Me sorprende el teléfono por dos razones, primero, porque son apenas las ocho de un domingo, y segundo, porque el que llama es Gabriel Conte, que hace meses que no me llama, y cada vez que lo hace es para pedirme algo. Pienso en no atender, pero, bueno, atiendo. Y no es que atienda porque sea Conte, sino porque él sabe que a esta hora me puede llamar, porque también yo me levanto temprano aunque sea domingo... Pasada cierta edad, nos empezamos a levantar más veces al baño, y más si hemos tomado cerveza el sábado a la noche suponiendo que vamos a tener la misma resistencia que hace veinte años. Además, también hay que atenderlo, porque es más pesado que cucharada de mocos en ayunas, y sé que si no respondo va a volver a llamar unas diez veces más en el día. Y cuarenta más mañana.
¿Qué quiere Conte? Proponerme escribir una columna semanal para el diario. “¿Y de qué querés que escriba?”, le pregunto. “Vos has estudiado un poco de todo, ¿no? Entonces sabés de historia, de psicología, de sociología, de cultura en general, de política, de filosofía, de filología, de mecánica cuántica…”, me responde, y me da la sensación de que me está pasando la franela para tirarme alguna de sus ideotas a la que nadie le daría bola si no hace esto de franelearte un poco al principio para que vos te digás “cómo le voy a decir que no a un tipo tan copado que piensa que yo soy una persona tan copada”. Así que me preparo para lo peor y me resigno a escuchar.
“Mirá”, me dice, y miro, pero no veo más que las cosas que hay en la cocina de mi casa, así que no sé qué quiere que mire… Qué costumbre la de decir “mirá” cuando están hablando por teléfono. En fin, que me dice: “Mirá, ¿viste que en feisbuc, tuiter, yutub y un montón de lados más siempre aparece alguien que publica algo sobre cosas viejas que ya no existen? Bueno, estaba pensando que estaría bueno tener en el diario una columna vintage…”.
El silencio que siguió a los puntos suspensivos se debió a dos motivos: a que Conte dejó inconclusa la frase ex profeso esperando mi reacción y a que yo miraba a Abba, mi gata, que en ese momento estaba metiendo el hocico en el matambre que había dejado remojando en leche para el asado de hoy. El silencio duró apenas unos segundos, suficientes como para ponerle suspenso a la cosa, por eso, cuando dije y casi grité “¡Fuera, bicho!”, Conte se sorprendió y me dijo casi con vergüenza: “Bueno, discúlpame, no me imaginé que mi propuesta te iba a caer tan mal”. “No es a vos, le decía a mi gata”, le expliqué, y se quedó más tranquilo, tanto que retomó el tema. “¿Y, qué me decís?”, me preguntó.
En definitiva, conversamos un poco más y llegamos al acuerdo de que me tomaba una semana para pensarlo y darle una respuesta.
Nos despedimos y fui a cambiar de recipiente el matambre y la leche, porque los había puesto en una asadera, demasiado expuestos a los deseos maliciosos de mi gata, así que lo pasé a un táper.
Después, cuando por fin me aseguré de que Abba no iba a meter su lengua en la leche, encendí la computadora y me puse a revisar las redes sociales para descubrir, no sin sorpresa, que Conte tenía razón. No es que yo sea una persona que anda por la vida sin darse cuenta de las cosas, pero la verdad es que no me había fijado en la proliferación del vintage.
En cientos, miles de sitios hay fotos y videos sobre esas cosas que se usaban allá lejos y hace tiempo, cuando éramos pequeños. De todo hay. Novelas viejas, publicidades de productos que ya no existen, fotos del año de Ñaupa en las que aparecen edificios que ya no están, juguetes, figuritas, libros escolares…
Al final, tenía razón Conte, algo hay que escribir sobre eso, especialmente sobre cosas como la línea de productos de perfumería Pibes y Coqueterías. Me encontré, en mi paseo de mañana dominical por Internet, con muchas fotos de Pibes y Coqueterías, y varias de ellas venían acompañadas de frases como “¿Te acordás de esto?”, “¿Quién no tuvo una de estas?”, “Mi tía siempre me regalaba Pibes para Navidad” o “Yo le robaba su Coqueterías a mi hermana”, pero la frase que más me llamó la atención fue la de alguien que se identificaba como Marcelo y que en un foro escribió: “Yo nunca tuve uno de esos perfumes ni jabones”.
La verdad, este tipo Marcelo tiene que haber vivido su infancia en otro planeta, porque no hay otra explicación posible para que no haya tenido un Pibes de niño. Hay que ser verdaderamente extraterrestre para no haber recibido en algún cumpleaños uno de estos perfumes, un talco, un jabón aunque más no fuera. Y cualquiera sabe que no se trataba de una cuestión de clases sociales u otras razones económicas, porque los Pibes y Coqueterías eran infaltables entre los regalos de cumpleaños. Y tan infaltables eran que a veces se juntaban dos o tres perfumes entre los regalos del cumpleañero.
Y ahora, a la distancia, me doy cuenta de que los Pibes y Coqueterías han tenido una circulación que, de elaborar un mapa de su ruta, nos llevaría a caminos impensados. ¿Cómo es esto? Sencillo. Ninguna de nuestras madres iba a dejar pasar la oportunidad de que si recibíamos, por ejemplo, dos frascos de perfume en nuestro cumpleaños, uno fuera a engrosar la reserva de “regalos para próximos cumpleaños de algún amigo o alguna amiga”.
Las madres tomaban nota mental de quiénes traían qué regalos, para no pasar la vergüenza de que para el cumpleaños de Cecilia, por ejemplo, su hija llevara de regalo el Coqueterías que Cecilia había le traído como presente. Era toda una logística para elaborar una estrategia regaleril, si se piensa con detenimiento.
Entonces, me imagino circuitos cíclicos. Damián le llevaba de regalo una colonia Pibes a Jorge; veinte días después, la madre de Jorge se la daba a este para que se la llevara de regalo a Cristian; a las semanas, Cristian le regalaba un Pibes a Fabián, y así el frasquito, cambiando sólo el papel de la envoltura, iba pasando de mano en mano, de cumpleañero en cumpleañero, hasta que, algunos meses después, Damián recibía de regalo para su cumpleaños un frasco de Pibes de parte de Fernando.
Por eso, no entiendo cómo es que este tal Marcelo no haya tenido nunca una colonia Pibes. Pobre marciano. Allá él.
Al final, apagué la computadora, di vuelta el caset que estaba escuchando y me senté a seguir tomando mates. Al fin y al cabo, tengo una semana para responderle a Conte.