al fondo la aguarda un cura reprimido y un novio con traje y gomina y cara de zapallo (su futuro ex marido)... 

Pappo se revolvería en su tumba, pero, bueno, la eternidad no existe y Pappo ya sólo es diente y osamenta (y canciones). Y tampoco, a esta altura, tanto diente y osamenta...

El caso 2) -Messi- sirve para que salgan a la palestra los Paladines del Sentido Común, un sentido que, por sobre todas las cosas, tiende a asesinar el espíritu crítico y es tradicionalista por naturaleza. 

No debiera ser así el asunto. Debiera, siempre, estar indicado preguntarse por Messi. Por él y por el que venga. 

Es propicio cuestionarlo, sobre todo, mientras anida la cúspide. Y es nutritivo hacerlo, porque las espaldas de las cosas (la inminencia inevitable de que, en algún momento, dejará de ser el mejor) sostienen las fachadas de las cosas (la imagen de Messi asociada a la idea del éxito, a lo ejemplar, lo impoluto, lo incuestionable). Está bien ponerlo en duda, conflictuar la insostenible -casi estúpida- idea de la excelencia, con la sostenible idea del talento y sus baches, de la habilidad para alguna cosas acompañada de la torpeza para otras, de la eficacia como prueba absoluta de celsitud y del ejemplo del triunfador, como garantía de permanencia del status quo. Messi no necesita que nada cambie, pero tal vez nosotros, sí. 

De todo esto, del conflicto, de la duda, del barro, de la caída también, siempre se sale más sabio, aunque más roto. Y el día que Messi caiga, aunque será un gran día, si cae mal, si cae del modo no previsto por el status quo, pues habrá multitudes dispuestas a decapitarlo en Plaza de Mayo, porque a él jamás le perdonaríamos parecerse tanto a nosotros.

En fin, dos conclusiones, aunque puede haber más:

a) Caso Pappo: Uno puede hacer un culto de su expresión, de su creatividad y de su talento humedeciendo el hocico de la perennidad, pero, en última instancia, uno no sabe cómo ni por qué será recordado. Lo más probable es que ni siquiera nos recuerden. Por eso, hay que hacer un culto de las búsquedas y jamás de las consecuciones. 

b) Caso Messi: Los pueblos necesitan héroes, pero pobre de aquel que subvierta los valores predeterminados, porque morirá solo, como Cristo, San Martín o El Che. No es el caso de Lío, pues él gambetea como nadie la asunción de calidades heroicas: excelente noticia para el establisment, que lo defenderá de por vida, a capa y espada. 

Es así o es asá: el único pasto que se ajusta a nuestra dieta es el pasto del olvido y, en los ritos verdaderos, se sacrifican dioses, jamás ovejas, esclavos o princesas. Vos fijate. 

Ulises Naranjo.